Cuarto porque habiendo cundido la señal de alarma en estas dos poblaciones, el eco llegó hasta un poco más allá de la sierra y despertó al cura de Dolores, Gto., quien en cuanto tomó conciencia de que ya habían sido descubiertos, supo que lo único que les podría esperar eran el calabozo o la muerte y, deseando, como se dice, “vender cara sus vidas”, y evitar quedar refundidos en una de aquellas tétricas cárceles coloniales, les dijo a sus dos amigos, Aldama y Allende, que estaban con él: “(Señores, lo único que nos queda es) echar el miedo a la faltriquera, e ir a coger gachupines”.
Dando con esa trascendental orden, arranque a un tumulto de inesperadas e insospechadas consecuencias que habría de sembrar en la Nueva España, lo mismo que un deseo de libertad creciente, un cúmulo de desconcierto y arroyos de sangre que no dejaron de correr sino hasta once años después, y ello como un dique provisional porque luego había más cuando Iturbide tuvo la malhadada ocurrencia de ceñir una presunta corona imperial.
Metidísimos pues, dentro de este contexto, los invito, amigos lectores, a que nos acompañen a recorrer, durante los tres domingos que restan del mes patrio, un poco siquiera de aquel “camino de Guanajuato/ que pasa por tantos pueblos”, para reconstruir, un poco también siquiera, de la también llamada “ruta de la Independencia”, y que nos llevará tanto por las ásperas pero muy hermosas veredas de la Sierra de Santa Rosa, hasta la hermosa región de El Bajío, en donde hoy se halla toda esa concentración de pujantes ciudades formada por Irapuato, Salamanca, Celaya, Guanajuato, Silao y León. Ciudades todas en las que así como se observa la pujanza de la modernidad, se respira historia. Ciudades (casi todas) rodeadas de planas y muy productivas tierras labrantías; ciudades pletóricas de templos y edificios coloniales, en las que, sin carecer del bullicio de los conglomerados urbanos, todavía se percibe en sus calles y en sus plazas un aire de provincia.
Todo ello sin que se nos olvide destacar a dos bellas poblaciones que se han convertido en verdaderas glorias de México: San Miguel de Allende, perfectamente denominada como “patrimonio de la humanidad”, y Dolores, la ciudad que no sólo fue el sitio donde don Miguel Hidalgo convocó a sus parroquianos a unirse a esa gesta inmortal que este mismo mes se conmemora, sino la cuna también del psicólogo por antonomasia del alma mexicana, del más profundo conocedor e intérprete del sentimiento nacional, conocido por todos nosotros y por millones de personas del resto del mundo por Ella, El Rey, La Distancia, Amanecí otra vez y tantísimas otras canciones con las que ha hecho reír, llorar, sufrir, amar, odiar y perdonar a los que como él hemos sentido que cuando la distancia entre dos que se aman “es cada día más grande”, lo que conviene es liberar al otro dándole “la retirada”; o que cuando pasan los tiempos, crece la nostalgia y llega la hora de regresar para volver a verse, es muy cierto aquello de que el ansia crece porque “poco a poco me voy acercando a ti”, y que en el trance de dicho acercamiento, dudando si seremos bien recibidos o no, somos capaces de sentir y decir también, “a lo macho” y sin tapujos, que “poco a poco se me llenan los ojos de lágrimas”. Siendo finalmente tan dolorosa y triste la ida como el retorno.
Pero, bueno, comencemos por alguna parte. Y les propongo que, habiendo en estos momentos dejado ya muy abajo y atrás la ciudad de Guanajuato y sus minas y callejones, nos vayamos por el camino viejo que va hacia la mina de La Valenciana, para que, a partir de allí, siguiendo por las ondulantes veredas llenas de pinos y encinos de la Sierra de Santa Rosa, lleguemos al altiplano semidesértico en la que se halla Dolores, en donde dijera nuestro cantor: “yo aquí me quedo paisano/ aquí es mi pueblo adorado”.
Y, en efecto, Dolores (hoy Dolores Hidalgo, por obvias razones), ya está al alcance de nuestra vista, ligeramente más allá de unos maizales enclenques bajo los que se adivina una tierra delgada y desnutrida que ya no puede dar más de sí tras siglos de explotación y mal trato.
Desde sus orillas vemos que en Dolores no hay edificios altos, y que es una ciudad, no digo chaparra, sino de un solo piso en su mayoría, que nos recibe con un mercado de alfareros que exhiben sus productos policromados en las banquetas llamándonos poderosamente la atención y obligándonos a detenernos para observar cómo es que con su imaginación desbordada, estos creativos artesanos lo mismo fraguan bases de hierro para colocar tinajas cubiertas de tupidas flores de barro porcelanizado, que modelan jarritos con forma de enhiestos y turgentes senos de mujer. Todo ello aún sin hablar de los numerosos talleres que allí fabrican los mosaicos, los platones y la infinita variedad de productos de Talavera, cuya contemplación emociona e intriga al preguntarse uno de dónde les nace a esos paisanos nuestros la capacidad de formar tantísimos e intrincados adornos.
El avance por la ciudad de ya más de 130 mil habitantes, según un anuncio de la carretera, nos muestra cierta modernidad en sus orillas y una impresión de pueblo grandote y rusticón en el resto de las colonias viejas e incluso en su primer cuadro de largas y estrechas calles donde nos fue imposible hallar un espacio para estacionarnos. Debiendo buscarlo en un radio de seis cuadras o más.
Allí el área es feucha y las calles están cubiertas por las inestéticas telarañas formadas por multitud de cables eléctricos, pero conforme se aproxima uno al centro a pie, el panorama mejora y siente que la pura estancia en el jardín principal, en el atrio de la parroquia y en el interior del templo mismo valió la pena de ir hasta allá. Como lo observo también en la abigarrada multitud de turistas procedentes de todas partes de México que durante estos días están fletando autobuses para ir a conocer Dolores.
Esas calles del centro casi por necesidad se están convirtiendo hoy en una zona peatonal, y hacen bien, porque, por ejemplo, se forman largas filas de estudiantes uniformados que sus profesores llevaron al Museo de la Independencia, en donde dicen que fue la casa del cura Miguel Hidalgo, que primero fue de su hermano Joaquín, muerto a mediados de 1803, y a quien sustituyó en el curato el 3 de octubre de ese mismo año.
El jardín principal y sus calles adyacentes son toda una belleza. La plaza por sí sola, plaza de pueblo, diríase, pero muy extensa, bonita y arbolada (me pareció ver un ahuehuete allí), tiene un monumento al Padre de la Patria, y frente a ella, por el lado norte si no me equivoco, porque estaba nublado la mañana cuando llegamos, está la presidencia, con muy pocos atractivos y significancia, contrastando con la ésa sí, bella y monumental parroquia, donde durante casi siete años ejerció el segundo de los curas Hidalgo su ministerio.
Me sentí muy emocionado de estar allí, y de imaginarme a aquel hombre de 57 años (casi un anciano en su época), dirigiéndose a sus fieles en aquella madrugada del 16 de septiembre de 1810.
Luego en la contraesquina está una casona imponente, en cuyo costado occidental hay dos placas. Una muy grande, formada con azulejos de Talavera, en donde se explica que ese pueblo se llamó antiguamente Cocomacán, “lugar donde se cazan tórtolas”, al parecer en lengua otomí. En donde hacia 1643 se formó la Congregación de Nuestra Señora de los Dolores. Y otra, chiquita, desabrida, en la que simplemente dice: “Del 3 al 4 de julio, de regreso del norte a México, se hospedó aquí el C. Benito Juárez”. Un sitio, pues, Dolores, lleno de historia y colorido que vale la pena visitar.