El Veladero

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    Esa mañana luminosa y calurosa comenzaron a llegar, como ya se ha hecho costumbre y tradición allí, miles y miles de visitantes, algunos de los cuales remolcaban con poderosos vehículos esos imponentes y lucidores caballos de diferentes razas extranjeras (árabes, frisones, cuatro de milla, etc.), que fueron traídos a Colima para dejar, como quien dice humillados, a los sin embargo excelente caballitos criollos que solían usar los vaqueros de acá para campear y arrear el ganado.

    Contentos por recibir a tantísima gente, algunos cuauhtemenses sacaron a relucir sus mejores galas para recibirlos, y otros a poner en las calles y en sus dos principales plazas algunos puestos para venderles desde películas piratas hasta sombreros diversos; o desde fruta picada hasta los consabidos tacos de birria y cabeza de res, o el infaltable pozole y las cervezas heladas que por lo visto en este tipo de fiestas no pueden faltar.

    En las principales calles del centro se prohibió el tráfico vehicular y fue necesario que los visitantes más rezagados se estacionaran cada vez más lejos del centro, hasta ocupar casi la totalidad de los espacios disponibles en el pueblo y comenzar a estacionarse en la orilla de los potreros.

    Hacia las 10:30 de la mañana se tenía previsto que hubiese iniciado la marcha del numeroso contingente caballar, pero como el gobernador no llegó a tiempo comenzó ya muy tarde. Pero el asunto fue que incluso sin que todavía iniciara el recorrido los espectadores ya estaban gozando el hecho mismo de estar ahí. Y era notorio que se habían acicalado desde muy temprano, puesto que las mayoría de muchachas, por ejemplo, lucían botas, pantalones de mezclilla, blusas “vaqueras” y sombreros tejanos feminizados, de colores pastel y hasta con plumas y florecitas algunos.

    Por las calles aledañas a la plaza de armas se acomodó tal cantidad de gente que era muy difícil caminar, pero en eso se oyeron los primeros cohetes y aparecieron a lo lejos los iniciadores de la marcha y todo fue ver pasar, durante casi dos horas, a muchos vehículos llevando detrás, en remolques, a las consabidas bandas tocando mientras que la muchachada de abajo bailaba al compás.

    Muchos caballos que cuestan más que autos nuevos pasaron por toda la ruta conducidos algunos por verdaderos jinetes, y otros por terribles improvisados que los llevaban sudando, constreñidos del freno y chicoteándolos a la vez. Pero todo eso en un clima que de repente ya no parecía ser de tan sana alegría, en la medida de que, tal vez por el calorón reinante, antes del medio día ya había una multitud de muchachos poniéndose briagos, con sus hieleras llenas de cerveza, o de vinos y refrescos por un lado.

    El kiosco de la plaza y la sombra de los árboles y del portal de la presidencia se convirtieron en un excelente refugio contra la insolación, pues pese a que la cabecera municipal de Cuauhtémoc es la más fresca de todas las de la entidad, ese día estaba casi tan caliente como las demás, y se les veía a las bellas muchachas con sus cachetes rojos.

    Entre banda y banda, muchos grupos de jinetes con sus caballos iban desfilando alegremente. Yo le pregunté a un conocedor que me tocó saludar como cuánto les costaría mantener a cada uno de ellos, y me dijo que entre alfalfa, granos y los alimentos balanceados que les deben dar, unos 300 pesos a la semana. Lo que consideré demasiado si tomamos en cuenta que esos caballos no se usan para trabajar y sólo para lucirlos muy de cuando en cuando. Pero, en fin, cada cual con sus gustos.

    Desde la sombra del kiosco vi que en el balcón principal se acomodaron el presidente municipal saliente y el presidente municipal entrante, junto con el gobernador que ya también va de salida, y en otro pequeño, al lado, el cronista municipal de Cuauhtémoc, Col., Profr. Antonio Magaña Tejeda, y el cronista de Coquimatlán, Profr. Roberto George Gallardo, quienes se encargaban de viva voz, con sus micrófonos en mano, de hacer la reseña de cuanto iba ocurriendo. Señalando puntualmente de dónde procedía, por ejemplo, algún carro alegórico, o de que ejido era esa muestra de cultivos, o quiénes eran los que iban presumiendo aquel cuaco tan bailador.

    Toño, sobre todo, conociendo a muchos de los jinetes, los mencionaba por nombres y apodos. Seguramente sintiéndose ellos contentos y ufanos de ser mencionados ante el público y las autoridades.

    Verdaderos charros y vaqueros iban pocos realmente entre los cientos de jinetes que vimos pasar. Y reconocimos algunos de Comala y de Villa de Álvarez, que se pasan el año recorriendo las plazas de los pueblos y ciudades donde hay fiestas de toros.
    El recorrido de la cabalgata terminó poco después de la una de la tarde, y ya para entonces estaba un gentío en los andenes de la placita frente al curato y el templo, comiendo carnes asadas, tacos de birria y demás antojitos, en los puestos de comidas que se pusieron allí.

    El gobernador y las autoridades locales entraron junto con la presidenta del PRI a la casa que su partido tiene en el pueblo, y en la fiesta popular ya cada quien siguió por su cuenta.
    En esas andanzas yo me fui a casa de Toño Magaña, quien junto con su esposa Lupita y sus hijas nos había invitado a sus compañeros de la Asociación Colimense de Periodistas y Escritores a comer. Ahí me encontré al Lic. Roberto Cardenas Merín, primer presidente de la ACPE, con su querida esposa; al Dr. Crispín Calvario y su inteligente dama, doña Lourdes Carrillo; a Noé Guerra y al Ing. Rafael Tortajada, con sus muy queridas esposas también. Y Toño y Lupita, como de costumbre, fungiendo como unos excelentes anfitriones en su casa repleta de parientes y amigos.

    En un momento apropiado le pregunté al profesor Magaña Tejeda sobre los antecedentes de la fiesta. Y él, nacido allí mismo el 11 de abril de 1940, me platicó lo siguiente:
    “Desde niño recuerdo que ya existían lo de las fiestas de San Rafael y lo de la entrada de la música. Entonces los músicos entraban por el oriente, por el barrio de El Tierno. La razón es porque las bandas de música [que llegaban a participar en la función], venían de Tonila por el Camino Real. Eran de Tuxpan, de Guzmán, de Copala… Y llegaban en carretas o a caballo también. El pueblo se volcaba allá entre los dos arroyos a recibir esa música, aunque sólo fue después, hace cincuenta, sesenta años, que tomó el nombre de Entrada de la Música.

    La gente de estos lados del pueblo iba con sus mejores vestuarios, a caballo, en burrito, carretas adornadas, cada quien como podía a participar en la procesión que se hacía trayendo a un San Rafael chiquito con la banda al frente, cantoras, danzas y chirimías, bebiendo ponche de granada, tronando cohetes. Al final de la jornada, en el atrio del templo se hacía una gran ‘jamáica’ – decía mi madre-, donde se expendían los productos de la región y los antojitos: leña, carbón, balsas, bules, estropajos, limas, mameyes, plátanos, aguas frescas, bate, tepache y pulques que traían algunos paisanos de Jalisco, herramientas de trabajo y las comidas típicas de por acá”.

    Ya en la tarde, cuando me despedí, me fui a pie hasta donde dejé mi carcacha estacionada, me encontré con mi amiga, la señora Teresa Santana Blake, presidenta del grupo “Cien por Colima”, y le pregunté su opinión de la fiesta: “Ay, profesor, estoy muy molesta, este año es la peor desorganización que he visto. La verdadera entrada de la música era una fiesta religiosa, pagana también, se les decía Fiestas Religiosas y Charrotaurinas de Cuauhtémoc, ahora el padre que tenemos hace sus actividades independiente que porque es una borrachera, estoy de acuerdo, pero eso sí, quiere la corrida de toros ese día, y se vende cerveza ¿En dónde la congruencia?

    Nuestro presidente  y nuestro párroco actuales, nomás no pudieron ponerse de acuerdo, y lo peor es que nomás van de paso, pero eso sí, imponen su voluntad, y la mayoría del pueblo se inconforma, pero no hacen nada al respecto para que respeten nuestras tradiciones. Por lo menos ahora si permitió  el sacerdote que la imagen de San Rafael encabezara la cabalgata, el año pasado no.

    Por otra parte nuestras autoridades, en lugar de que se esforzarán porque hubiera por lo menos 5 carros alegóricos, como antes, alusivos a nuestras fiestas,  sólo se preocupan de que vayan promocionando carros y repartiendo tequila durante el desfile frente al propio gobernador, que ni se inmutó. Por supuesto, esto deja una buena contribución económica… No me asusto de que se embriaguen, pero antes, muy retirado de la vía pública se instalaban terrazas, los que se querían emborrachar, allá se iban, había eventos de calidad, palenque con ambiente familiar y buena variedad, buenas corridas de toros, a precios accesibles, se cuidaba que todos pudiéramos ser parte de las fiestas. A ahora se privilegia que el «ayuntamiento» tenga muchos ingresos económicos…
    Antes eran fiestas familiares, nos sentíamos orgullosos de la tradición, ahora no podemos ir al jardín porque es una verdadera cantina, y [abundan los] pleitos… Sumándole que el jardín y sus alrededores se convirtieron en basurero y baños públicos a plena luz del día, y frente a quienes estábamos en la puerta de nuestra casa, dizque queriendo presumir a nuestros invitados la fiesta del pueblo”.

    Opiniones que las nuevas autoridades municipales quizá deberían tomar en cuenta.

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