GUSTAVO NO HA MUERTO
Entrevistas a sus hermanos y padre DEL “Siempre Gobernador”
Don Antonio Vázquez Jasso recuerda con lucidez y tristeza –igual que Colima, en especial Tecomán- a su hijo. Va deshojando la memoria con siete de sus trece muchachos a lado: Rocío, Perla, Héctor, Osiris, Jaime, Lorena y Jorge. Dos de sus hijos ya murieron: uno, es el motivo del encuentro: Gustavo Alberto. El gobernador por siempre.
Dice Don Toño que su hijo siempre fue agradecido. Con dificultad, cuenta, la “última anécdota” que tuvo con él. Apenas iniciaba la campaña por la gubernatura, en el año 2003. Gustavo Alberto llegó a la casa familiar, ubicada en el centro de Tecomán. Don Toño platica que el profesor le pidió prestado su coche, un Tsuru color rojo. El motivo era acudir a una de las primeras giras, “no sé a dónde iba”, cuenta. Gustavo Alberto entregó el coche a otro día. El entonces candidato –según refiere su padre- regresó varias veces por el auto a su casa. El motivo era el mismo: la campaña por la gubernatura. “De pronto se le comenzó a hacer costumbre y yo vi que la cosa ya iba en serio”, bromea.
Cuando terminó la campaña, narra Don Antonio, el coche estaba “acabado”. “Gustavo me dijo que fuera a la agencia, que ya había hablado con el gerente y me mandó a alguien de su gente. Me llevaron. Vi los carros y me regresé. Le dije que nada más había uno blanco, que era más grande. Y él me dijo que se hiciera el trato. Que llevara el carro rojo, para que nos dijeran en cuánto lo iban a agarrar”. Don Antonio, cambió su Tsuru color rojo, por un Altima color blanco. Esa era la gratitud de Gustavo. La que ahora su padre recuerda y que Colima añora.
Diario de Colima entrega a sus lectores, una entrevista con ocho integrantes de la Familia Vázquez Montes, incluyendo a Don Toño, el padre de ellos. Con motivo del Primer Aniversario Luctuoso del gobernador por siempre, Gustavo Alberto Vázquez Montes.
“La Peque”, como llaman a Rocío, describe a su hermano como un hombre honesto; Perla, lo recuerda, sencillo; Héctor, dice que Gustavo era solidario; Osiris –o Chiqui- se acuerda de su alegría; Jaime, lo dibuja generoso; Lorena, destaca que era justo; Jorge, su valentía y tolerancia. Don Antonio dice que Gustavo, su hijo, el décimo de los trece que tuvo, era bueno.
El lugar de reunión es el patio de la casa de Don Toño Jasso, como se le conoce en Tecomán, al jefe de la familia del extinto mandatario. La casona que en algún momento fue fábrica y bodega de materiales reunió a los hermanos de Gustavo Vázquez y al Chaparro, su taquero favorito. “Él también come tacos”, decía uno de los spots con que Gustavo Vázquez comenzó la precampaña por la candidatura a gobernador del Partido Revolucionario Institucional, su Partido.
La bodega de materiales fue cerrada, cuenta Jaime Vázquez Montes, cuando Gustavo, llegó a la alcaldía. “Nosotros éramos proveedores del Ayuntamiento, pero desde el primer día. Gustavo nos dijo que íbamos a cerrar la bodega, que él no nos iba a comprar nada porque siempre había respetado la Ley. Allí, se acabo la bodega”.
Aquí, los Vázquez Montes, siempre anteponen un artículo a su nombre. El Gustavo, La Perla, La Peque, El Tito… Así, se van a cumulando las fotografías de este retrato, en memoria del gobernador acaecido hace un año, junto con Roberto Preciado Cuevas, Luis Ramón Barreda Cedillo, Guillermo Díaz Zamorano, Alejandro Dávila González, Germán Ascencio Fauvet y Mario Torres González, en el predio El Zapotito, en Tzitzio, Michoacán. Aquella tarde fatídica… Hoy, a decir de sus hermanos, Gustavo sigue vivo, porque su proyecto no ha muerto…
RECORDANDO
LA FRACTURA
-Osiris: “Antes, a los más grandes nos tocaba lidiar a los más pequeños. Me tocó gran parte de su niñez. El Gustavo siempre fue muy alegre, un niño normal. Nosotros nos criamos con los juegos de antes. Un día, cuando el Gustavo tenía unos 7 años y todavía se vendía material, había unas galeras en las los trabajadores tenían unas hamacas para descansar.
Él y otros dos niños del barrio estaban meciéndose. Cuando le tocó al Gustavo subirse a la hamaca. Los dos chiquillos le preguntaban ¿más recio? Y él les decía, recio. Y luego le dijeron, nos subimos. Sí, súbanse, les dijo Gustavo. Cuando los dos se subieron por los lados de la hamaca, el otro salió volando como de una catapulta. ¡¡¡ Puuum !!!
Se rompió los dos huesos del brazo. Se levanta y viene. Le vi que la carne le colgaba hacia un lado. Que lo abrazo y me lo llevé a Colima. Avísenle a mi mamá, les dije. Ella trabaja en la escuela. Cuando mi mamá llegó allá, ya lo habían enyesado y salió muy contento: no llores mamá, no llores, mira ni me pasó nada. Mira ya, ya, no tengo nada, pero no voy a ir a la escuela, no voy a poder escribir un tiempo. Eso me impresionó de él, su valentía, por el tipo de fractura que tenía”.
EL DOLOR DE LA PEQUE
La Peque, Rocío, no puede compartir ninguna experiencia. El recuerdo se le agolpa de pronto y calla. Comienza a llorar. Es la primera y los nietos inician el reparto de servilletas. Durante las casi dos horas de diálogo, Rocío, no pudo hablar de su hermano. La tristeza es demasiada…
LAS CARTAS
Jaime: “Yo recuerdo a mi hermano, muy emotivo. Por algunas circunstancias hay quienes tenemos más dificultad para transmitir las emociones y yo lo observaba a él que desde chiquillo, escribía tarjetas para mi madre. Le expresaba cuando la quería. Cuando Gustavo llegaba a tener dinero les regalaba cosas a mi madre y a mi padre. Era muy cariñoso, era una persona que no se molestaba. Nunca lo vimos enojado. Siempre lo vimos muy optimista. Tal parece que esa virtud la desarrolló desde muy chiquito”.
Perla: “Eso (el respeto y la serenidad) fue algo de lo que nos inculcaron mi papá y mi mamá. Que a pesar de que éramos tantos hijos, todos teníamos que trabajar y respetarnos. Nunca hubo pleitos, menos de manos. Malas palabras, no, de nuestros padres no. Algunos de nosotros somos mal hablados, pero nunca nos peleamos. No hay pleitos ni rencor. Gustavo siempre llevó esos valores. Siempre con una convivencia muy bonita”.
EL HERRAJE
Dos de los cuatro hijos de la Familia Vázquez Montes ya fallecieron: Gustavo y Luis. Héctor y Perla, pertenecen a la misma camada. “Nosotros jugábamos mucho”, dice Perla.
“Antes se usaba la rayuela. Jugábamos a la rayuela con una ficha. Jugábamos a la choya. Pero una de las travesuras que le recuerdo fue una vez que hablábamos de que los animales a los que les ponían un herraje. Comenzamos a platicar de cómo le hacían. Total que este niño agarró un alambre y lo mete a la estufa. Y luego me dice, a ver, hay que ver cómo se hace: te voy a marcar. Y aquí traigo la marca, me lo pegó aquí (se señala el costado derecho del abdomen), ya verás el reparón que di. Mi mamá ya se lo comía. Pero fue una de las travesuras que más le recuerdo. Ese es un recuerdo imborrable. Hasta me dijo: no te van a poder vender”, narra Perla Vázquez.
LA QUINIELA
Jaime recuerda una ocasión en que su hermano ganó una quiniela futbolística. La época: la escuela la secundaria. El extinto mandatario, aficionado a los deportes, en especial al básquetbol pero cementero de corazón, atinó el resultado de ocho partidos. Gustavo había prometido a sus hermanos diversos regalos, pero la historia fue otra: “cuando ganó, era el hombre más feliz, se sentía el hombre más rico de la tierra. Decía: voy a comprarme ropa, voy a comprarle a mi mamá, a fulano, a sutano. Y a nosotros nos dijo que nos iba a llevar a la carpa Manolo Fábregas que se ponía aquí cerca. Al final de la obra siempre salían dos cómicos: Procoro Prieto y Aguado, un señor grande que se echaba los chistes de manera picante; y un Sucio Moreno, un señor mayor, gordo extravagante, con maracas y un gorro veracruzano. Era un teatro al que íbamos. Nos encantaba cuando venía.
Gustavo decía que le iba a comprar algo a mi mamá, él se iba a comprar un par de tenis, ropa, zapatos, total, ya había repartido todo. Pero el día que le dieron el dinero, por la noche, dijo: ahorita vengo. Y al otro día: ahorita vengo. Y al otro día, también. Durante, quince días, en las noches se desapareció. Hasta que le preguntamos: Gustavo, qué hiciste con la quiniela, ¿compraste la ropa? Nos respondió que no. ¿Tienes el dinero? No, nos dijo. En qué te lo gastaste, pos compré unas cosas. En qué te lo gastaste, le insistimos y lo acorralamos. No pues, me fui al teatro todos los días, nos dijo. Todos los días se la pasó en la carpa, como estaba cerquita, ahí se le fue la quiniela”.
LA CHISPA
Tito afirma que su hermano tenía muy buena puntería y don de gente, desde muy pequeño; Gustavo, afirma, era capaz de contagiar a las personas con su chispa y sus ganas de trabajar: “cuando jugábamos a las canicas siempre atinaba. Era muy vago para los juegos de antes. Era muy hábil. Muy solidario, muy alegre, era un líder entusiasmado, solidario. Siempre hacía equipo, siempre motivados todos por él. La gente que lo rodeó se contagiaba de su entusiasmo. La chispa siempre la tuvimos de mi papá y mi mamá; además de las ganas de salir adelante”.
VIAJE A LA PAZ
Jorge, el hermano mayor, narra un viaje, que a la edad de once años, Gustavo Vázquez pudo compartir con él y dos amigos más, a La Paz, Baja California Sur, gracias a sus buenas calificaciones. “Siempre tuvo buenas calificaciones”.
“Nos fuimos en un vochito que le había comprado a mi hermana Osiris. Íbamos de mochila, comprando en las tiendas sándwich, tostadas. Íbamos medidos nada más para llegar a La Paz y calculando el regreso. Había un trasbordador que salía de Puerto Vallarta y Topolobampo, en esa ocasión lo tomamos de Puerto Vallarta hacia Los Cabos. Resulta que para comer íbamos limitados. Pero en el barco había un restaurante de nivel y una discoteca. Pero no había dinero para que fuéramos a cenar todos, los dos amigos que llevábamos más dinero fuimos al restaurante a ver qué se siente. Pedimos la carta, las mesas bien puestas. Se veía muy bonito. El barco llevaba sus movimientos normales, vimos la carta, pedimos. Se tardaron una media hora en servirnos, no llegaban con los platillos y empezamos a vernos el otro amigo y yo. Nos veíamos y nos veíamos, pero no comíamos. Yo le dije, sabes que vale: yo no voy a comer, porque me vengo mareando. El otro dice: yo también. Pues vamos por aquellos al camarote. Mientras, Gustavo y otro amigo, se habían quedado comiendo frijoles y sándwich, porque no había para más. Llegamos al camarote y les dijimos que ya habían servido la cena pero no teníamos hambre. Nosotros vamos, dijeron. Se fueron en friega y ellos lo aprovecharon. Esa fue una historia que siempre tuvo muy grabada y la platicaba. Él había apenas salido del sexto de primaria”.
LA VISION DESDE LA TORRE
Tito platica que en algún viaje a la ciudad de México sus padres, Gustavo y él fueron a visitar a Benny, su hermano. “Muchachos, vamos a conocer la Torre Latinoamericana, Chapultepec, El Zócalo, nos dijeron. Ay vamos felices. Cuando llegamos, fuimos a la Torre Latinoamericana. Nos subimos al elevador. Salimos al mirador pero junto al elevador vimos unas maquinitas, que aquí en Tecomán, uuuh, ni en cuenta, ni sabíamos que existían. Era un jueguito como de pin pon. Vimos el jueguito. El Gustavo y yo fuimos a la maquinita. Mientras mi papá y mi mamá se fueron directo al mirador. Había un chiquillo jugando y parecía que nosotros lo estábamos custodiando, Gustavo por un lado y yo del otro, felices como si nada. Pasaron unos quince minutos, cuando de repente llegó mi papá y de las orejas nos agarra. Vengan muchachos, si los traje a ver la ciudad no eso. Nos agarró de los diablitos, nos dejó hinchados. Qué mirador ni qué nada. Un dolorón de las orejas traíamos. Mi papá quería que viéramos el Aeropuerto y nos decía, ahí está. Nosotros no veíamos nada”.
EL CALDO CEREMONIOSO
En su primer pasaje por la administración pública, Gustavo Vázquez, fue director de cultura en el gobierno de quien ahora puede considerarse como el padrino de la generación política que gobierna la entidad: Rubén Rosas García. Mi tío, primo hermano de mi abuelo, José Hernández García. Don Rubén, como le dicen en Tecomán, abrió las puertas de la política a varios jóvenes tecomenses.
En esa época, recuerda Lorena Vázquez, Gustavo hacía remodelaciones a su casa. El caldo de res, era la comida favorita del gobernador por siempre, dicen sus hermanos.
Pero el caldo que una noche probaría Gustavo tenía otros destinatarios: “en la casa siempre había perritos guardianes. En una ocasión llegó, se metió a la casa. La mayoría estábamos dormidos. Vio una olla de caldo, su comida preferida era el caldo de res. Siempre llegaba chiflando o tarareando una canción. Llega y se sirve caldo. Se sienta. Siempre fue ceremonioso para el caldo: arrimaba la salsa, la sal, limones, aguacate. Era una ceremonia la que le ponía al caldo. Mi papá todavía no se acostaba porque era quien le daba de cenar a los perros. Total, lo ve cenando a gusto. Y le dice mi papá: oye hijo, qué tal está el caldo. Muy sabroso papá, mira vente, le dijo Gustavo. Uhh, cómo van a disfrutar los perros ese caldito”.
LA TORTA Y EL REFRESCO
Perla sostiene que su hermano siempre tuvo muy buena memoria pero nunca fue rencoroso. “Cuando estábamos en el kínder. Gustavo en tercero, yo en segundo y Tito, en primero. Mi mamá me daba a mí el dinero para gastar. Cuando llegaba el timbre nos juntábamos los tres, a los dos les compraba una tostada con chile y un vaso con agua. Me esperaba a que se fueran, ya que se iban me comparaba mi torta y un vasito con refresco. Hasta que un día el Gustavo se preguntó porqué yo no convivía con ellos dos. Y le dijo al Tito, hay que buscar a la Perla, porque diario se nos esconde. Me encontraron atrás de los salones con mi torta y mi refresco. Cuando llegamos a la casa le dijo a mi mamá: no le vuelvas a dar el dinero a la Perla, porque nada más nos compra una tostadita con chile y ella se compra una tortona. Hasta la fecha se acordaba de todo eso. Me decía, te acuerdas cómo nos hacías a nosotros que tú traías el dinero”.
PASEO EN CAMIÓN
“Una vez fuimos al mandado –cuenta Héctor- al centro, al mercado. Nos fuimos a pincel. Llevábamos una canasta, estábamos chiquillos. Ay viene el camión, ay viene el camión, les dije. Y dice el Gustavo, vámonos en el camión; vámonos, pues. Lo paramos, nos subimos. Se metió al centro, se fue por las colonias, por allá, por allá, por allá. Ya iba a llegar a tres cuadras de donde nos recogió y dice el chofer, oigan jassos a dónde van. Pos a la casa, le dijimos. Y nos dice, por ahí no paso. Vámonos caminando. Después de una hora de paseados. Pero el Gustavo muy fregón, vámonos en camión, vámonos en camión”.
LA LEONERA
La casa de familiar tenía un lugar en común: La Leonera. El cuarto donde todos los Vázquez dormían en seis camas distintas. “Le decíamos la Leonera porque todos roncábamos”, dice Perla. “Ah, no era por la otra cosa”, responde Tito.
La Leonera era el lugar de sendas batallas con almohadas. Batallas que terminaban indistintamente en regaños.
Tito, cuanta que las noches de guerra, eran comunes: “de repente pam, el almohadazo. Te hacías el dormido y luego lo regresabas. Se hacía la guerrita. En la guerrita, poníamos una jícara con agua en la puerta. Había muchos escondites. Una vez venía el Gustavo detrás de mí y le puse la jícara. Vio entreabierta la puerta y ay va. Le cayó la jícara en la cabeza. Seguimos jugando y todo. Mi mamá estaba muy enojado le decía a mi papá chaparro aquellos muchachos, llámales la atención que ya se duerman. Nosotros seguíamos jugando. Chaparro, le decía mi mamá, dile a aquellos muchachos que ya se acuesten. El cuarto estaba contiguo al de nosotros. Yo ya quería dormirme, pero el Gustavo me estaba pegando. Yo le gritaba a mi mamá: el Gustavo no me quiere dejar en paz; chaparro pon en paz a aquel muchacho. En eso le di un almohadazo fuerte y se enojó. En el clóset había un biberón con leche cuajada. Cuando vi su intención dije ya me fregué. Me echó la leche podrida. Mamá, mamá, el Gustavo me está echando la leche del biberón echado a perder, le decía. Mi mamá enojada, le dice a mi papá aquel muchacho ya le echó la olla de la leche. Ellos tenían una puerta metálica con chapa y en cuanto oímos el cerrojo, el Gustavo se fue corriendo y se salió de la casa. Allá estaba en el poste. Yo me hice el dormido y salí a hablarle, ya vente. Gustavo estaba en el poste y nomás veía por un lado. Mi papá nos cuereaba cuando se enojaba, si no nos alcanzaba ya nos habíamos salvado”.
EL NEGOCIO FAMILIAR
La Familia de Gustavo Vázquez siempre fue de trabajo y ese fue el legado que llevó a lo largo de su carrera política. Gustavo nació en medio del esfuerzo de su padre, ingeniero topógrafo que participó en el reparto agrario, bajo el mandato presidencial de Lázaro Cárdenas y de la vocación docente de su madre, una maestra que murió sin haberse jubilado, murió al servicio del pueblo igual que Gustavo, su hijo.
“Nuestros papás siempre fueron muy honrados –dice Jaime Vázquez-, sostener a trece era bastante difícil. Había un negocio de materiales para construcción. Gustavo siempre colaboró. De esa manera todos contribuimos a la economía familiar. Tuvimos pollos, puercos. Gustavo siempre fue muy activo. Y siempre jugábamos a todo. Nosotros comenzamos a trabajar desde pequeños pero siempre, siempre nos divertimos. El juego y el trabajo siempre eran permanentes”.
LA PRIMERA ELECCION
El primer triunfo de Gustavo Vázquez no fue por la diputación local en Tecomán, ni la alcaldía, ni nuevamente la diputación, menos los dos procesos para elegir gobernador. Gustavo ganó su primera elección cuando tenía 11 años. Su hermana Perla fue invitada a un concurso para elegir reina, el gobernador por siempre, le coordinó la campaña.
Jaime recuerda el episodio: “la elección esa iba a ser mediante la recolección de fichas, la Perlita agarró a su coordinador de campaña, Gustavo y mientras las oponente llevaban una cubeta de fichas Perla llegaba con dos chiquihuites de fichas. Esa fue la primera batalla electoral que ganó Gustavo, muy bien lograda”.
VA DERECHO
Era la frase, que en la segunda elección a gobernador que ganra Gustavo Vázquez, fue utilizada como slogan. Va derecho implicaba que nadie lo detendría e implicaba rectitud. Y es que, cuando se piensa en Gustavo Vázquez hay que recordar su honradez.
Perla, cuenta que en alguna ocasión, Osiris, había preparado los pollos que tanto gustan a todos los Vázquez. La fila era larga, entre los hermanos que viven en la entidad y sus hijos. “Esa vez, vi al Gustavo como en el sexto o séptimo lugar, volteo y le digo. Oye profesor, aquí a todos les vale que seas el presidente municipal de Tecomán. Ay te tienen muy formadito en la fila. Sí, dice. Y empezó el cotorreo con los muchachos. Le dicen, no tío, tú igual que nosotros, todos tenemos hambre como tú. Aquí yo aguanto, les dijo Gustavo, disciplinadito. Siempre Gustavo tuvo momentos para todos, para bromear. Gustavo siempre fue honrado, condescendiente, cordial, eso la familia siempre lo valoró. Siempre fue el mismo, con todos. Nunca le afectó su manera de ser, siempre fue igual”.
EL CUBANO PREMIADO
Si hay alguna palabra que pueda describir a Gustavo Vázquez es generosidad. Perla platica que en alguna ocasión, Gustavo, acudió a la ciudad de México a un evento internacional de ajedrez. Deporte en el que destacó, más incluso, que en el básquetbol. “Una ocasión fue a competir en ajedrez a México, regresó sin ropa y sin grabadora porque llevaba una. Cuando volvió mi mamá le dijo. Luego qué pasó. Llevabas tu mejor ropa y la grabadora. Gustavo dijo que uno de los participantes era cubano. El muchacho estaba maravillado con la grabadora. Gustavo decía que casi le lloró el cubano, que cuánto quería por ella. Gustavo se la regaló y le regaló sus pantalones y camisas, regresó con lo que traía puesto. Siempre fue así. Lo que podía siempre lo compartía con la gente”.
EL ESPONTÁNEO
Su sonrisa imborrable era la insignia de su espontaneidad y su gusto por el chiste, por la alegría. Gustavo Vázquez nunca se enojó, dicen sus hermanos. Siempre fue ocurrente, espontáneo.
Perla cuenta que cuando su hermano era alcalde los visitaron “unos negritos” con los que yo viví en Estados Unidos. “Vinieron el 2000 aquí a Colima. Le dije a la familia que debíamos estar juntos para que los conocieran. Ese día Osiris hizo pollos. El Gustavo llegó al último, con los negritos, pues nosotros nada de inglés y ellos nada de español. Pues lo poquito que yo me daba a entender y Jaime, más o menos estuvimos dialogando. En eso llega Gustavo; Jaime les explicó a los negritos que él era el presidente municipal y la señora le pregunta a él: What´s your name? Y el otro le dice: I am Yustav, Yustav… Así se nos salían las lágrimas de la risa. Cuando me hablaban los negritos me decía después, diles que les manda saludos Yustav. Era ocurrente”. “Gustavo no era de los que se molestaban; siempre estaba en todos los momentos, siempre estuvo al pendiente de cualquier situación”, afirman sus hermanos.
EL CAMBIO DE COCHE
Don Antonio Vázquez Jasso cuenta la última anécdota que vivió con su hijo. A pesar de su edad, muestra una lucidez envidiable. Don Toño, sobrevivió ya a dos de sus hijos.
“La última anécdota. Para terminar esta breve plática. En los tiempos que el empezó con su propaganda, con su campaña. Yo tenía un cochecito rojo, más o menos la hacía porque nunca se paró, siempre estuvo jalando. Cuando él andaba en esa gira, me dijo un día préstame tu coche, voy a ir un pueblo de por aquí cerca. Préstame tu coche para ir. Pues le dije sí cómo no. Se lo prestaba y con eso agarró confianza y cada vez que se ofrecía salir a alguna parte me pedía el coche. Préstame tu coche, sí cómo no. Ahí está.
Hasta que un día, le dije, bueno pues es mucha prestadora de carro. Qué vas a hacer, ya es la última vez que me lo prestas, me dijo. Se lo presté y cuando vine a recoger el coche, en la noche estaba en la cama, como algo molesto tenía, alguna gripa o algo ligero. Llegué y le dije ya me voy, ándale pues, ahí esta tu coche vete. A los tres, cuatro días, otra vez me pidió el cochecito, Ándale pues, llévatelo. Así estuvo hasta que la cosa se puso en serio. Ya tenía más partes a dónde salir y todo eso.
Y ya me dijo. Me prestas tu coche, voy a tal parte. Se lo presté otra vez. Al día siguiente fui a recoger el carro.
Y ya me dijo. He estado pensando una cosa y le dije haber qué cosa. Pues ya él estaba amarrado en la gubernatura y eso. Me dijo porqué no hacemos una operación: ve a cambiar el carro tuyo a la agencia. Ah caray dije, jejeje. De veras, le pregunte. Sí, me dijo. Ándale, córrele, cámbialo. Él estaba engripado y le dijo a uno de sus ayudantes ve y ayúdale a que cambien el carro. Le van a dar otro, el que él quiera. Bueno, me fui a la agencia y no había más que el carro blanco ese que traigo, era el único que había. Bueno, pues ni modo, voy a decirle a Gustavo que nada más hay un carro. Le dije: fuimos a la agencia y el único carro que hay es este. Me dijo, pues a cambiarlo, dígale al señor que se haga la documentación para hacer el cambio y que te diga en cuánto va a tomar el cochecillo, el rojillo que tenía. Y bueno fui a la agencia, se va a hacer el cambio pero necesitamos saber en cuánto vas a tomar el rojo. En tanto más tanto. Y fui con Gustavo y le dije, oye pues ya tratamos y todo y cuesta tanto el carro que voy a agarrar y el rojillo lo toma en tanto. Bueno, pues luego, que se haga la operación. De esa forma se hizo, vine y recogí el carro. Todavía tengo el carro de recuerdo. Esa fue la última historia, la última palabra: ándale, llévatelo”.
NORMA ALICIA
Gustavo Vázquez tuvo “tres o cuatro novias” dicen sus hermanos. “No era noviero”, dice su hermana Perla. Norma Alicia Galindo Matías, viuda del gobernador Gustavo Vázquez, fue compañera de generación de Perla en la escuela secundaria.
“Cuando él conoció a Norma mi cuñada, pues fue definitivo. Ella y yo fuimos compañeras en la secundaria. Pero entonces Gustavo se dedicaba al deporte, era líder allá con los estudiantes. Cuando él la conoce viene y le platica a mi mamá, ya se había recibido de maestro. Yo estaba en cuarto año de la Normal. Yo escuchaba que le decía a mi mamá: conocí a una muchacha, vieras que bonita está, con una personalidad. La empieza a describir a ella, pero yo de momento no sabía de quién se trataba.
Mi mamá le dice, no te vayas a enamorar estás muy chiquillo. No mamá, mira te la voy a presentar un día, nomás deja que me diga que sí, ahorita ando trovándole.
A los dos, tres días. Vino a contarle a mi mamá que le había llevado dos rosas y que mi cuñada se las había aceptado. Hasta la tercera o cuarta vez que yo lo oí tan entusiasmado, le dije: oye, Gustavo, cómo se llama la muchacha que andas pretendiendo. Se llama Norma, me dijo. Norma qué, le pregunté. Se llama Norma Galindo Matías. Gustavo ella fue mi compañera en la escuela, cómo que fue tu compañera, es que ahora está bien cambiada. Así fue como se enamoró de Norma y se enamoró y se enamoró. Allí quedó. No fue noviero, era muy preferido”.
ALGÚN DÍA VOY A SER FAMOSO
“Gustavo no cantes” le decía Perla a su hermano. “Cantas re feo, desentonas a tus compañeros”, reclamaba la hermana menor del siempre gobernador, que se reunía con sus amigos de la Escuela Normal a trovar, cuando vivía en Colima.
“Él siempre me decía no te preocupes. Un día voy a cantar bonito, voy a ser famoso y te vas a sentir bien orgullosa de mí. Tas loco, le decía yo. Era un ambiente bien sano que tenían. Hacían la tarea y luego se ponían a cantar. Yo siempre le decía, Gustavo cantas bien feo. Y el siempre me respondía, no te preocupes, ya te dije: un día voy a ser famoso y te vas a sentir orgullosa de mí, voy a cantar bien bonito y la gente me va a aplaudir. Y mira, nunca me imaginé que al paso del tiempo lo iba a lograr. Es que cuando cantaba se le salían unos gallitos y a veces hablando, como cuando a los jóvenes les cambia la voz”.
A Gustavo Vázquez le gustaban todas las canciones, toda la música, pero siempre tuvo sus melodías favoritas: Almohada, Cama y Mesa, Te amaré, Pídeme la Luna, Novia Mía y Gracias.
En alguna ocasión, Gustavo Alberto, le dijo a su hermana Perla que escuchara bien la canción que entonaría: La Malagueña. “Es una canción con mucho falsete”, dice la hermana. “La cantó muy bien. Me dijo, ya ves que sí canto, nada más tú no me tenías fe. Ya era gobernador. Cantaba muchísimas canciones y con una mejor voz”.
NUNCA TRISTE
Los hermanos de Gustavo Vázquez no encuentran entre sus recuerdos un episodio de tristeza. Ni siquiera aquel fatídico octubre en que el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación decidió anular la elección de gobernador por la participación del entonces mandatario, Fernando Moreno Peña.
“Ni triste ni rencoroso, recuerdo que cuando le anularon la elección –explica Jaime Vázquez Montes- ahí fue un desconcierto para todos y un dolor muy grande. Estábamos en su casa todos consternados, lágrimas, preocupados. Llega él con la satisfacción, dice vamos a campaña otra vez y vamos a volver a ganar. De ahí salieron esas calcomanías que decían vamos a volver a ganar. El ánimo cuando lo vi, me recuperé. Fuimos a un evento al Salón Gobernadores y hubo una gran ovación. Ese día presentaron las Viñetas de Don Manuel Sánchez Silva y todos nos sentíamos contagiados, en ningún momento se le vio desconcierto; al contrario, él se recuperó de inmediato”.
SIEMPRE, AYUDAR A LA GENTE
“Su preocupación era siempre ayudar a la gente”, dice Tito Vázquez. “Ese era su deseo, su trabajo, su proyecto. A la gente hay que ayudarle, mira la gente no necesita mucho para salir adelante, si podemos ayudarles hay que hacerlo. No nos vamos a llevar nada. Siempre decía que cuando nos fuéramos de esta tierra no nos íbamos a llevar nada, por eso decía hay que ayudar a la gente”.
Jaime asegura que Gustavo Vázquez siempre tuvo una máxima: “Para gobernar siempre hay que tener muy buenos reflejos”.
USTED PUEDE COMPAÑERO
Los hermanos del extinto mandatario coinciden en que Gustavo fue un hombre motivador, que contagió a todos aquellos con quienes colaboró en las distintas facetas de la administración pública o legislativa.
“Cuando encargaba trabajos, luego le decían, oye está difícil. Pero él siempre les decía, mire, usted puede compañero, ay le encargo, usted puede; yo sé que puede. Esa era la forma que motivaba y comprometía al trabajo. Era muy práctico, siempre trataba de ver más allá. Siempre aceptaba las ideas, sin descalificarlas. Siempre llamaba a la unidad. Cuando alguien le fallaba le decían oye profesor te fallé y él siempre les decía: no, no me fallaste a mí, le fallaste al pueblo de Colima. Siempre fue conciliador. Nunca marcó a nadie; siempre fue de sumar”, explica Jaime Vázquez Montes.
GUSTAVO VIVE, EL PROYECTO NO HA MUERTO
Tito Vázquez entiende que la vocación de servicio de su hermano nació con el esfuerzo y el trabajo que día a día, todos realizaron en la casa paterna, en la fábrica de materiales.
“Mi papá y mi mamá nos enseñaron a trabajar y a ganar el peso para salir adelante. No nos olvidamos del ciudadano que traemos todos por dentro, en los Vázquez Montes siempre va a estar el sentido humano. Así fue como él siempre fue, gente solidaria. Así somos y siempre con los pies en la tierra”.
“Gustavo no ha muerto, su proyecto está más vivo que nunca. Su proyecto de vida, su forma de ser, su forma de conducirse. Lo extrañamos como ese personaje carismático, alegre, solidario, que transmitía seguridad. Siempre estaba en las buenas y en las malas que sacrificó tiempo con la familia y sus propios hermanos, para servir en la colonia, en la reunión, siempre tratando de ayudar a los más necesitados. Extrañamos a ese hombre, esa sonrisa. Estoy seguro que si Gustavo no hubiera sido gobernador, si no hubiera sido una figura pública en la vida diaria, Gustavo se hubiera distinguido por esa alegría, esa ayuda y ese optimismo. Por esas manos siempre extendidas, te motivaba y te daba fuerza. Ese proyecto sigue vivo. Gustavo está más vivo que nunca. Tendrán que pasar muchos años, se va a ir engrandeciendo más”, dice alegremente, el hermano menor del siempre gobernador.
EL COBRADOR
“La gratitud, la generosidad, la honestidad, la reciprocidad”, eran sus características, considera Jaime Vázquez. Incluso, a decir de sus familiares, hubo momentos en que Gustavo Alberto Vázquez Montes no tenía para pagar sus deudas.
“Su carrera política siempre fue de ayudar a la gente, aunque se quedara sin nada. A veces se quedaba sin dinero por ayudar a la gente. Cuando andaba en campaña de diputado pasó por una zapatería y se acercó a un Santa Claus, el Santa lo descubre se quita la barba y le dice: profesor soy el cobrador, cuándo paso por la letra. En otra ocasión llegué a la casa de Gustavo, bien sabes que los tíos hacemos tropezar los sobrinos. Buenas tardes, dije. Quién, pregunta la niña, la más grande, Rocío. Le digo: soy yo. Y uno de los niños, dice, es el cobrador de la Casa Ruiz, ya lo conozco. No, les digo, soy su tío Jaime. Gustavo fue muy generoso y se quedaba sin nada para ayudar a la gente”.
Los Vázquez, igual que muchos colimenses, aún no se reponen de la muerte de Gustavo. “El hecho de que digamos que ya están descansando, pues nosotros no lo vemos así. Pues, a poco creen que los vamos a dejar descansar. Siempre les estamos pidiendo a Gustavo, a Luis y Mamá Lita que nos den salud, nos guíen y nos protejan. Cada quien en la casa, con veladoras, oraciones, los recordamos”.
“Yo extraño de Gustavo su alegría –dice Jaime Vázquez-. Quiero vivir esa alegría como nos la enseñó, quiero vivir sus valores, quiero vivir su generosidad que nos enseñó. Ahora que vemos su ausencia debemos honrarlo haciendo las cosas que él hacía, continuar con los ánimos que nos infundía, seguir trabajando, ayudar a la gente, ayudarnos nosotros, ser personas más íntegras. Eso lo extraño de él y quiero vivir como él. Nosotros podríamos lamentarnos porque ya no está con nosotros o tomar su bandera y seguir por ese camino para disfrutar de la vida, tenemos que trabajar y ayudar a la gente. Lo extraño pero lo extraño tratando de ser mejor, Dios sabe por qué se lo llevó. Nosotros lo que queremos es vivir como él y no lamentarnos porque sería retroceder y lastimarnos”.
Entrevista realizada en Febrero de 2006, en Diario de Colima, firmada la nota por el reportero Esaú Hernández. (Enviada por Leonor Suárez Madrigal [email protected] )
24 de febrero de 2009
11:18:11