Una Colimense en Berlín

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    En 1998, Alejandra se fue a España a estudiar una maestría, y al terminar inició, con la mochila al hombro, un recorrido de un mes por diversos países de Europa. En ese trayecto conoció en Berlín al ingeniero políglota alemán, que se prendó de ella y quien un año y medio después no dudo en hacer un viaje especial al tórrido Tecomán para pedir su mano.

    Stefan y Alejandra viven en una casa ubicada en lo que fue Berlín del Este, y acaban de participar en las celebraciones conmemorativas de vigésimo aniversario de “La caída del Muro de Berlín’. Por lo que me pareció muy interesante entrevistarlos a distancia, para que nos compartan su visión de los hechos.

    Con el ánimo de intentar la mejor síntesis que nos sea posible hacer, omitiré las preguntas y dejaré que por sí sola hable primero Alejandra y enseguida su altísimo marido:
     
    “Hace apenas unas horas termino el 9 de noviembre, una fecha en la que los alemanes vivieron hace 20 años un momento inolvidable: el momento de la libertad, del reencuentro y la esperanza, de la reconciliación y la reconstrucción material pero también emocional… Desde hace algunas semanas han circulado en los medios de comunicación historias de alemanes del Este, historias escalofriantes que para quienes siempre hemos vivido en el occidente parecieran ajenas, de película, pero que fueron reales, y que nos dan cuenta de la capacidad de sentir y vivir de la humanidad.

    Yo llegué a vivir a esta hermosa ciudad el 23 de diciembre de 1999 con un frió aterrador, los días oscuros donde el sol ni se aparecía. Era una nueva realidad para mí. En enero pude conocer la nieve y el crudo invierno de estos lares, pero siempre he tenido la fortuna de encontrar gente linda que me abrazó, cobijó e hizo que aun con la barrera del idioma encontrara un poco del calor de la familia mexicana que se quedó en mi terruño. Ya van a 10 años de aquella aventura.

    He logrado dominar el idioma, hacer un hermoso círculo de amigos alemanes, leatinoamericanos y de otras nacionalidades, he viajado, he sufrido también, pero  a Dios gracias nunca he sentido el rechazo o dificultades para integrarme en esta nueva sociedad en la que decidí vivir.

    En el tiempo cuando llegué la reunificación se sentía aún a flor de piel, la gente siempre estaba haciendo alusión a esos tiempos, escuchando las comparaciones e historias, y qué decir de la reconstrucción de la infraestructura del territorio que abarcaba Berlín del Este.

    Mi casa se ubica en lo que fue el Este. Desde mi entorno me tocó vivir esa reconstrucción. Pude ser testigo de cómo paulatinamente calles enteras de edificios grises y derruidos poco a poco fueron cambiando su fisonomía. Hace mas de una década cuando vine por primera vez a esta ciudad -en calidad de turista- estuve en medio de una enorme construcción que hace 20 años era una zona muerta: el Potsdamerplatz. Donde se dividía de tajo la ciudad de Berlín; donde al ras del muro se encontraban las oficinas de la policía secreta, donde hacían los «interrogatorios» – un verdadero museo del terror-. Hoy esta área se ha convertido en un atractivo lugar turístico, un complejo de enormes edificios, centro de negocios,  museos y arquitectura moderna que da cuenta de la nueva cara de la capital alemana.

    Mi familia alemana vivió intensamente este cambio, mi marido nació detrás del muro, creció y fue feliz en el Berlín del Este, viajo y conoció esa parte del mundo: Rusia, Polonia, Checoeslovaquia, Letonia, Estonia, Hungría.  

    Al caer el muro se le abrieron los horizontes hacia el occidente: Europa central, Estados Unidos, África y México.

    Hoy tuve la enorme satisfacción de poder festejar con los alemanes y con el mundo aquí representado ese momento histórico: 20 años después aún escuchas historias llenas de emoción, de lágrimas y de nostalgia. En mi propia casa vivo una de ellas”.
    Ahora habla Stefan:

    “Mis padres, después de haber sobrevivido en su juventud los desastres de la Segunda Guerra Mundial, habían planeado no tener hijos, porque la vida en Alemania pintaba muy incierta, pero me tuvieron a mí, en 1968.

    Ellos vivieron la mañana del 13 de agosto de 1961, cuando comenzaron a colocar alambres de púas para dividir el territorio que le correspondía a los aliados y al sector soviético. Ellos vivían en la parte norte de la ciudad, en el distrito de Pankow. Mi padre trabajaba en el mismo distrito pero mi madre trabajaba en lo que quedó como territorio del oeste, así que los primeros meses, mientras construían el muro de concreto y antes de que se cerraran las estaciones del metro y se agudizaran los controles fronterizos, ella acudía cada mañana a su trabajo teniendo que presentar un documento especial de su empleador, que le identificaba. Pero meses después ella tuvo que dejar su trabajo pues su casa quedaba en el este.

    Soy miembro de la generación del 68, nací detrás del muro, mi niñez fue feliz, no me faltó prácticamente nada, pues en el Este se podía vivir, Mis padres me educaron con apertura y claridad del mundo. Pero poco a poco fui instruido para conducirme afuera, de conformidad con el sistema en el que vivíamos, pues no podíamos ser francos con toda la gente y temíamos que nos espiaran o nos delataran.

    Mi familia no era muy grande, pero una parte de ella se quedó en la republica federal alemana. Muy concretamente mi abuelo materno, Artur, se quedó en un pueblo llamado Hof, perteneciente a Baviera, al que yo nunca pude visitar de niño. Él nos visitaba a veces, y nos mandaba reglados para Navidad. Cosas que nadie podía comprar en Alemania del Este.

    Cuando comencé a  tener un poco de más conciencia de las cosas, le preguntaba a mis padres por qué nosotros no podíamos ir a visitar al abuelo. Pero ellos me decían que era más fácil para él venir a Berlín  pues tenía un carro que aguantaba más y yo de momento se los creí. Pero lo cierto era que a los habitantes del este, que tenían familias del otro lado, sólo se les concedía el derecho de visitarlas bajo circunstancias muy específicas: cumpleaños redondos, bodas, funerales, y el proceso para sacar el permiso era largo, engorroso y a veces inútil. Por lo que mi mamá casi sólo podía visitar a su padre en su cumpleaños, por un lapso máximo de 5 días, casi siempre sola. Y ya de regreso le revisaban minuciosamente el equipaje para verificar lo que traía consigo. Pues nos permitían traer sólo un cierto número de productos alimenticios, como café, azúcar, dulces. etc. Pero literatura ¡imposible!, y equipos electrónicos muy difícilmente también.

    Sin embargo había cosas muy buenas y bonitas en el Este: la educación era integral, de alto nivel. Nuestros padres tenían tiempo para convivir con nosotros; interactuábamos con otras familias sin importar el estatus social y económico. Era común ver sentados en una mesa a albañiles con profesores, amas de casa con campesinas. No había esa diferencia que en el occidente se daba, ni se les daba tanta importancia a los grados o profesiones: el licenciado o el doctor convivían muy bien con el obrero. Todos tenían proyectado un mismo rumbo, conocían a dónde podían llegar… No había desempleo, los sueldos eran seguros y alcanzaban para vivir, comer divertirse y comprar lo que en ese sistema había. Las escuelas daban alimentación de calidad a los alumnos sin generar un oneroso gasto a las familias… Había jabón pero no había 20 marcas para elegir, había solo una o dos. No había variedad, las frutas y verduras que no crecían en el este eran consideradas las exóticas y de difícil acceso, por eso se hicieron famosas las frases de que al caer el muro los alemanes del este comían bananos y naranjas como locos.

    En el este existía mucha más solidaridad, más sentido humano que en el oeste. No se sentía el estrés o la incertidumbre que manan perder el trabajo o no tener para la medicina, o no poder acceder al médico o no tener para los libros de la escuela del hijo… Pero también había algunas limitaciones… para vivir bien se requería de la vitamina B lo que quiere decir Beziungen o sea relaciones. Y para comprar un coche, por ejemplo, se tenía que hacer una solicitud que tardaban años en cumplimentarla.

    A la escuela básica íbamos todos, pero a la preparatoria o a la universidad sólo los que destacaban o tenían mucha vitamina B. A mí me tocó ser bueno para los idiomas y para las matemáticas. Aprendí latín, ruso e inglés, y eso me dio alguna oportunidad de viajar e ir a la universidad. Hice mi servicio militar en un área donde tenía que hablar y traducir el ruso, y me metí al ramo también de las computadoras… Pero vi con satisfacción la caída del Muro de Berlín y prefiero la Alemania unificada, aunque no dejo de recordar algunas cosas buenas que antes había… Aquel 9 de noviembre de 1989 fuimos casi de los primeros en avanzar hacia Berlín occidental porque mi abuelo cumplía 80 años el día 10, pero estuvimos 9 horas en el auto, parados en la carretera por el congestionamiento de muchos kilómetros que se dio por el festejo en las autopistas, donde la gente se estrechaba las manos, se daba abrazos, convivía y compartía desde el café, las galletas, los recuerdos. Y había una explosión de emociones remojadas en lágrimas, canciones cantadas a coro al ritmo del rasgado de guitarras desafinadas quizá por el clima de otoño, pero con los corazones saltando por la emoción y la gente ávida de esperanza y con el enorme deseo de reencontrarse con los suyos”.

     

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