Orgullo de Tecomán: Una medalla a la libertad, en Los Angeles

    0

    El médico le dijo desde hace años que no debía correr. Su ortopedista también. Su rodilla derecha estaba desahuciada clínicamente. Encima tiene los pies planos.

    Pero ella, María de Lourdes Flores, nativa de Tecomán, Colima, no obedece a los escrúpulos de los que saben, sino a los impulsos de lo que quiere.

    En esa rebeldía contra los diagnósticos, en esa sublevación contra las consejas médicas, sigue corriendo, con la cabellera plateada, su cuerpo menudo, dotado innatamente para las proezas atléticas.

    Ella, la que no debe correr, cumplirá este domingo su maratón 23, el octavo en la anatomía cambiante del Maratón de Los Ángeles.

    Si una rodilla desviada no le puso freno ni tampoco los pies planos, ¿qué puede jalarle la rienda a ese corcel que lleva dentro? Lourdes misma lo explica con una suavidad de gestos y voz que revelan la modestia y la incomodidad de hablar en primera persona de sus conquistas.

    «Creo que nadie, creo que nada… tal vez sólo la muerte, ja, ja, ja», bromea como lo hace en la charla, después de extender sobre la mesa circular las medallas de cada uno de los 22 maratones en que ha corrido.

    «Porque renunciar no, nunca. Una sola vez lo pensé. Aquella en el que el calor fue el más intenso en el Maratón de Los Ángeles. Pero a cada milla me decía ‘una más, una más’, hasta el final», explica.

    En la entrevista le acompaña su esposo y compañero de travesías deportivas, Arturo Flores, quien explica que ni la enfermedad simultánea de varios de sus siete hijos la detuvo de competir.

    «Estuvo en vela, al pendiente de ellos. Los cuidó, les dio sus medicinas, dejó todo en orden y se fue a correr. Lourdes corre siempre con dos o tres horas de sueño, se pone nerviosa y no duerme. No sé cómo consigue terminar el recorrido durmiendo tan poco», comenta Arturo.

    Experta en naturismo y nutrición, la resistencia de su cuerpo no acaba de impresionarla a ella misma.

    En su debut en la edición 2002 del Maratón de Los Ángeles, fue llevada allí por su cuñada. A la fuerza prácticamente. Al día siguiente le llamó una amiga para preguntarle qué tan cansada, tan adolorida, tan incapaz de moverse se encontraba tras la odisea del domingo previo. «Hasta entonces me acordé que debía estar adolorida y cansada».

    Futbolista los miércoles y los sábados, ningún maratón le impide acudir a sus citas con el balón, excepto esa jornada agobiante, de sol calcinante, que le reventó ampollas en las uñas de unos pies flagelados por el esfuerzo, el calor y la inexperiencia de usar doble plantilla en sus tenis.

    ¿La rodilla? Se queja, se duele, pero no se raja. Lo que médico, quiropráctico y ortopedista no hicieron, lo hizo un sobador que trabajó para el Necaxa de México. Hoy las rodillas están casi parejas. «Duele todavía, pero resiste», explica Lourdes.

    Su vida está llena de anécdotas, de ese dar y recibir. Relata anécdotas de competidores que estaban a punto de renunciar y una palabra de aliento, un consejo, los ayudó a terminar el recorrido. O de quienes eran maratonistas de balcón, observando el sudor de otros, para luego convertirse, con ella como ejemplo, en activos participantes. O de los que con sólo verla, con sólo seguirla, con sólo mirarla y admirarla, se dan cuenta «que sí se puede, que yo puedo y todos pueden».

    Revela un mandamiento para el maratonista que participa. «No compito con los demás, compito conmigo misma. No trato de ganarle a nadie, sino a mí misma», comenta.

    Su vida ha sido colgarse medallas. Antes de las que los maratones le tenían reservadas, las medallas brotaron de su propio vientre, como flores frescas que aún están por alcanzar su esplendor: sus hijos, Lourdes (30 años), Adriana (28), Ana (26), Alejandra (24), Arturo (22), Gabriela (21) y Andrés (18). Y los hijos de los hijos, los nietos: Ivy, de 10 años, Paola de 5 y Lilian de 4.

    Los hijos juegan al futbol. Ana se irá becada a la Universidad de Salina en Kansas y el mismo futuro le espera a Alejandra.

    No hay un apasionamiento marcado por los equipos de futbol. A nivel de selecciones es distinto. El padre se viste de verde, los hijos de blanco y la madre de rosa, cuando juegan Estados Unidos contra México.

    «Ahí sí es distinto, yo voy por México, mis hijos por Estados Unidos» y Lourdes, en el oficio conciliador de madre y esposa, permanece neutral.

    Arturo y Lourdes se conocieron en Tijuana. Él sabía que llegaría antes de que llegara. «Su hermana iba a recoger correspondencia al negocio de mis padres y un día recogió un telegrama que le notificaba que Lourdes estaba por llegar, pero había llegado tres días antes».

    Más rápida que un telegrama…

    «Así es. Cuando su hermana habló de ella, algo me hizo interesarme sin haberla visto», explica Arturo. De eso hace 37 años.

    En esa misión de dar y recibir, Lourdes, a bordo del tren que la llevaba a Tijuana, abastecía a los niños de una familia con el mismo destino. «Les daba comida, dulces». Y el destino paga puntual. Al llegar a Tijuana, Lourdes no encontró a nadie en el andén, Ningún rostro de bienvenida se interesó en ella. La familia con la que había convivido la acogió y en esos giros de la ruleta de las casualidades, terminaron ser conocidos de sus familiares.

    Ésa es su vida. Ésa ha sido su vida.

    De dar y recibir, de sanar personas con su farmacia natural «Little Sunshine» y con la energía diaria del ejercicio.

    Con ese ímpetu de potro y espíritu quieto de mar inquieto.

    NOTA COMPLETA:   http://www.laopinion.com/deportes/otros_deportes/?rkey=00000000000003360770

    Compartir