VENTANA POLÍTICA
PISA vuelve a encender las alarmas mientras la Nueva Escuela Mexicana parece más preocupada por el discurso que por enseñar a pensar.
Por: Guillermo Montelón Nava
Hay cifras que deberían provocar una emergencia nacional. Los resultados de la prueba PISA 2025 son una de ellas.
México obtuvo 388 puntos en matemáticas, 408 en lectura y 414 en ciencias. En matemáticas, apenas 30% de los estudiantes alcanzó el nivel básico de competencia, frente a 65% en promedio entre los países de la OCDE. En lectura, solamente alrededor de la mitad llegó al nivel mínimo; en ciencias ocurrió algo similar. Y lo más preocupante es que prácticamente no tenemos alumnos ubicados en los niveles superiores de desempeño.
Detrás de esos números hay adolescentes que mañana serán trabajadores, profesionistas, empresarios, investigadores, técnicos, maestros, funcionarios y ciudadanos. Jóvenes que tendrán que competir en una economía donde ya no bastará con memorizar información, sino que será indispensable comprender textos, resolver problemas, manejar tecnología, distinguir información verdadera de propaganda y aprender permanentemente.
Y el problema es que con la 4t se están formando generaciones que llegan al final de la educación básica sin haber desarrollado suficientemente las herramientas intelectuales que exige el futuro.
Cierto con son muchos los factores que contribuyen a estos malos resultados, como la pobreza y marginación, pero lo que no podemos aceptar es que debamos resignarnos a una educación de segunda. La prioridad debe ser que todos tengan acceso a una educación de calidad, no simplemente acceso a una escuela.
Con la llamada Nueva escuela mexicana se retrocedió mucho de lo que se había avanzado. Se pretendido construir un nuevo modelo educativo sin resolver los viejos y conocidos problemas: deficiencias en matemáticas y comprensión lectora, abandono escolar, infraestructura deteriorada, desigualdad, preparación y actualización docente, grupos numerosos, falta de materiales adecuados y una relación cada vez más complicada entre escuela, familia y comunidad.
Paa colmo, se impone una visión cargada de discurso político e ideológico. Mientras el mundo está discutiendo cómo enseñar matemáticas, ciencias, programación, pensamiento crítico, inteligencia artificial y resolución de problemas, en México se aplica el modelo ideológico de Morena.
La educación debe enseñar a pensar, no decirle al estudiante lo qué debe pensar.
PISA no mide preferencias políticas ni ideologías. Mide competencias que cualquier joven necesita para desenvolverse en el mundo real. Y los resultados son contundentes: apenas tres de cada diez estudiantes mexicanos alcanzan el nivel básico en matemáticas. Casi ninguno llega a los niveles de excelencia.
Cierto también que el problema educativo tiene raíces mucho más profunda y estructurales de décadas de rezagos, decisiones equivocadas, improvisaciones, reformas inconclusas y una incapacidad histórica para construir una política educativa de Estado que sobreviva a los cambios de gobierno.
Y luego aparecen nuevos enemigos, como el teléfono celular que si bien puede ser una extraordinaria herramienta educativa, también es un instrumento de control por su uso compulsivo, la distracción permanente, las redes sociales, los contenidos violentos, y otros efectos nocivos.
Pero tampoco podemos cargarle toda la responsabilidad al celular.
La escuela recibe hoy los efectos de una sociedad profundamente deteriorada: violencia, familias fragmentadas, adicciones, ausencia de supervisión, normalización de conductas agresivas y pérdida de autoridad. Lo ocurrido recientemente en la secundaria José Vasconcelos, de Villa de Álvarez, donde un estudiante agredió con un arma blanca a compañeros y a una prefecta, es una dolorosa llamada de atención.
Ese hecho no puede explicarse simplemente como un problema de disciplina escolar. Es también el reflejo de lo que está ocurriendo fuera de las aulas, por ese entorno cotidiano de violencia en las calles y los contenidos violentos en las pantallas. Pero también porque la familia ha perdido capacidad de acompañamiento y porque las instituciones reaccionan solamente después de que ocurre una tragedia, efecto de una crisis que no provocó y que tampoco puede resolver sola.
Por eso México es urgente recuperar una política educativa de Estado. Eso significa volver a colocar en el centro matemáticas, español, ciencias, historia, lectura, escritura, pensamiento crítico y formación cívica. Significa evaluar periódicamente a los alumnos y publicar resultados sin maquillarlos. Significa capacitar verdaderamente a los maestros y reconocer su papel fundamental. Significa recuperar la autoridad del docente, involucrar a los padres de familia y establecer reglas claras para el uso de teléfonos celulares.
Significa también invertir en escuelas dignas, atención psicológica, prevención de adicciones, deporte, arte y cultura.
Y, sobre todo, significa abandonar la tentación de utilizar la escuela como instrumento de propaganda política.
Una nación que educa mal está fabricando su propia derrota.
No podemos condenar a nuestros jóvenes a la mediocridad y después sorprendernos porque no encuentran empleos bien remunerados, porque no pueden competir internacionalmente o porque son fácilmente manipulables por la desinformación.
Todavía estamos a tiempo.
Pero para corregir el rumbo primero hay que reconocer que existe un problema. Y México no puede seguir respondiendo a cada resultado negativo con explicaciones, justificaciones o ataques contra quien mide.
*Las opiniones expresadas en este texto de opinión, son responsabilidad exclusiva del autor y no son atribuibles a CN COLIMANOTICIAS.






