LA «REDOTA»

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Por José Díaz Madrigal

Fue después de la convención de Aguascalientes cuando los delegados que representaban a distintos grupos revolucionarios; que se habían formado para derrocar al chacal Victoriano Huerta emitieron su voto, salió triunfante Eulalio Gutiérrez. Poniendo punto final a esa convención, firmando todos los delegados sobre una bandera nacional; ratificando con esto, el compromiso acordado en dicha asamblea.

Había sido Venustiano Carranza quien llamó a tal convención, con el fin de que de ahí saliera un presidente provisional único, para que en breve tiempo se hicieran elecciones en México. Asistieron jefes militares con tropas en activo y gobernadores de los estados. Hubo delegados carrancistas, villistas, zapatistas y también representantes independientes.

Carranza que era la cara visible del poderoso ejército constitucionalista, presentó la renuncia a seguir comandando las fuerzas que él manejaba; ya que este se sentía seguro que por abrumadora mayoría, iba a ser aclamado para que permaneciera en el puesto de primer jefe de La Revolución, ya que la mayoría de capitanes y delegados en la convención, pertenecían al ejército carrancista.

La sorpresa fue que, ni siquiera estuvo nominado a ser candidato para ser elegido presidente de la república, en la misma asamblea que había citado Carranza. Ni sus propios delegados que mandó, lo propusieron para competir al cargo.

Eulalio resultó electo democráticamente, ganando por más del doble de votos a su más cercano competidor. Una vez que Carranza supo del resultado de la convención, se echó para atrás. Uno de sus biógrafos más dedicados, dice de Carranza: El Barón de Cuatro Ciénegas, era un traidor de cabo a rabo. Eso era Carranza, un rajón a carta cabal. Desconoció lo que se había acordado en Aguascalientes y salió de la ciudad de México donde se encontraba, atrincherandose en el puerto de Veracruz.

Mientras tanto Eulalio Gutiérrez marchó a la capital, respaldado por el indisciplinadísimo Pancho Villa, este había reconocido la autoridad emanada de la convención, sin embargo se negó rotundamente a entregar el mando al presidente electo. Caro pagó Villa su rebeldía.

El de Gutiérrez fue un gobierno efímero de escasos dos meses, en la capital del país; por más empeño que ponía Eulalio en hacer bien su trabajo, ganando con esto la buena voluntad de los capitalinos, no pudo controlar los vándalos salvajes de Zapata, ni a los de atinada puntería del Centauro del Norte. De tal modo que acordó junto a su gabinete, trasladar el gobierno a San Luis Potosí, donde le ofrecían apoyo las tropas del general Eugenio Aguirre Benavides, pero no lo iban hacer en ferrocarril que estaban en manos de los villistas, se iban a ir a lomo de caballo, haciendo un rodeo por la serranía del Estado de Hidalgo, para evitar las tropas rivales de ese rumbo.

Salió Eulalio una madrugada del mes de enero, acompañado de su gabinete y de un ejército de aproximadamente dos mil soldados, fue aquella una marcha penosa, para tanta gente no alcanzaban los víveres, además por ese mes durmiendo a campo raso, el frío era intenso. Durante las semanas que duró la marcha tuvieron varios encuentros y empezó a disminuir la tropa.

A dos jornadas para llegar a San Luis Potosí, recibieron noticias que habían sido atacados y tomada la ciudad por tropas del desalmado lugarteniente de Villa: Tomás Urbina y con él venía arrastrando el honor, el famoso aguilucho de Chapultepec Felipe Angeles, ídolo de López Obrador; pero lo que no dice el presidente es que prestaba su espada, su gran conocimiento de estrategias militares, para las causas más crueles e injustas. Se le había invitado, se le escribió para que apoyara gobierno de la convención, no quiso, prefirió seguir a Villa y le tocó la suerte de morir como bandolero, por orden de Carranza.

Como quiera que sea, acabados los simpatizantes de San Luis Potosí, el gobierno de la convención se derrumbó en combatientes y moralmente. Uno de los últimos partidarios de Eulalio, el general Robles, viendo lo abatido que estaba el pequeño grupo; tratando de aligerar el estado de ánimo, contó lo siguiente: había dejado de ver a un asistente y un día lo hallé con la camisa desgarrada, barba crecida, tembloroso de fiebre, decaído el semblante. ¿Qué te ha pasado muchacho? -nada mi jefe. . . LA «REDOTA» LA «REDOTA».

Puntualizaba Robles dirigiendo la vista a Eulalio: estamos «REDOTADOS»