SANTIFICAR LA POLÍTICA

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TAREA PÚBLICA

Por: Carlos Orozco Galeana

Papa Francisco: Solo el amor nos hace ser personas.

Cada año que comienza gobiernos y personas  hacen un recuento de experiencias del ciclo recién terminado y  votos para que las consideradas erróneas no vuelvan a presentarse en el que inicia y vuelvan a incidir en resultados negativos.

Esto ocurre en el ámbito de los negocios, en las familias, en los partidos políticos, en las iglesias, en todo tipo de organizaciones. El principio de año es, por antonomasia, una opción real para analizar pros y contras de nuestro actuar y de  fijar nuevos retos.

La iglesia católica también hace un balance de lo acontecido con el propósito de fortalecer sus tareas,  mira  hacia adelante con ánimo renovado para llevar su mensaje de amor y paz a los confines de la tierra. Predica con fuerza el evangelio, propone la justicia en las relaciones humanas, ejerce la crítica  para el cambio social, se organiza y reúne fondos para ayudar a los más necesitados llevándoles  sustento y también  la presencia de Jesucristo que se transforma en pan y vino para hacerse uno con todos en cada celebración eucarística. Es decir,  está firme y resuelta a cooperar para que los mexicanos tengan una vida mejor y no anden inquietos por robarse el combustible de Pemex, por ejemplo. 

El representante papal en México, Franco Coppola,  en su primera homilía del año, habló de la participación de los políticos en la construcción de la paz desde la dignidad humana  y la comprensión del otro. “Bienaventurado al político que  quiere impulsar un cambio radical, porque lo necesitamos”, expresó. Cierto es esto, sobre las espaldas de ellos depende en gran parte la buena fortuna para todos. Si no le hacen al cuento y trabajan como debe ser, si hacen “política santa”,  Colima y el país prosperarán sin duda. 

Porque “el buen político es aquel que no divide y trabaja por la unidad; la buena política está al servicio de la paz. Los malos políticos son vergüenza de la vida pública y ponen en peligro la paz social”. Hoy, a nivel central, el régimen presenta a personas capacitadas para su desempeño, pero lo rondan encapuchados, personas con perfiles que inspiran desahucio, malandrines sin ética pero bendecidos por grupos de poder.  Y Colima no es la excepción.

Con vicios como la corrupción, el incumplimiento de las promesas, el enriquecimiento ilegal y la tendencia a perpetuarse en el poder,   el futuro está en peligro, ciertamente. La política, concluyó Coppola, “no es sucia ni  mala; hay que hacerla digna y  limpia y hasta santa para alcanzar la paz.  La búsqueda del poder a cualquier precio, lleva al abuso.”

La política, debiendo ser una actividad noble, amigo lector, la han convertido  malos mexicanos en un sinónimo de corrupción y  abuso, en una práctica maligna; mucha gente no participa por temor y vergüenza,  porque se piensa que por sus caminos transitan los peores seres humanos. Y no debería ser así. Los jóvenes desconfían de los abusadores.  Los partidos están siendo despreciados por los jóvenes porque ahí operan, suelen afirmar,   carteles mafiosos, y no hay señales de que un día dejen de existir.          

Y es que la buena política ha sido sometida por los poderosos de turno. Quien se atreve a cuestionar las malas acciones de los gobiernos le toca el ostracismo o el despido fulminante, la quema; quien no condesciende con la corrupción, es visto con desdén por quienes la usan para enriquecerse. Los de arriba, siempre están dispuestos a comprar a los de abajo con dinero que no es suyo, obvio, a su competencia,  a los que se oponen. Los políticos más encumbrados,  normalmente  están asociados a sí mismos, no a la comunidad,  y solo trabajan para  agrandar su patrimonio. Los que son  tecnócratas de entre ellos, están negados al servicio al prójimo, están desasociados de él y no son humildes,  piensan que usar los números, las estadísticas,  es gobernar. 

México padece pues una clase política que tiembla cuando huele el peligro de la ley ante sus trampas, por sus   grandes salarios que defiende en tribunales como un gato boca arriba y por los grandes negocios que hacen a la sombra de su poder con sus grupos y socios.  No tienen llenadera.   A la gran mayoría  de los privilegiados del sistema no les importa México, sino su propio destino.

Pero mucho ojo.  Estamos estrenando un presidente decidido a corregir lo malo de la vida pública, tratando precisamente de santificar  la política, usándola para el bien. Esperamos que prospere, que aguante las madrugadas y las giras,  y que cada mexicano lo respalde. Que nombre funcionarios en los estados que realmente estén limpios. No queremos malandrines como los de de antaño. La clase fifí de la política, no debe bloquear la circulación de la savia democrática que debe nutrir el árbol de la esperanza.

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