La Prensa y el Poder

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Por: Amador Contreras Torres

La historia de México, no se explicaría sin el desarrollo de la prensa y sin el papel activo de hombres públicos que participaron en las trincheras periodísticas, desde el Periódico “El Despertador Americano”, en la época de la lucha por la independencia, pasando por el pensamiento liberal de los hombres de la reforma, de personajes de la talla de Guillermo Prieto, de Benito Juárez, de Melchor Ocampo, de Ignacio Ramírez, hasta los periodistas que se rebelaron contra la dictadura del Porfiriato, desde las páginas del “Hijo del Ahuizote”, el pensamiento de izquierda de los hermanos Enrique y Ricardo Flores Magón, o los grabados plenos de anhelo de cambio y espíritu de rebeldía de José Guadalupe Posada.

Es cierto, la revolución se hizo a caballo y en los trenes que recorrían la geografía nacional, pero también se hizo en las páginas de los periódicos y en las modestas imprentas de la época. La necesidad de roturar un nuevo orden social a través de la lucha armada y de la epopeya del pueblo levantado en armas, se expresó también en los medios de comunicación y en los textos de los brillantes redactores y de los agudos cartonistas.

En el último decenio del siglo XIX, a costa de la exclusión social y de la concentración del ingreso que prohijó el Porfiriato, la economía mexicana empezó a adquirir dinamismo en un momento en que las reglas políticas estaban ya bien establecidas, y una estructura oligárquica obstaculizó la movilidad social, provocando el estancamiento político y el acaparamiento de un grupo pequeño, excluyente, piramidal, que giraba en torno al dictador Porfirio Díaz, así como los “Científicos”, como el ministro de Hacienda, José Ives Limantour Marquet, responsable de las finanzas del largo período que va de 1893 a 1911, los padres ideológicos de los actuales tecnócratas del estilo de Salinas, Zedillo, Luis Téllez. Pedro Aspe, Guillermo Ortiz Martínez, Agustín Carstens y Francisco Gil Díaz,  Luis Videgaray.

A costa de la sangre, del fuego de los cañones y los fusiles, la revolución hizo posible que quienes ambicionaban el poder tuvieran acceso a través de los caminos de la política. Paradójicamente, las armas fueron el preámbulo –  eso sí necesario- de una época de mayor civilidad en la lucha por el poder, al procesarse ya por medio de la política y no de la guerra.

Sin embargo, a pesar de la revolución, los problemas persistieron; los mecanismos de trasmisión del mando, el problema de la sucesión permaneció estancado –en virtud de la  exclusión  a quienes no formaban parte de la élite revolucionaria- abriéndose entonces una brecha insalvable entre la retórica democrática y la realidad cotidiana. En el discurso había tolerancia, democracia, pero en  los hechos, el poder no se entregaba ni por la buena ni por la mala.

Tras el asesinato de Álvaro Obregón, el entonces presidente Plutarco Elías Calles, con la fundación del Partido Nacional Revolucionario, antecedente de lo que hoy es el PRI, quiso darle mayor civilidad a la sucesión presidencial, pero siempre bajo su tutela, la del propio Calles, autonombrado, “El jefe máximo de la revolución”.  Contradictoriamente, el caudillo sonorense pronunció una frase para el mármol, recogida por la prensa de ese tiempo: “Ha llegado el momento de que pasemos de un país de caudillos, a uno de instituciones”.

El esquema de tutelar el poder, de manejarlo tras bambalinas, le fue funcional a Calles con los llamados presidentes “Nopalitos”: Emilio Portes Gil, Abelardo L. Rodríguez y Pascual Ortiz Rubio. Los cartonistas del momento hacía sorna de esta situación con aquello de que: “Aquí vive el señor Presidente, pero el que manda vive allá enfrente”.

Evidentemente sólo era cuestión de tiempo, para que aparecieran las tensiones en los mecanismos para operar y procesar los instrumentos fundamentales del estado mexicano; sólo era cuestión de tiempo, de nuevas circunstancias y actores para que se diera el encontronazo entre un Presidente de la República y la figura del jefe máximo de la revolución.

Plutarco Elías Calles sobreestimado su poder, empezó a cuestionar al presidente Lázaro Cárdenas, quién, en 1936, le mandó un avión para llevarlo al destierro. Aún en esta forma de abordar y administrar el conflicto, Cárdenas mostró su vocación de estadista: prefirió exiliar a su adversario político, que asesinarlo, como eran los usos y costumbres de ese momento.

Cárdenas, es el fundador de esa pieza maestra del sistema político mexicano que es el Presidencialismo. Existen razones que lo explican, razones históricas, mismas que están escritas en el código genético de la nación: desde los tlatoanis aztecas, los conquistadores, el virrey, los caudillos de la independencia, los caciques regionales, las dictaduras de Santa Ana y de Porfirio Díaz; la figura del hombre providencial, de los liderazgos iluminados y mesiánicos.

Ya con la acción de Cárdenas, el Poder Ejecutivo Federal, tuvo un matiz institucional: su legitimidad dependía de la investidura, del cargo, y  o de la personalidad del hombre por más carismático que este fuese.

Al desterrar a su antiguo jefe, Plutarco Elías Calles, el Presidente Lázaro Cárdenas fue muy contundente al pronunciar esta expresión: “Una fuerza policía debe prevalecer: la del Presidente de la República”.

Otro presidente muy fuerte, orientado a la derecha, Miguel Alemán fue muy importante para lograr el proceso de industrialización del país, para modernizarlo y exacerbar la concentración del ingreso en pocas manos, lo cual fue mal visto por el ex presidente Lázaro Cárdenas.

Posteriormente, tras la matanza de Tlatelolco y el descrédito político del presidente Gustavo Díaz Ordaz, su sucesor, el Presidente  Luis Echeverría se ve obligado a realizar un intenso trabajo político de reconciliación con los jóvenes, tendiendo puentes con las universidades e impulsando una apertura democrática, si bien insuficiente y con altos saldos y contradicciones como la ruptura de su gobierno con la cúpula empresarial del país y que a la postre condujeron a la devaluación del peso en agosto de 1976 y la ruptura de Echeverría con el periodista Julio Scherer, que derivó en el “golpe” a Excelsior, la salida de Scherer y su grupo de este periódico y la fundación de la revista más critica de este país, Proceso un medio importante en permanente cuestionamiento al poder establecido, al margen de quien sea el presidente de la república en turno o el partido gobernante, ya sea PRI o PAN.

En las siete décadas del Partido Revolucionario Institucional en  el gobierno, interrumpidas por los 12  años del panismo y reanudadas ahora con Enrique Peña Nieto, el presidente tiene un papel central en la despresurización de los conflictos, en la gestión pública, en la rectoría económica del estado, de ser agente de conciliación entre los factores de la producción. Para los asuntos torales del estado, incluida la sucesión del poder,  “el Presidente es el fiel de la balanza”, para ilustrar con  la frase de Roberto Casillas- quien fuera Secretario particular del presidente José López Portillo-, tal como lo documenta muy bien Jorge Castañeda en ese texto esencial para entender la política mexicana y que es “La Herencia: Arqueología de la Sucesión Presidencial”.

El presidencialismo se debilitó con  Calderón, lo que fue inédito con respecto al pasado. Baste decir que los gobernadores, afiliados a la Conago, le dijeron que no asistiera a todas sus reuniones nacionales, lo cual era impensable hasta ese momento.  Evidentemente, pesaba mucho en el imaginario colectivo de la sociedad mexicana, sobre todo de la izquierda, el señalamiento a Calderón de que era un presidente espurio. A muchos eventos le tocó entrar y salir por la puerta de atrás, y por ejemplo, en la entrega de la medalla “Belisario Domínguez”, en el Senado de la República, Calderón pudo asistir a la ceremonia, con la condición del PRD, de que él no entregara la medalla a Miguel Ángel Granados Chapa, sino de que fuera el presidente de ese cuerpo legislativo, entonces, Gustavo Madero, el que proporcionara el galardón.

Los medios de comunicación tuvieron que abrirse a fuerzas a la pluralidad, a las voces y detractores de la oposición paulatinamente, pero han cambiado. Recordemos por ejemplo en 1988 la simbólica manifestación del entonces candidato a la presidencia del PAN, Manuel J.  Clohutier contra Televisa, en donde marcharon con un espadrapo en la boca, para denunciar la inequidad de la  televisora a favor del candidato oficial, Carlos Salinas de Gortari.

Las televisoras privadas siempre han estado ligadas al poder en turno. Emilio Azcárraga Milmo, el ya extinto “Tigre”, padre del actual dueño de Televisa, decía que esa empresa era “un soldado del PRI”. Después Televisa estuvo con el PAN, con Fox y Calderón, lo que no le impidió coincidir y apoyar el arribo de Peña Nieto a la presidencia de la República.

Los medios de comunicación, como espejos de la realidad, han reflejado las controversias en la  disputa por la nación y por el poder regional en las entidades federativas. Los medios y los periodistas al igual que la sociedad, los partidos y los actores políticos, tienen que ver con el cambio, incurren en él, lo explican  y lo determinan. Los medios son un factor central de la búsqueda del poder y con la difusión de las políticas públicas, con la implementación de los proyectos y programas de gobierno.  En suma, tienen conexión con la construcción de un instrumento fundamental de las relaciones entre estado y sociedad: la gobernabilidad.

Ahora en el 2015, que vienen las elecciones para renovar los poderes estatales, habrá que ver cuál es el rumbo que tomen los medios  locales respecto a los comicios, a quién van a apoyar, a quién van a atacar, porque siempre habrá una fuerte relación entre la prensa y el poder.

En términos generales, muchos medios locales, tanto impresos como electrónicos simpatizan  con el PRI, otros con el PAN, con sus asegunes y matices; lo vemos claramente en su línea editorial, con los intereses que defienden y preservan, o bien,  a quien agreden y por qué.{gallery}columna amador prensa{/gallery}

 

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