Por: Ángel Durán
De los movimientos, encuentros y transformaciones ocurridos durante siglos surgieron las sociedades que hoy identificamos como taínas. No aparecieron de manera repentina ni representaron el comienzo de la vida en Quisqueya.
Fueron parte de un proceso caribeño mucho más antiguo.

Las comunidades taínas organizaron cacicazgos y aldeas, cultivaron mediante conucos y mantuvieron redes de navegación entre las islas.
La yuca, el maíz y la batata formaron parte de su alimentación.
En los bateyes realizaban ceremonias y juegos; mediante los areítos transmitían relatos, conocimientos y memorias colectivas.
Los cemíes expresaban vínculos espirituales con antepasados y fuerzas naturales.
Pero en 1492 la isla no hablaba con una sola voz. Junto con los grupos taínos permanecían pueblos que los cronistas identificaron como ciguayos y macorijes. La existencia de lenguas que no se comprendían entre sí demuestra que Quisqueya conservaba una diversidad cultural que la narración colonial terminó simplificando.
Los ciguayos ocupaban principalmente la península de Samaná y parte del noreste.
Algunas fuentes los describen como agricultores y guerreros que utilizaban de manera destacada el arco y la flecha.
Su idioma no fue comprendido por los primeros intérpretes europeos.
Se ha propuesto una posible relación con lenguas centroamericanas, pero la escasez de palabras conservadas impide convertir esa posibilidad en una certeza.
Los macorijes vivían en sectores de la costa septentrional y también hablaban una lengua distinta.
Aunque su identidad colectiva fue debilitada hasta desaparecer, el nombre permaneció en la geografía dominicana: San Pedro de Macorís y San Francisco de Macorís son ejemplos de una memoria que sobrevivió en el territorio.
La llegada europea no descubrió una tierra sin historia. Encontró sociedades diversas y después las clasificó de acuerdo con categorías ajenas. A las enfermedades se sumaron violencia, explotación, trabajo forzado, imposición religiosa y sustitución de nombres. Cuando un conquistador renombra un lugar, no solamente modifica un mapa: también intenta decidir qué pasado será recordado.
Por eso debemos hablar del derecho humano a la historia.
No existe en los tratados una cláusula aislada con ese nombre, pero su contenido se desprende de los derechos a la identidad, la educación, la cultura, la memoria y el acceso al patrimonio.
El artículo 15 del Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales reconoce el derecho a participar en la vida cultural.
La Declaración de las Naciones Unidas sobre los Derechos de los Pueblos Indígenas va todavía más lejos. Sus artículos 11, 13 y 31 protegen la conservación y transmisión de historias, lenguas, tradiciones, conocimientos y expresiones culturales. Conocer el pasado no es un lujo: permite comprender quiénes somos y cuestionar los relatos construidos desde el poder.
El derecho a la historia también impone responsabilidades a escuelas, universidades, archivos, museos y medios de comunicación.
No basta con conservar objetos en una vitrina.
Es necesario explicar quiénes los produjeron, reconocer las incertidumbres de la investigación y permitir que las comunidades vinculadas con ese patrimonio participen en su interpretación.
Esa obligación también alcanza a quienes divulgamos información. Debemos distinguir los hechos comprobados de las hipótesis, señalar las fuentes utilizadas y evitar que la voz del investigador sustituya por completo a los pueblos estudiados.
Una historia presentada sin procedencia puede parecer convincente, pero impide que el lector verifique, cuestione y forme su propio juicio.
También exige honestidad intelectual.
Este trabajo nació del interés provocado por un documental; por ello se reconoce expresamente esa fuente.
Sus datos fueron contrastados y el enfoque jurídico fue desarrollado de manera independiente. Investigar no significa ocultar las ideas recibidas, sino examinarlas, atribuirlas y aportar una reflexión propia.
Los barreroides, banwaroides, saladoides, ostionoides, ciguayos, macorijes y taínos no carecieron de historia. Lo que faltó fue voluntad para escucharla. Recuperarla es una forma de justicia cultural para América.
Este trabajo constó de tres partes, publicadas lunes, jueves y hoy viernes. Con esta tercera entrega concluye la serie.
*Las opiniones expresadas en este texto de opinión, son responsabilidad exclusiva del autor y no son atribuibles a CN COLIMANOTICIAS.






