La Memoria de Carlos Montemayor

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    Por eso en distintos círculos literarios, académicos, culturales y políticos, así como en infinidad de organizaciones de auténtica lucha social e instituciones, el deceso de Montemayor es muy lamentado, y más en momentos en que en México se da una crisis general, y donde la prioridad neoliberal de la militarización del combate contra el narcotráfico, definida por los minoritarios grupos financieros, obligan a un gobierno despótico e ilegítimo a confrontarse con la población, sin inversiones para la planta productiva nacional, y a expandir la pobreza, el desempleo, la falta de expectativas y hasta la libertad de pensamiento, ponderando privatizar las empresas energéticas y los recursos naturales y la educación, menospreciando la necesidad de reorientar la política económica en beneficio de las mayorías, conforme a  lo que fue producto de largas y cruentas luchas en el campo y la ciudad durante varias épocas.

    Nunca antes al Ejecutivo federal se le había cuestionado tanto y a fondo, ese empeño de utilizar a la Secretaría de la Defensa Nacional (Sedena), presuntamente para combatir al crimen organizado, que a cada paso golpea a la población civil, y aunque ya confiese el secretario Galván Galván, como hizo este 2 de marzo, que hay “otro problema que preocupa mucho dentro de las fuerzas armadas”, pues dijo a priístas que, del total de delincuentes detenidos, 15 mil son ex militares o han tenido alguna instrucción militar, insistiendo en que se legisle con el propósito de que haya un marco jurídico que avale la participación del Ejército en tareas policiacas. Con eso se demuestra que Felipe Calderón al frente de la Presidencia de la República y ordenando de antemano al Ejército Mexicano hacer esto, procede sin ningún apego riguroso a la constitucionalidad y exigen ahora aprobar su iniciativa de Ley de Seguridad Pública.

    En este contexto, según se ha dicho, se va Carlos Montemayor dejándonos su libro más reciente, que es La violencia de Estado en México, obra considerada “indispensable para el conocimiento de las horrendas realidades de nuestro país”, y culminan sus estudios sobre la búsqueda de la justicia y de la libertad. Lo despedimos con agradecimiento y admiración, explicó su esposa Susana de la Garza, quien señaló: “A Carlos le quitaron el sueño los ruiseñores de la literatura, del bel canto y los de las luchas sociales. Ahora duerme sin fin, como el torero celebrado por García Lorca. La historia de este pobre país nuestro vela su sueño. Sus amigos, sus lectores y su pueblo mantenemos viva su memoria”. Y es que, aparte de ser uno de los colaboradores más leídos del periódico La Jornada, por igual tuvo muchísimos lectores de sus libros, ante todo las novelas Guerra en el paraíso, que narra lo que fueron las experiencias de la guerrilla encabezada por Lucio Cabañas en Guerrero en los años setentas, y Las armas del alba, que rescata también el asalto al cuartel militar de Ciudad Madera, Chihuahua, el 23 de septiembre de 1965, que es virtualmente el inicio de las guerrillas y la guerra sucia oficial en México.

    Para Montemayor, en los análisis políticos de seguridad nacional falta “comprender que la guerrilla siempre es un fenómeno social”, conforme advierte como ensayista en su libro La violencia de Estado en México, y ahí menciona que “la aparición del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) en enero de 1994, la del Ejército Popular Revolucionario (EPR) en junio de 1996 y los atentados de esta organización armada en oleoductos de Pemex en julio de 2007, demostraron, entre otras cosas, que los servicios de inteligencia del Estado mexicano habían venido arrastrando desde hacía tiempo ciertos errores, ineficiencias y fisuras”, y esto ya  lo había tratado en sus libros Chiapas, la rebelión indígena en México, Los informes secretos y La guerrilla recurrente, y de ello se desprende que “la caracterización de los movimientos guerrilleros desde la perspectiva oficial forma ya una estrategia de combate y no de un análisis para comprenderlos como procesos sociales”.

    El resultado de esa postura hace a un lado elementos indispensables para entender “políticamente los movimientos armados y plantear su solución de fondo”. Si bien el libro y el análisis de La violencia de Estado en México se ocupan de los movimientos guerrilleros, también puede hacerse un paralelismo con el comportamiento del Estado mexicano frente al crimen organizado, “particularmente el narcotráfico”. Y es que, para él, “las medidas represivas policiales o militares no siempre han logrado frenar los movimientos populares de inconformidad social”. Ejemplos de esto fueron la insurgencia de Lucio Cabañas y de Genaro Vázquez Rojas, el movimiento estudiantil de 1968, el surgimiento de la Liga Comunista 23 de Septiembre y de las Fuerzas de Liberación Nacional, base de trabajo que dio origen al EZLN; mientras que el EPR fue en respuesta a la matanza de Aguas Blancas, y deja caer una a una las cuentas de los errores en la estrategia frente a esos movimientos a partir de una falla fundamental: “falta en los análisis políticos de Seguridad Nacional comprender que la guerrilla siempre es un fenómeno social. Por su estructura clandestina, por su capacidad de fuego, por su configuración como fuerzas de autodefensa o ejércitos populares, la opinión pública, los discursos oficiales y los análisis de gobierno eliminan sistemáticamente la vinculación de la guerrilla con procesos sociales concretos y la convierten en delincuencia o criminalidad inexplicable”.

    Carlos Montemayor declaró alguna vez que, a principios de los años 70 algunas compañías privadas dieron inicio a una serie de despojos de tierras que provocó la reacción inmediata de los campesinos y paulatinamente la conformación de una fuerza organizada. El mayor contingente formó parte de la Unión General Obrero Campesina de México, que en ese momento dirigía Jacinto López. Que estas movilizaciones en defensa de predios y contra las invasiones fueron creando un clima de tensión social muy importante en Chihuahua. Pero cuando “era adolescente, en Parral y en las regiones cercanas a mi ciudad, llegué a conocer el movimiento”. Se fue a estudiar a la Universidad de Chihuahua, y entró en contacto con los cuadros políticos y frentes campesinos que le permitieron conocer más de cerca este proceso social.
    Y explica que en esa época “varios amigos míos, muy jóvenes, se radicalizaron y tomaron las armas… Ellos constituyeron el primer movimiento guerrillero en México después de la revolución cubana. Desarrollaron varias acciones, que narro en Las armas del alba. La acción armada más notable de ellos ocurrió el 23 de septiembre 1965; esa mañana intentaron tomar por asalto el cuartel militar de Ciudad Madera. Y como desde hacía más de un año él radicaba en la ciudad de México, desconocía que ellos habían entrado en la clandestinidad. Por eso menciona: “Cuando me enteré del ataque y vi las fotos de algunos cadáveres de mis compañeros me sacudí, pero sobre todo, me estremeció el tipo de información oficial sobre ellos: los trataron de gavilleros, de delincuentes, de pistoleros, de robavacas”. Y eso fue lo que más le afectó, porque a él le constaba la honestidad, la limpieza, la integridad, la militancia, la generosidad de ellos. Y al respecto concluye: “Esta impresión de cómo una versión oficial puede destruir tan brutalmente la verdad de la vida humana me marcó para siempre”. Y así surgió el compromiso de Montemayor de contrastar las versiones oficiales con las realidades social y humana, tanto como analista político en artículos publicados y como investigador e historiador.

    Él también se definía como “especialista en cuestiones clandestinas”, sabiendo además que las cuestiones indígenas son por igual “algo oculto y subestimado, y los movimientos guerrilleros están también en el subterráneo de la conducta social, de manera que puedo decir que tengo vocación por la clandestinidad, cultural, literaria y social”.

    Tengo en mi memoria la congruencia de Carlos Montemayor en ese sentido, que pareciera poco, pero es testimonio de su talante. Le conocí a través de la lectura de su obra como poeta y como narrador con Las llaves de Urgel y Minas del retorno, y por su trabajo como director de la Revista Universidad, publicada por la UNAM, viviendo yo en el Distrito Federal, y en lo personal en Colima en 1984. Y es que, en esa ocasión, acompañó a uno de los grandes maestros que tuvo en su formación literaria y humanista, al excelente poeta, filólogo y traductor don Rubén Bonifaz Nuño. Fue durante el homenaje y entrega del Doctorado Honoris Causa que a este último le otorgó la Universidad de Colima, en septiembre de aquel año.

    A pesar de ser ya un reconocido joven poeta, traductor y narrador, Montemayor, a quien se le acercaba para saludarlo e intentar hablar con él, sólo le recibía con un cordial saludo de mano y procurando con una señal discreta, para hacerlo entender que nada más deseaba estar al pendiente de las mesas redondas y los discursos acerca de la obra y trayectoria de Bonifaz Nuño. No quería robar cámara sino mantener centrada la atención ante todo en el maestro Bonifaz, con lo cual Carlos pasó para muchos asistentes casi inadvertido, por esa vocación de clandestinidad. Pero cuando en 1991 la decisión del jurado calificador declaró que Carlos Montemayor era merecedor, por su novela Guerra en el paraíso, del Premio de Narrativa Colima para Obra Publicada, auspiciado por la Universidad de Colima y el Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA), él vino a recibirlo aquí a finales de ese año, y tuve la oportunidad de entrevistarle acerca de esta novela y la estructura y las técnicas que emplea en ella, así como sobre sus experiencias como narrador.

    Entre lo más importante Montemayor indicó: “,,,creo que la estructura viene de mi reflexión de Homero en La Ilíada, específicamente, que es un planteamiento poético directo, inmediato, visual, sonoro, muy cercano sensorialmente a mi propia actitud literaria, porque toda la obra homérica es muy visual. Guerra en el Paraíso es muy visual. Los hechos de armas y los muertos en La Ilíada son muy visuales y muy sangrientos y conmovedores; y lo mismo puede decirse de las muertes y los combates en Guerra en el Paraíso. En La Ilíada, hay una especie de imparcialidad del heroísmo de los aqueos y del heroísmo de los troyanos. En Guerra en el Paraíso trato de mostrar también las dos facetas.

    Por el lado de la estructura de personajes, debo decirle que la abundancia de éstos en Guerra en el Paraíso se despliega alrededor de un núcleo de personajes centrales, que se pueden contar con una sola mano. Uno podría ser Hermenegildo Cuenca Díaz, otros podrían ser los sucesivos comandantes de la zona militar de Acapulco, otro sería sin duda Lucio Cabañas y alguno de sus hombres cercanos, y alrededor de ese núcleo de personajes centrales se organiza toda la gama de personajes anónimos o colectivos o multitudinarios. Pues bien, la estructura del coro esquiliano es ésa: el coro tiene una transformación multiforme, se convierte en mujeres, en ancianos, en niños.

    Dialogan. Se fractura el coro para convertirse en diálogos, en coloquios, en lo que se necesite para intervenir o para hablar con público o hablar con el núcleo de los personajes propiamente dramáticos. Así, pues, yo diría que mi formación como helenista, me ayudó a estructurar por un lado el desarrollo narrativo, y por otro lado la estructuración compleja de los personajes de Guerra en el Paraíso. Entonces, le estoy diciendo para mí qué es la tragedia esquiliana y la épica homérica”.

    Y en relación con el hecho de ser Premio de Narrativa Colima para Obra Publicada 1991, comentó: “Me conmueve la amistad y la cordialidad con que los jurados han tratado mi novela, incluso los periodistas nos han prestado apoyo y atención a Guerra en el paraíso, y estoy profundamente agradecido con ustedes los periodistas, con los universitarios, con los lectores que se han acercado con amor a las páginas de esta novela terrible, cruel, porque contiene uno de los episodios más dolorosos del México contemporáneo…

    Así, pues, los premios –advertía desde entonces Montemayor- creo que debemos verlos como una especie de recuerdo social, de recuerdo colectivo de que México no sólo pugna por una democracia, no sólo pugna por un bienestar económico y político mayor, sino que también nuestra propia expresión artística, nuestra propia expresión literaria, que es nuestra, no es de Carlos Montemayor, no es de Garibay, no es de Margo Glantz, sino que forma parte de la misma conciencia mexicana de hoy”.

    Si su compañera Susana de la Garza y sus hijos se apegaron a no revelar su padecimiento de cáncer en etapa terminal, fue porque Carlos se los pidió, y ella al saberse en los medios su deceso, a petición de una reportera de La Jornada le confesó que, los recientes cuatro meses, le dieron oportunidad a su esposo de planear, de hacer cosas muy bonitas en unión con la familia. “Dicen que los intelectuales son aburridos; al menos él no lo era. Fue un hombre divertido, cantaba, bailaba, hablaba en las lenguas que le gustaban, tenía miles de proyectos, era muy creativo, un luchador”.

    Recientemente se dio a conocer la traducción de la Constitución al náhuatl, y él la consideró también necesaria al tzotzil; pugnó también por el respeto a los Acuerdos de San Andrés Larráinzar, y aparte de obra suya que falta por recoger y ser publicada, ya está por salir otra novela que dejó terminada, Las mujeres del alba. Por esto Carlos Montemayor vive por su ejemplo y su legado como hombre de letras en español y traductor y rescatador de la poesía en lenguas indígenas, así como honesto y vehemente líder social y defensor de las luchas por la libertad, la democracia y los derechos humanos, en esta multiplicidad cultural que es nuestro país, y al que sólo la reacción se opone, desde el poder omnipotente y fáctico, que niega la razón y cree en el supuesto pensamiento único, sacrificando y empobreciendo cada vez más a la población.

    Es la que impone, por ejemplo, a un encargado de la SEP como Alonso Lujambio, que el pasado miércoles juzgó de “tonta” a la democracia mexicana, “porque desperdicia el talento de sus políticos” y “obliga a circular permanentemente a los legisladores, lo que no permite acumular experiencia política y responsabilidad pública”, porque ansían que se apruebe en el Congreso de la Unión la reelección.

    En medio de todo ello y frente a cualquier desazón, es mejor oír la voz de quien se está convirtiendo en autor clásico ya, como Carlos Montemayor, que nos dice en su tal vez último poema para despedirse, titulado “Memoria” :Estoy aquí, en la casa, a solas./ Aquí están los muebles, el aire, los ruidos./ Tengo un sentimiento tan transparente/ como el vidrio de una ventana./ Es como la ventana en que miraba la nieve al amanecer,/ hace muchos años, cuando era niño,/ y pegaba la cara contra el cristal y comprendía toda la vida./ Es un deseo en calma, como la tarde./ Es estar como están todas las cosas./ Tener mi sitio como todo lo que está en la casa./ Perdurar el tiempo que sea, como las cosas./ No ser más ni mejor que ellas./ Sólo ser, en medio de mi vida,/ parte del silencio de todas las cosas.

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