El Resumidero de Toxín

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    Al saturarse el suelo con las lluvias, éstas van formando en dicho llano un pequeño arroyo sinuoso que, luego de discurrir apenas un poco más de medio kilómetro, desaparece al pie de un cerrito, literalmente absorbido o tragado por la tierra. Sin que a la fecha se sepa con exactitud en dónde vuelve a aflorar, aunque se manejan algunas hipótesis al respecto.

    Este interesante resumidero es, en realidad, una larguísima caverna cuya longitud completa se desconoce todavía, pero de la que tengo reportes en el sentido de que se han explorado ya 3,500 metros sin ver su fin.

    Desde un punto de vista geográfico, toda esa zona se ubica en las estribaciones de la Sierra de Manantlán, en el extremo suroccidental de nuestro gigantesco y famoso Cerro Grande. Casi en el punto donde las faldas de éste comienzan, por decirlo de una manera muy gráfica, a tocarse con las del cerro vecino, que allí se conoce como el Cerro de Enmedio. Una mole menor, pero que en antiquísimas eras geológicas parece haber formado parte de la mole inmensa del Cerro Grande. Del que posiblemente se separó en un enorme cataclismo, formando un impresionante cañón entre ambos, que por su proximidad al sitio se llama Cañon de Toxín.

    Motivados por conocer en vivo y a todo color estas formaciones naturales, desde hace aproximadamente tres semanas, Efraín Naranjo Cortés y este redactor comenzamos a invitar a otros amigos para propiciar una excursión, llevando al mismo Efraín como guía.
    Concretándose el hecho a las 9 horas del pasado domingo 6 de junio; cuando en siete vehículos aptos para las brechas, partimos 33 participantes desde la Unidad Deportiva de Villa de Álvarez, y otras tres camionetas con aproximadamente unas 12 personas, lo hicieron a su vez de algún punto del puerto de Manzanillo. Subiendo ellos por la carretera Manzanillo-Minatitlán hasta nuestro punto de encuentro en el Llano de Toxin.

    La caravana de Villa de Álvarez cruzó toda la zona montañosa situada al poniente de ese municipio y dobló, ya por una brecha, hacia la trepada de El Terrero, pero en vez de subir, dobló a la izquierda, pasando por la comunidad de El Sauz, y se adentró en la sierra de Minatitlán rumbo al norte, cruzando por preciosos terrenos cultivables y un bellísimo lomerío que, aun siendo la temporada más seca del año en nuestra región, se caracteriza por tener gigantescos árboles de los típicos existentes en las selvas siempre verdes.

    Derivamos por una encinera y, en cuanto acabábamos de trastumbar el límite estatal, vimos a nuestros pies los potreros de Toxín, desparramándose en una amena llanura circundada por los imponentes contrafuertes de los dos cerros mencionados, más el de El Tigre un poco más allá, hacia el poniente.

    La caravana de Manzanillo, encabezada por el licenciado Jorge Armando Gaitán Gudiño había llegado un poco antes y ya nos estaba esperando. Estacionamos todos los 11 o 12 vehículos a la vera de la angosta brecha y nos introdujimos, como “una línea de peregrinos de los que van a Talpa” – dijo alguien-, por una simple veredita de un potrero particular en el que plácidamente pastaban alrededor de 20 cabezas de ganado, acabando con los últimos brotes de hierbas comibles de este feroz estiaje.

    Efraín, que hace años había entrado por la boca más accesible del resumidero, no la logró ubicar de momento. Yo llevaba el reporte del espeleólogo Carlos Lazcano, en el sentido de que son tres los accesos, pero sólo uno el más fácil. De manera que buscábamos ése.

    El Profr. Ricardo Ante, el Lic. Gaitán Gudiño, y el Arq. Igor Ahumada se encaramaron sobre el borde del arroyo y vieron una de las entradas, pero al revisarla de cerca vimos que estaba cubierta por una empalizada que dejaron las crecientes del año pasado y nos resultó imposible entrar.

    Finalmente, Efraín halló la boca accesible, junto a la que el Ing. José Zarco, el Dr. Juan Manuel Velasco, Horacio Rodríguez y mi compadre Sergio Jiménez comenzaron a atar una gruesa cuerda en una gran roca para propiciar el descenso de nuestro guía, pero en eso vieron cuatro cachuchas tiradas en el piso, y entendieron que ya había gente adentro.

    Para nuestra fortuna resultó ser el Profr. David Rivas Gómez, que trabajó en esa zona entre 1982 y 1989, y había vuelto a Toxín para mostrar la cueva a unos familiares suyos, y que consecuentemente varias ocasiones ya había entrado por dicha cavidad, hasta los 500 metros.
    Estábamos por comenzar a entrar cuando salió él con tres acompañantes y, viendo nuestra inexperiencia, se ofreció a guiarnos y entramos.

    Yo, imitando a Ariadna, la del Minotauro, había comprado una bola de ixtle para llevar el mecatito de guía, y la amarré en un arbolito junto a la entrada, pero José Zarco la fue desenrollando adentro.

    En el primer tramo no pudieron pasar (lo lamentamos), los más gorditos, o los de mayor edad, y se tuvieron que quedar muchos de nuestros acompañantes afuera, tratando de tomar sombra bajo las ramas de un gran nopal con proporciones de arbusto.

    Culebreando, podría decir, por esa primera cavidad estrecha, uno por uno nos fuimos introduciendo, pero llegamos muy pronto, seis o siete metros después, a un sitio en donde ya cabíamos todos puestos de pie, y pisando, por cierto, en un suelo muy húmedo y resbaloso, cubierto de guano de  murciélagos.

    El profesor Rivas nos instruyó para los que no llevaban linternas se fueran siempre juntos con los que sí, porque la cueva estaba más oscura que la más cerrada y oscura de las noches.

    Comenzamos a caminar lentamente por el cauce de un arroyito en esos momentos seco, observando cómo se ampliaba la cavidad y se comenzaban a ver gruesas estalagmitas y estalactitas en formación. Y con mucha emoción de todos nosotros llegamos por último a 125 de la entrada, donde nuestro guía nos advirtió que ya era muy peligroso seguir, y porque a partir de allí, los espeleólogos ya entran con equipo especial. Teniendo que llevar, incluso, trajes de buzo, desde los 500 metros de la entrada.

    Para que los lectores se den una idea más clara de esto, he aquí la descripción que Carlos Lazcano anotó en su libro Las Cavernas del Cerro Grande:

    “El Resumidero de Toxín posee tres entradas. Una de ellas es un estrecho arrastradero que las crecidas del arroyo han ido azolvando (seguramente la que vimos primero); otra es un tiro… de difícil acceso. La Tercera estrada, la más fácil conocida… es pequeña, da inicio con una desescalada (descenso) de 4 m. que llega a una galería fósil; la cual, a los 100 m. se une al ramal activo del resumidero (el lecho del arroyo que les comenté, donde ya sentimos arena en vez de guano en el piso). La cavidad tiene un pequeño tiro de 9 m. y varias desescaladas (allí nos detuvimos, y dijimos que qué lástima porque), posee varios salones.

    El primero a quinientos metros de la entrada, con una longitud de 50 m. por un ancho de 15 m. y altura de 15 también… En este salón existe un ramal de 114 m. de longitud. (Pero) 700 m. más delante de la entrada se encuentra otro salón de 40 m. de largo, 35 de ancho y más de 25 de alto. Y a los 1,400 m., el salón más grande de todos, de 150 m. de longitud y 50 de ancho en lo máximo, aunque no muy alto, entre los 5 y los 10 m.; pero hay otro de más de 35 m. de altura”. Cuyo techo no se puede ver ni con las linternas.

    “Las paredes y los techos de la caverna se encuentran bien pulidos por el efecto abrasivo del agua. Existen dos lagos profundos. Uno de ellos de 23 m.”, y hay algunos tramos en donde muy claramente se observa, dice Lazcano, “un cauce bien formado, con playones de arena y cantos rodados”. Es decir, piedras de río.

    La Sociedad Mexicana de Exploraciones Subterráneas se hizo presente varias veces en el área del Cerro Grande y del Cerro de En medio, entre 1981 y 1984. Y ellos aseguran haber explorado 3 kilómetros del Resumidero de Toxín, pero existen otros, de Guadalajara, que aseguran haber llegado a los 3,500 metros.

    Nosotros, entusiastas, pero inexpertos y sin equipo apropiado, sólo pudimos llegar hasta donde se nos terminó nuestra bola de ixtle, que cuando la medimos nos dio exactamente 125 m. Lo que es poco, en comparación al total explorado, pero es mucho si consideramos que fue nuestra primera exploración, y de “puras ondas”, como dicen los muchachos.

    Cuando finalmente salimos de la cueva (en donde se nos sumaron el Dr. Enrique Calvario y tres personas más), todos los de Manzanillo y Ricardo Ante ya se habían retirado a comer chacales en Minatitlán, y sólo nos estaban esperando afuera Oscar Velarde, Enrique Ceballos, Tere Santana, Elvira Ceballos, y Olga Carrillo.

    Desde allí, siguiendo una información equívoca, el resto de los que aún seguíamos en la excursión se trasladó por el Cañón de Toxín, en busca del sitio supuesto en donde toda el agua que entra por el resumidero sale. Pero de eso les comentaré después.

     

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