EL PLATEADO MAYOR

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PorJosé Díaz Madrigal

Dentro del abundante legado literario que dejó Manuel Altamirano, está El Zarco, una de sus obras más conocidas; en la cual describe en forma novelada la vida cotidiana de un pueblo del Estado de Morelos, en la época que era presidente Benito Juárez. Lo que aquí narra Altamirano, es un espejo de lo que sucede en ese tiempo en todo el país, el México atrapado por la delincuencia; donde hace notar, en éste caso las conexiones que existen entre los criminales y un encumbrado político de la administración juarista, de la ciudad de México.

Salomé Plasencia era un tipo güero, apuesto, alto de hombros y brazos musculosos; cuando sonreía dejaba ver blanca dentadura y el relampaguear de unos ojos de tinte azul verdoso, motivo por lo cual lo apodaban El Zarco; palabreja que viene del español antiguo, prácticamente en desuso y que significa precisamente el color antes mencionado.

El Zarco capitaneaba a un grupo grande de rateros, los cuales tenían asolado a pueblos, rancherías y caminos circundantes; sobre todo el que conducía de Acapulco a la capital de la república, que era muy transitado. En uno de esos atracos asaltaron una diligencia jalada por 4 briosos corceles, donde viajaba una familia completa de ricos ciudadanos norteamericanos. A pesar que el convoy iba resguardado por numerosos guardias, sin embargo éstos fueron superados por la banda del Zarco; haciendo una matazón de una parte de los custodios -la otra parte traicioneramente se unió a los asaltantes- y toda la familia de extranjeros, sin quedar ninguno vivo, incluyendo mujeres y niños. Como parte de lo robado venía un cuantioso maletín lleno de joyas, el mismo que fue a parar a las manos de la atractiva novia del Zarco.

El sanguinario cabecilla de bandoleros y su gente, tenían un gusto obsesivo por la plata. Aparte de las monedas de ese metal que hurtaban, también lo usaban en su indumentaria personal; sombreros ribeteados de plata, pantalones con cadenillas y chapetones; pulseras y anillos de ese brillante metal. Además adornaban sus caballos con frenos, sillas y estribos del blanquecino metal; por esa razón eran conocidos como Los Plateados. Llegando a ser esa frase, sinónimo de bandidos.

Los Plateados en su crueldad, nada respetaban. Pedían fuertes contribuciones a pequeños rancheros y hacendados -lo que hoy se conoce como derecho de piso para poder trabajar- secuestraban personas pidiendo para su rescate abultadas sumas de dinero. Tenían cómplices en las poblaciones que daban santo y seña de las actividades de los vecinos.

Las ganancias se repartían con el político prominente de la capital, que venía siendo El Plateado mayor y entre el ejército de ladrones, que dicho sea de paso, traían a sus respectivas novias con finos vestidos y joyas preciosas. Se podría decir que fueron aquellas chicas las precursoras de las buchonas actuales.

En la vida delincuencial, la suerte no dura toda la vida. Una noche cayó El Zarco en manos de un honrado jefe militar, de inmediato lo pasó por las armas. Su buchona compañera que estaba a lado de él, murió momentos después víctima de un ataque de pánico y desesperación.

Mientras el juarismo y sus sucesores estuvieron en el gobierno, todo México siguió siendo un verdadero desastre. No fue sino hasta que llegó Porfirio Díaz al poder que se enderezó el rumbo del país, cuando por fin hubo seguridad, trabajo y prosperidad. Por mucho, aunque se enoje el oficialismo juarista y los admiradores del siniestro Juárez; Porfirio Díaz ha sido el mejor presidente que hemos tenido los mexicanos.

En estos días ha sonado como bomba mediática, el asunto del senador Adán Augusto López, El Plateado mayor de nuestro tiempo y miembro distinguido de otro gobierno también como el juarista: de verdadero desmadre, la mal llamada 4T. Con 30 años de amistad entre Adán y el huidizo ex secretario de seguridad de Tabasco Hernán Bermudez, claro que el senador sabía a que se dedicaba el secretario de seguridad que él puso en esa entidad. Después que Adán llegó a la Secretaría de Gobernación, se quedó Bermúdez en Tabasco y el senador en automático se convirtió en El Plateado mayor y por pura obviedad sin comprobar, éste recibía su tajada de las ganancias ilícitas de su subalterno.

La soga siempre se rompe por lo más delgado, Altamirano no da cuenta en que terminó el socio del Zarco en la capital, pero a éste lo fusilaron. Del mismo modo va a ocurrir con Adán y Bermúdez, al tocayo del perro Bermúdez lo van a sacrificar, mientras que al Plateado mayor, lo van a convertir en un muerto viviente. . . En un diablo apestado.

*Las opiniones expresadas en este texto de opinión, son responsabilidad exclusiva del autor y no son atribuibles a CN COLIMANOTICIAS.