AL FINAL TODOS VAMOS AL MISMO LUGAR…AL PANTEÓN

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    Dos de Noviembre es un día ni triste ni alegre. Es algo indefinido lo que se siente. En ratos quieres llorar al recordar a quienes se te adelantaron en el camino, a quienes no puedes ver ni oír ni tocar nunca más, pero a la vez sientes alegría de saber que por un instante podría haber un contacto con ese ser querido con solo recordarlo, con encenderle una luz o cantarle una canción.

    De ahí las ofrendas, los ritos, las flores; de ahí visitar el Panteón en este día, hablarle a la tumba, contratar el conjunto musical para que le toque sus canciones a ese ser querido. Todo para tratar de hacer un contacto espiritual con los muertos.

    Ojalá fuera cierto lo que dice la tradición mexicana, que este día ellos vienen y están contigo, en espíritu, pero están contigo.

    Hoy fue día de visita al Panteón Municipal de Colima. Hoy lleve a mis hijos. Cada año iba sola, pero hoy como están más grandecitos decidí llevarlos.

    Cientos de colimenses acudieron rigurosamente a visitar a sus muertos. Llevaban cubetas, escobas, flores, coronas, para hacer la limpieza y adornar las tumbas.

    Se escucha el trajinar de las escobas, del agua para lavar el concreto, el azulejo, el vitropiso, según sea el caso. Otros quitan las malezas con la mano. Nosotros esperamos, no tenemos tumba que lavar. Ahora es cuando pienso que tal vez no es buena idea la cremación. Así mis hijos, cuando yo falte tendrán un lugar a donde ir. Pero ¿y si no? Y si ellos, como nueva generación, ya no creen en las tumbas, en los panteones, en el Día de Muertos, si ya no tienen tiempo de dedicar un día a ir a limpiar y acompañar a su madre en su última morada.

    Una vez limpias las tumbas, salen los libros de rezos, los rosarios, se escuchan las aves marías. Hay silencio. El viento se escucha al mecer las ramas de los árboles.

    Entonces se ven llegar los diversos conjuntos musicales, los grupos norteños, los acordionistas, los mariachis, y por diferentes puntos del panteón se escuchan las canciones tristes.

    Vemos un señor que saca una hojita donde trae apuntada su lista de canciones. El conjunto comienza a tocar y a cada canción, el señor va tachando uno a uno los títulos de la lista.

    Es un buen momento, estar ahí, en el panteón, frente a las tumbas, oyendo música, ojalá el muerto las escuche, de seguro se pone contento.

    Luego hay familias que sacan los contenedores con comida, los frijolitos, la carne con chile, las tortillas y la coca cola, porque eso sí, este año he visto la coca cola en todos los altares de muerto y ofrendas.

    Y siguen llegando familias.

    Junto con mis hijos recorremos el panteón y nos llama la atención una tumba en forma del castillo de Cenicienta. Dice mi hijo:

    -Ahí murió una princesa.

    No se equivoca. Es la tumba de una niña de tres años, y de otra de unos 12 años. Dentro del castillo están sus fotos, hay un comedor, juegos de té, muñecas, flores, decorado como si fuera la habitación de la niñita. Incluso hay panecitos abiertos, por si a la nena se le antojan.

    Así estilaban nuestros antepasados, poner en la tumba del muerto, todo lo que pudieran necesitar en la otra vida.

    Hay también tumbas muy coloridas, recién pintadas, otras abandonadas, otras borradas, en cuanto nomás se ve una cruz que indica que ahí hay o hubo algo.

    Se ven pinceladas de color por todos lados: flores, globos, coronas.

    Hay mucha limpieza en el Panteón, hay puntos donde acumulan la basura, pero se ve un orden, pese a que hasta 30 mil personas pueden visitar el lugar el día de hoy.

    Vemos en algunas tumbas vasos con agua, para la sed de los muertos; vemos panes, galletas, en una hay hasta un chocomilk.

    Mi hijo se encuentra una flor que le gusta y se quiere quedar con ella. Le digo que no, que todo lo que hay en un panteón es sagrado.

    Me pregunta:

    -¿Qué es sagrado?

    Buena pregunta.

    Sagrado es que nos merece respeto, porque está relacionado con Dios, con la Muerte, son cosas que no pueden ser dañadas.

    Sin duda, el Día de los Muertos, deja muchas enseñanzas en chicos y grandes. Ahora veo que nuestros antepasados tenían mucha razón en sus ritos de ofrendar comida, bebidas, todas las cosas bellas de la vida que les gutaban y que ya no pueden tener más. Es un recordatorio para nosotros los vivos, que nosotros sí podemos ver, oler, oír, tocar, saborear. Es el momento de aprovecharlo. En vida hermano, en vida…

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