Por: Ángel Durán
Este 24 de octubre, la Organización de las Naciones Unidas cumple 81 años.
Es una fecha para reconocer sus aportaciones a la humanidad, pero también para formularnos una pregunta incómoda: ¿qué tanto conocemos los mexicanos de una institución internacional a la que nuestro país pertenece desde su nacimiento?

La ONU surgió en 1945, después de dos guerras mundiales que dejaron millones de muertos.
Comenzó con 51 países, entre ellos México, y actualmente reúne a 193 Estados.
Su propósito fundamental es preservar la paz, promover los derechos humanos, fomentar la cooperación internacional y construir condiciones de desarrollo y bienestar.
Durante estas ocho décadas ha contribuido a impulsar la descolonización, fortalecer el derecho internacional, proteger a millones de refugiados, combatir enfermedades y promover derechos fundamentales.
Sin embargo, también ha enfrentado enormes fracasos para impedir guerras, genocidios y violaciones sistemáticas de derechos humanos.
Su principal debilidad es estructural: mientras proclama la igualdad soberana de los Estados, cinco potencias conservan el derecho de veto en el Consejo de Seguridad.
Esta contradicción limita su capacidad para actuar cuando los intereses políticos de los países más poderosos entran en conflicto.
La ONU necesita reformas, mayor independencia institucional, mecanismos eficaces de cumplimiento y recursos suficientes.
Pero también necesita algo que pocas veces discutimos: sociedades que conozcan, comprendan y defiendan sus principios.
México participó en la firma de la Carta de las Naciones Unidas el 26 de junio de 1945.
Desde entonces ha incorporado numerosos compromisos internacionales a su orden jurídico.
La reforma constitucional de derechos humanos de 2011 fortaleció particularmente la vinculación entre nuestra Constitución y los tratados internacionales.
Además, las Naciones Unidas mantienen presencia activa en México mediante organismos dedicados a la infancia, educación, salud, igualdad de género, medio ambiente y desarrollo sostenible.
Pero aquí surge la cuestión central: ¿cuántos mexicanos conocen realmente esa labor?
¿Nuestros estudiantes saben qué establece la Carta de las Naciones Unidas? ¿Las universidades enseñan suficientemente sus principios? ¿Los servidores públicos comprenden las obligaciones internacionales del Estado mexicano? ¿Los jueces, magistrados, legisladores y autoridades administrativas conocen y aplican los estándares internacionales de derechos humanos?
Y todavía más importante: ¿las familias, las organizaciones civiles y los ciudadanos sabemos que también podemos contribuir al cumplimiento de esos objetivos?
No basta con que México suscriba compromisos internacionales si estos permanecen alejados de la vida cotidiana.
La paz comienza cuando rechazamos la violencia; los derechos humanos se fortalecen cuando exigimos justicia; la igualdad se construye cuando combatimos la discriminación.
La sociedad civil organizada tiene una responsabilidad extraordinaria.
Puede vigilar políticas públicas, denunciar violaciones de derechos humanos, promover educación cívica y participar en iniciativas internacionales.
Sin embargo, necesitamos conocer mejor los mecanismos disponibles para ejercer esa participación.
Sería conveniente impulsar una evaluación nacional sobre cuánto sabemos los mexicanos de las Naciones Unidas, sus objetivos y su influencia en nuestro país.
Sus resultados permitirían diseñar programas educativos y estrategias de participación ciudadana.
También deberíamos preguntarnos si nuestras instituciones públicas evalúan periódicamente el cumplimiento de los compromisos internacionales que México ha asumido.
La ONU no puede resolver por sí sola los problemas del mundo.
Su eficacia depende de la voluntad de los Estados, pero también de la vigilancia y participación de sus sociedades.
Después de 81 años, el mejor homenaje no consiste únicamente en celebrar su existencia, sino en fortalecer su legitimidad mediante el conocimiento y la participación ciudadana.
Porque una organización internacional puede tener una Carta extraordinaria, pero sus principios difícilmente transformarán la realidad si los pueblos desconocen su contenido.
México pertenece a las Naciones Unidas desde 1945.
La pregunta es si, 81 años después, los mexicanos verdaderamente conocemos lo que eso significa. ¿Cuáles son las consecuencias? Si no conocemos sus reglas y ¿cuál sería el beneficio si las conociéramos y las aplicamos?
*Las opiniones expresadas en este texto de opinión, son responsabilidad exclusiva del autor y no son atribuibles a CN COLIMANOTICIAS.






