VOLVERÉ

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Por José Díaz Madrigal

En el marco de la segunda guerra mundial, los estadounidenses tuvieron dos grandes teatros de batalla activos; el europeo con más de un millón de soldados peleando en ese continente y, el del Pacífico con otro tanto de combatientes luchando contra los japoneses.

Los norteamericanos perdieron más de 400 mil soldados en este conflicto armado, representando alrededor del 20% del ejército que se desplegó durante la guerra. Según los datos de algunos historiadores, para las fuerzas armadas del vecino del norte; la guerra contra el ejército del imperio del sol naciente, tuvo características de más crueldad que sus compatriotas en suelo europeo.

Mediante una guerra relámpago, los japoneses lograron adueñarse de la mayor parte de islas del Pacífico; atacaron Hawaii, pero no pudieron conquistarla, sin embargo si pudieron invadir Las Filipinas, que por ese tiempo era un estado libre asociado de los Estados Unidos; tal como lo es Puerto Rico en la actualidad.

Era comandante del ejército norteamericano en Las Filipinas, el general más condecorado militarmente hablando: Douglas McArthur. Este general pudo resistir por breve tiempo el ímpetu del ejército japonés, hasta que no hubo más remedio que escapar por la falta de llegada de pertrechos de guerra. Desde Washington se le ordenó salir a como diera lugar del archipiélago filipino, dirigiéndose hacia el sur, hasta Australia.

Antes de abandonar Las Filipinas donde había servido a su país como jefe militar por muchos años y, al abordar la embarcación que lo sacó sigilosamente, exclamó «VOLVERÉ».

La frase se hizo famosa, la pronunció en un momento de abatimiento, de derrota; estaba saliendo para rearmarse, reagruparse; regresar y expulsar a los invasores. Los grandes hombres saben cumplir, guardan en alta estima el honor de su propia palabra.

Desde Australia, donde fincó su cuartel de operaciones; se reorganizó y poco a poco fue derrotando a los japoneses. Cuando tenía a Las Filipinas a golpe de visita, él personalmente dirigió el ataque para hacerse de una cabeza de playa. Existe una foto célebre, donde está saliendo de una lancha de desembarco él y sus acompañantes, metiendose al agua sin importar mojarse la ropa y los zapatos. En los hechos de estás sencillas cosas, consiste el tamaño de los buenos líderes. McArthur volvió triunfante a Las Filipinas, cumpliendo su palabra.

La tragedia que ha vivido el estado de Tabasco por las inundaciones, fue el motivo de que López Obrador de repente cancelara la gira que llevaba a cabo por Nayarit. Dispuso que fuera por él, un avión de la armada de México para llevarlo a su estado natal. En Villahermosa fue recibido por el gobernador de esa entidad, donde le informaron con amplitud de la catástrofe causada por el agua.

No hizo absolutamente ningún intento, por caminar a pie en las calles, que si podía caminar a pesar del agua. Este gesto era básicamente para que la población lo viera y sintiera una especie de visita solidaria, que les hubiera dicho algunas palabras de aliento; como diciendo: vuelvo con ustedes paisanos, no me importa mojarme los pies y la ropa; pero vuelvo a esta mi patria chica a ver que podemos hacer entre todos y, ahora que toca la suerte de que un nativo de esta tierra; es presidente de México, vengo a decirles que cuenten con mi apoyo decidido, queridos paisanos.

Pero no, no fue así, no quiso mojarse ni quiso dejarse ver por la gente; sobrevoló en helicóptero algunas zonas y de plano no se dejó ver por el pueblo en la calle.

McArthur volvió a Las Filipinas como héroe, de inmediato inició a liberar del yugo japonés a los cientos de islas  que componen el archipiélago. López Obrador volvió a su tierra pero a regar el tepache; volvió con miedo, como apestado, con la cola entre las patas. Por ningún motivo tuvo deseos de compartir con la gente.

Una diputada de izquierda, como López Obrador, trató de abordarlo y no lo permitió. Muy sentida la diputada le mando decir: es la primera vez que siento vergüenza por alguien que he votado. Recriminando al presidente la falta de ayuda y el abandono en que tiene a sus paisanos que tanto lo apoyaron.

López Obrador es un presidente ingrato, mal agradecido, insensible; desbarató el Fonden, el fondo para desastres, que funcionaba. Ahora que se acabó el dinero, por decirlo menos, en tonterías. Pues ya no haya de donde sacar más recursos.

El presidente volvió a su tierra, no como McArthur triunfante. López Obrador volvió, haciéndose del delito, con temor a que su propia gente le gritara en su cara, lo inepto que es; que le quedó grande el saco, que este país no merece a un mal dirigente, a un pequeño mental.

Por algunos años, no hace tanto tiempo, México estaba entre las 8 mayores economías del mundo; hace unos días, el organismo que mide la riqueza de los países, nos degradó y nos colocó en el lugar número 16. Que más evidencia de que este presidente no sirve y, no es culpa de la pandemia; puesto que la pandemia es mundial. La culpa es de la incapacidad del presidente.