TONALTEPETL

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Por: Gustavo L. Solórzano

«Medita hasta que desaparezca cada reproche y cada odio, y la compasión y el amor inunden tu corazón como un pozo de agua fresca. Haz votos para trabajar por el despertar y la reconciliación de la forma más silenciosa y sin pretensiones posibles”. Thich Nhat Hahn

Arrodillarse ante la Pachamama, Gaia, Tonantzin, la tierra que es nuestra madre, no es un signo de sumisión sino más bien un signo de respeto y así lo han hecho durante miles de años nuestros ancestros. Se abandona uno cuando se arrodilla olvidándose de sí mismo y entregando su corazón a la única verdad que existe en este mundo, que es aquella que sustenta todo lo que existe, que mora dentro de uno y que mora en todo lo demás. Es un acto que cualquier tradición o camino con corazón auténtico, siempre se ha llevado a cabo. He visto inclinarse y arrodillarse tanto a los seguidores del Sufismo, como a los monjes Zen o algunos seguidores del Advaita Vedanta, los cuales considero caminos serios hacia la esencia del ser. Al hacer esto es también una forma de dejar el ego a un lado, al ego no le gusta inclinarse o sentirse inferior ante nada ni ante nadie.

Este tipo de gestos nos ayudan a liberarnos de la pesada carga de la auto importancia. También nos recuerda de dónde venimos y adónde vamos. Sin duda el ego es nuestro compañero permanente mientras estamos de paso por este plano material, un enemigo a vencer o una parte nuestra para mantener a raya.  Suele pasar que en la medida que las personas nos adentramos en el camino de la vida, analizamos más y más aquello que da o resta energía, ya que eso se vuelve una prioridad muy importante. Se toma conciencia del poco tiempo que se tiene y lo mucho que está pendiente todavía por hacer. Ese es un ejemplo del ego, se preocupa por los tiempos, cuando en realidad es de lo que menos  disponemos, nuestro paso por aquí es breve, así que necesitamos aprovecharlo de la mejor manera posible.

Mención aparte merecen los miembros de las grandes tribus que nos antecedieron, además de reverenciar a la madre tierra,  tenían la costumbre de hermanarse con el todo que les rodeaba, de tal manera que llamaban hermano al árbol, al tigre, etc. Pedían permiso para cortar un árbol siempre y cuando lo necesitaran y a la vez le pedían perdón por hacerlo. Vivian en completa armonía con la naturaleza y tomaban de ella solo lo necesario. Indudablemente eran otros tiempos y otras formas de vida, así funcionaban y lo tenían todo. Con un buen gobierno y sin religión, nuestros ancestros eran los verdaderos guardianes del planeta. Hoy nos hemos convertido en lo contrario, somos depredadores de la casa que tenemos prestada para nuestros hijos y nietos. Cara sin duda será la factura que habremos de pagar en caso de no despertar a nuestra realidad.

ABUELITAS:

Expreso mis condolencias a Marisol por la ausencia física de Víctor Manuel… Dios con nosotros. Es cuánto.

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