Partidos políticos se coaligan para ganar elecciones, no para deliberar las peticiones de la sociedad

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Por: Ángel Durán

Asistí por primera vez a una reunión con “analistas políticos”. La conversación giró en torno al sistema de partidos y los procesos electorales en México. 

Entre los invitados estuvo el exgobernador Fernando Moreno Peña, figura colimense con gran experiencia en la política tradicional (parafraseando sus palabras: la política es como es y no como uno quisiera que fuera) en el PRI nacional.

Su tesis fue clara: la política debe jugarse con las reglas de la realidad, no con anhelos personales. 

Una afirmación que, vista desde el derecho constitucional, merece ser confrontada. Porque la realidad, en este caso, es preocupante y con su dicho se confirma que la política tal cual, como se viene manejando desde hace décadas, sólo beneficia a los partidos políticos y no a la sociedad, ni tampoco a nuestro sistema democrático.

El sistema de partidos mexicano se ha convertido en una maquinaria diseñada para ganar elecciones. No para construir democracia deliberativa. La diferencia no es poca: es estructural.

Los artículos 39, 40 y 41 de la Constitución son explícitos. Los partidos políticos son entidades de interés público, intermediarios entre el pueblo y quienes ejercen el poder. Su función constitucional es seleccionar a las mejores candidaturas para representar a la sociedad. No a los más leales al partidismo.

Sin embargo, la práctica contradice la norma.

Los partidos eligen candidaturas que garantizan disciplina interna, no representatividad social. 

Y por qué sucede esto sencillamente, porque la sociedad no exige a los partidos que hagan lo que les corresponde, de acuerdo a lo que dice la Constitución. 

Existe un voto duro que sostiene a las cúpulas partidistas sin obligarlas a rendir cuentas y menos preocuparse por lo que se dicen de ellos en las redes sociales, porque saben que la sociedad no actúa, sólo nos quejamos. 

Esa apatía retroalimenta el problema: si nadie exige a los partidos, poco beneficio habrá para la sociedad. 

Este fenómeno no es exclusivo de México. América Latina entera atraviesa un proceso de erosión de confianza hacia los partidos políticos. Las encuestas regionales y globales documentan, década tras década, un debilitamiento sostenido de la legitimidad democrática. México no es la excepción; es parte de la tendencia.

Hoy, la estrategia dominante entre la oposición mexicana se resume en una consigna: “todos contra Morena”. El objetivo es construir alianzas para arrebatar el control del Congreso de la Unión. Una apuesta legítima en términos electorales pero ausente de sociedad.

En las conversaciones entre partidos e instituciones se discuten coaliciones, candidaturas ganadoras, correlaciones de fuerza. Rara vez aparece la pregunta esencial: y ¿qué quiere la sociedad? ¿ Cómo podemos garantizar la paz social, trabajo, salud, consolidación de las instituciones? 

Pero ahí no está el debate entre candidatos, partidos políticos y organizaciones afines, ¡no! solo están haciendo estrategias para ganar el proceso electoral. 

Insisto; es legítimo en un estado democrático realista como dice el ex Gobernador, Fernando Moreno, Peña, pero este estilo de política alejado de un país democrático en progreso, se sigue así, entonces no cambiaríamos y no progresaremos como país; es importante cambiar de método partidista para fortalecer el sistema político y esto solamente lo vamos a ver cuando la sociedad percibe que su actuación (los partido) es defender los derechos que tiene la Constitución para toda la población, sin distingo de ideologías, religión o pensamiento político, desgraciadamente eso no existe en los idearios políticos de los partidos y no está en el debate de este proceso Electoral que apenas va a Empezar: Aquí está el punto crítico.

Cuando un partido político —o el sistema de partidos en su conjunto— juega exclusivamente para ganar, sin incorporar con seriedad las exigencias sociales, deja de cumplir su función constitucional. Se transforma en otra cosa: oligarquías. La Constitución no protege oligarquías disfrazadas de partidos.

Y si las alianzas se construyen solo para sumar votos, sin exigir legitimidad ni honestidad a las candidaturas, el resultado es previsible: procesos electorales formalmente válidos, pero sustancialmente vacíos de representación.

Esto explica por qué México vive una democracia híbrida; procedimentalmente funcional, pero sustantivamente débil; véase la crítica internacional, así está considerado en estudios de organismos externos que miden la democracia de los países: México tiene una democracia débil o híbrida, eso es lo que dicen y así califican a nuestro sistema. 

Esta calificación no es nueva, tiene cuando menos del año 2000 para acá. Si sabemos el problema entonces ¿por qué no lo atajamos? quieres ver los datos, observa estos estudios https://www.revistas.unam.mx/index.php/rep/article/download/88529/77665/271915#7%234 

Los partidos y el sistema político lo sabe. ¿Quién hace falta que lo sepa? “La ciudadanía” por eso una invitación a ver la causa del problema, pero esto solamente lo puede ver en este momento “La sociedad” 

El día que la sociedad quiera y nos demos cuenta del problema, nos documentaremos y entonces podremos exigir al sistema de partidos, que cambie su estilo de hacer política, ellos no van a empezar el cambio o cuando menos, va a ser más lento; somos la sociedad que tenemos que empezar.

El derecho a la democracia plena no es una aspiración retórica o cuando menos no lo debemos ver así, la democracia es un derechos que tenemos todos y está en la Constitución federal y en los ordenamientos locales, entonces porque no se nos respeta, también la Constitución dice cuáles son los fines de los partidos, pero no los cumplen y nos faculta a la sociedad que si no actúan democráticamente es la sociedad la que tiene que exigir; entonces depende de nosotro como socieda y principalmente la ciudadanía la que debemos exigirle pero unidos; hasta entonces si lo hacemos, el sistema de partidos empezará a organizar procesos electorales con candidatos que se identifiquen con el pueblo y solo hasta entonces nuestro sistema democrática cambiará. 

Moreno Peña tiene razón en algo: no se gobierna con anhelos personales y enfatiza “La realidad política mexicana es la que es, no la que quisiéramos”. Sí, eso es lo que impera, porque la sociedad no actúa, pero que no se le olvide al sistema de partidos; una cosa es el anhelo personal y otra el anhelo social y éste es el que hay que defender y exigir.

Porque gobernar exclusivamente con la realidad, sin incorporar las aspiraciones legítimas de la sociedad, también es un error.

El reto no consiste en elegir entre realismo político e idealismo democrático. Es necesario combinarlos. Reconocer las reglas del juego actual, sin renunciar a exigir que esas reglas se transformen hacia una verdadera inclusión social.

Mientras los partidos sigan discutiendo entre ellos cómo ganar, y la sociedad continúe ausente de esa conversación, seguiremos hablando de elecciones sin hablar de democracia.

Y es que el verdadero político de Estado, es aquel que comprende la realidad, sin renunciar a los principios democráticos; que ejerce el poder con realismo, pero guiado siempre por la justicia, la libertad y la dignidad humana; que convierte la confianza ciudadana en responsabilidad pública y hace del interés colectivo, la medida de cada una de sus decisiones. 

Eso es lo que me hubiese gustado escuchar del ex gobernador Moreno Peña, ya habrá oportunidad de preguntarse en una nueva ocasión y me gustaría también escuchar de todo político.

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*Las opiniones expresadas en este texto de opinión, son responsabilidad exclusiva del autor y no son atribuibles a CN COLIMANOTICIAS.