Por: Jonás Larios Deniz*
Es casi seguro que al acudir a una fiesta donde haya música viva, sea boda, bautizo, posada u otros festejos sociales presenciemos burlas a quienes son diferentes: homosexuales, gente con sobrepeso, hombres que ayudan en el hogar (“mandilones” les dicen), mujeres que exigen igualdad en el hogar, discapacitados, etc. El momento del show en que la burla se hace presente es cuando el vocalista interpreta un tema de Juan Gabriel, que aunque es un personaje trascendente, querido y respetado de la cultura popular mexicana de nuestros tiempos, termina siendo burlado e identificado como el más grande maricón de México. Las palabras son mías, pero, créanme que cada vez es más difícil asistir a estas fiestas y tolerar semejantes faltas de respeto. Cabe decir que a estas fiestas acuden niñas, niños y adolescentes a “divertirse” a través de las prácticas discriminatorias que los adultos les proponemos.
De acuerdo con la Encuesta Nacional sobre Discriminación en México 2010 realizada por el Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación (CONAPRED), las personas son medianamente tolerantes con las personas con discapacidad, de otra religión, de otra raza, de una cultura distinta, extranjeras y con ideas políticas distintas a las suyas; no obstante, la mayoría no estarían dispuestos a permitir que en su casa vivieran personas con VIH/Sida, homosexuales o lesbianas. ¿Cómo, dónde y cuándo aprendimos a odiar a los diferentes? ¿Cómo, dónde y cuándo podemos aprendemos a respetar a los diferentes? Las preguntas son importantes si consideramos que todas y todos somos diferentes.
En días pasados el Congreso del Estado de Colima aprobó declarar el 17 de mayo de cada año, día estatal de la lucha contra la homofobia. Lo anterior en consonancia con la Organización de las Naciones Unidas que desde 2004 estableció ese día como Día Internacional contra la Homofobia y la Transfobia en conmemoración del 17 de mayo de 1990, fecha en la que la Organización Mundial de la Salud (OMS) eliminó la homosexualidad de su lista de enfermedades mentales. Al respecto el Gobierno del Estado de Colima a través de SEDESCOL y su Programa Inclusión y Desarrollo Humano ha venido aglutinando los esfuerzos de las instituciones y organizaciones no gubernamentales que investigan, capacitan, gestionan e intervienen para lograr el respeto a las personas con orientación sexual diferente a la heterosexual. Los resultados son visibles, generando un movimiento por la educación para el respeto que, aunque no se ha consolidado se mantiene constante y pujante.
En lo personal, me preocupan las niñas y niños homosexuales o con manifestaciones que según la cultura machista no corresponden a las de un “hombrecito” o una “mujercita”. Mi preocupación radica en el silencio de los adultos frente a esta situación o la negación violenta a través de sanciones y castigos que denigran al infante y los hunden en una profunda soledad. Angelo, conocido fonomímico colimense, imitador de artistas nos cuenta “a mí se me echaba de ver desde chiquita, lo torcidita, lo bonita…”, pero fue hasta los quince años que se decidió a hablar con sus papás. Si la sociedad asume que sólo hay homosexuales adultos, seguirá condenando a muchas niñas y niños a vivir en la vergüenza de no ser y no saber vivir como heterosexuales.
Muchas de las niñas y niños con rasgos homosexuales son agredidos en su infancia por los padres, hermanos, primos, vecinos, compañeros de escuela, profesores, conocidos y desconocidos; casi siempre con el afán de “corregir” los amaneramientos en los niños y las marimachadas de las niñas, denostando su pensamiento ingenuo y su sensibilidad natural. Y así transcurre la infancia de estas niñas y niños, sin amparo, sin información, sin cariño, sin protección contra los ataques homofóbicos.
En mi opinión se debe aceptar que la homosexualidad infantil existe, y trabajar en ello.
*Profesor-investigador de la Universidad de Colima

