Los titulares de los tres Poderes de la Unión se reunieron para honrar a quien los senadores consideraron el hombre ilustre del año: el poeta y lingüista Ernesto de la Peña Muñoz, quien ayer recibió postmórtem la Medalla de Honor Belisario Domínguez.
Jaime Labastida Ochoa, director de la Academia Mexicana de la Lengua, y quien habló a nombre del filósofo y ensayista no dudó en hacer una sutil crítica a los años en el que la entrega de la medalla se ha politizado. La presea a De la Peña —dijo— demuestra que “no todo está podrido en el Estado”, frase de Hamlet que retumbó en los muros vacíos desde que se construyó la nueva sede de Reforma.
“Es imposible —me dije, una vez más— que esa Medalla le sea otorgada a un humanista como Ernesto de la Peña, un hombre, que por si lo anterior fuera poco, parecía inmune a los dictados de la política activa que le placía encerrarse entre libros, estudiar manuscritos, escarbar en lenguas antiguas. (…) Quise entender la razón, examinar la causa de este hecho insólito para mí, sé que en otras ocasiones el Senado de la República ha distinguido la tarea de los intelectuales que contribuyeron con su pensamiento y acción a resolver los graves asuntos de la república, pero no es el caso de Ernesto de la Peña”, expresó.
En la comisión encargada de elegir al galardonado se evaluaron, entre otros, los nombres del senador Alonso Lujambio, quien murió de cáncer, a propuesta impulsada por la bancada del PAN, y el de Jorge Carpizo, también fallecido recientemente, planteado por el PRI.
Ernesto de la Peña leía lo que pocos pueden presumir: lenguas muertas; amaba el silencio de su biblioteca, era agnóstico, “acudía a votar tal vez sin demasiado entusiasmo y pagaba sus obligaciones fiscales de modo puntual”; siempre fue “enemigo de estridencias”, recordó Labastida.
La viuda de De la Peña, María Luisa Tavernier, recibió del presidente del Senado, Ernesto Cordero Arroyo (PAN), el diploma y la medalla postmórtem. Sin embargo, el panista entregó las distinciones al revés de como se entregan habitualmente para efectos de la fotografía oficial.
A la ceremonia no faltó el empresario Carlos Slim, profundo admirador del poeta galardonado, quien dijo que De la Peña “fue un sabio”, y consideró que “se antoja más que sean en vida estos reconocimientos”.
En el presidium, ocuparon un escaño el Primer Mandatario y el presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, Juan Silva Meza, ambos tuvieron un gesto solemne, no hubo intercambio de palabras.
Por primera vez, la epístola de Belisario Domínguez fue leída por un legislador perredista; la senadora Iris Vianey, quien desnudó sus nervios con algunos tropiezos en su lectura, acentuados quizá por su voz aguda.





