LA POLÍTICA ES PARA SERVIR (Con los expedientes penales de exfuncionarios, se glorifica la impunidad y se engaña a todos)

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TAREA PÚBLICA

Por: Carlos Orozco Galeana.

La política es una de las tareas humanas más nobles e importantes porque de su orientación y funcionamiento depende el destino de millones de personas. En palabras de Hannah Arendt, la política supone el interés por los otros y es cuidado de su existencia, una existencia que mira al bien común, público o general. O en palabras, de un obispo latinoamericano: política que no es servicio es corrupción. Ambas definiciones aclaran tácitamente que esa actividad implica para quienes la ejercen la posesión de un espíritu comunitario, un compromiso social íntegro, pureza de corazón.   Significa que el que sirve debe situarse en el último peldaño de importancia para ser el primero entre los demás, en el Reino de Dios, de acuerdo a la doctrina cristiana que, en este tema, tiene bastante claridad.

Por eso, todo ser humano responsable está llamado a implicarse en este ámbito, donde se juega el presente y el futuro de la sociedad pues el no hacerlo supone renunciar a influir en el cambio social. Por ello, cuando todo pinta mal, la fe debe «meterse en política», no para manipularla ni para dejarse llevar por los intereses del poder del momento, sino para asumirla como “tarea de construcción humana”, planteó José María Mardones, famoso filósofo español en una de sus obras ( Recuperar la Justicia, pág 72 . Ed. Sal Terrae). Esa aspiración ha de pasar por la promoción de la justicia, la solidaridad, los derechos humanos, valores que son inherentes a la política.

Para Mardones, con la política y los políticos se está viviendo hoy una crisis de credibilidad no solo en España sino el mundo. Se pregunta: ¿No será porque muchos -creyentes y no creyentes- han abdicado de sus responsabilidades como ciudadanos? ¿O será que la política y sus cauces se han vuelto más complejos y necesitados de reflexión, empeño y transformación?

Ahora mismo, en nuestro país está ausente la credibilidad en la actuación de infinidad de personas dedicadas a la política, hay una tendencia a fingir preocupación por los demás y a esconder muy bien las ambiciones a base de mentiras y simulaciones imperceptibles para la mayoría, sobre todo para las personas de instrucción baja o que no leen. Por ejemplo, se ha perdido el respeto a los principios en todas las organizaciones partidistas y el chapulineo es cosa de todos los días. Los políticos declaran contra un partido por la mañana, pero en la tarde se alían a él poniéndose en contra del que los cobijaba horas antes.

Es decir, la práctica política, desprovista de ética como es la de hoy en numerosos entornos, perdió todo vestigio de profesionalidad, se disipó en la penumbra de los intereses mundanos, en las ambiciones de todos aquellos que para alcanzar un fin no les importa usar los medios necesarios por ruines que sean.

La política se sigue presentando como un negocio jugoso, como lugar peligroso, arbitrario y sucio; los jóvenes y muchos ciudadanos se desenganchan de la política de partidos como un acto de limpieza moral y les parece una noción borrosa la mención del bien común. ¿ Del bien de quien? ¿ Yo, preocupado por los demás, yo guardia de mi hermano?

Y es que al frente de las organizaciones políticas y en las cámaras legislativas, donde deben cocinarse los cambios sociales en teoría, deambulan personajes de baja calaña. Cierto, hay gente muy valiosa en tales espacios, los pocos, pero a cambio subsiste la participación de gente sin compromiso, lista a levantar el dedo a la primera instrucción de los de arriba, de los que si saben, de los que arrastran el lápiz, tienen más experiencia e ideas y son serviles con los más poderosos. Son los que están lejos de comprender lo valioso del lugar que pisan, son los que solo cobran puntualmente sus quincenas y no regresan jamás con sus electores.

Pienso que debe rescatarse la política de la simulación y la mentira, mucho puede hacerse desde la academia donde deben florecer virtudes o desde la educación religiosa que pacifica el espíritu y nos hace comunidad; debe impulsarse el conocimiento a profundidad de la ética como garantía de que la política no se volverá traidora y, quienes dirigen las instituciones, para proyectar generosidad, tienen que predicar con el ejemplo.

De momento, se desprenden lecciones desafortunadas de la clase política mexicana, convertida en estercolero. En las alturas del poder, ensimismados sus dueños en prolongar su dominio para satisfacer su ego radiante, se sigue mintiendo diciendo que se actúa con justicia en diversos casos ( Ayotzinapa, Lozoya, Zenón, Karime, Murillo Karam ) cuando la verdad es que se glorifica la impunidad y se engaña a todos.

Requerimos política que mire hacia el bien para fundamentar un cambio real, para alimentar la perspectiva de una vida mejor. Si los políticos profesionales de los partidos o los que están fuera de ellos y vinculados de algún modo a la escena política no se quieren ir del sitio privilegiado que ocupan, hay que invitarlos por la buena a que lo hagan, y si no pues su militancia o los ciudadanos pueden actuar. Pero que no se anulen las posibilidades de avanzar por nuevos caminos. El cambio verdadero no puede esperar más.