Por: Francisco José Yáñez Centeno y Arvizu
Hablar del Instituto Nacional Electoral (INE) es hablar de una de las transformaciones institucionales más profundas y exitosas de la historia moderna de México. Su historia no es la de un ente estático, sino la de una evolución constante que nació desde las entrañas del propio gobierno para convertirse, con el tiempo, en un árbitro autónomo, ciudadano y fundamental para la vida democrática del país. Hoy, a pesar de los escándalos de corrupción y los excesos que han manchado su reputación en los últimos tiempos, mi convicción es firme: el INE sigue siendo un instrumento noble, indispensable y, sobre todo, ciudadano.
Para entender su grandeza actual, hay que recordar su origen. Durante décadas, la organización de las elecciones en México estuvo a cargo de secretarías de Estado dependientes del Poder Ejecutivo. Era el gobierno el que calificaba sus propias elecciones, un modelo que sembró desconfianza y abrió la puerta a fraudes históricos. Fue a finales del siglo XX, tras una larga lucha de la sociedad civil por elecciones limpias, cuando se dio el gran salto. Se creó el Instituto Federal Electoral (IFE) y, años más tarde, con la reforma de 2014, este se transformó en el INE. El cambio no fue solo de nombre, sino de naturaleza: se le dotó de autonomía constitucional, se le encargó la organización de todos los comicios del país y se le dio una estructura única en el mundo, donde la ciudadanía, y no los partidos políticos, ocupa las presidencias de sus consejos.
A lo largo de su evolución, el INE ha sido el pilar que ha permitido la alternancia política y la construcción de una democracia que, aunque imperfecta, es hoy una realidad innegable. Ha sido el garante del voto libre y secreto, el constructor del padrón electoral más grande de América Latina y el arquitecto de un sistema de credencialización que otorga identidad jurídica a millones de mexicanos. Sin el INE, la vida pública del país sería un caos de impugnaciones sin árbitro y de comicios secuestrados por intereses particulares. Esa es su esencia noble: ser el escudo institucional que protege la voluntad popular.
Sin embargo, sería un ejercicio de ceguera y soberbia ignorar las sombras que lo acechan. Últimamente, el instituto ha sido sacudido por escándalos de corrupción, presuntos desvíos de recursos, nepotismo y un dispendio presupuestal que ha indignado a la opinión pública. Estas manchas han alimentado el discurso de quienes buscan desmantelarlo o debilitarlo, presentándolo como una burocracia dorada y alejada de la gente. Y tienen razón en señalarlo. La corrupción en cualquier institución es inaceptable, y el INE no debe ser la excepción. Quienes lo defendemos desde la trinchera ciudadana debemos exigir que se limpien esas manchas con la misma firmeza con la que defendemos su autonomía.
Pero una cosa es criticar sus excesos y otra muy distinta es condenar su existencia. No debemos confundir la podredumbre de algunos de sus funcionarios con la nobleza de la institución misma. El INE no es una persona ni un grupo de burócratas; es un mecanismo colectivo que pertenece a la ciudadanía. Es el espacio donde millones de mexicanos, desde los ciudadanos que integran las casillas hasta los capacitadores, hacen posible que la democracia funcione.
Lo que hoy vemos es una paradoja: un órgano autónomo que, a pesar de sus fallas humanas, sigue siendo la única garantía de que el próximo gobierno no se impondrá por la fuerza ni por el fraude, sino por la decisión mayoritaria en las urnas. El INE ha evolucionado de ser un apéndice del poder a convertirse en el guardián de la soberanía popular, y esa evolución es un logro que nos pertenece a todos.
La crítica legítima y la exigencia de transparencia deben ser el motor para mejorarlo, no el pretexto para destruirlo. Un INE sin ciudadanía es un INE muerto, pero un INE sin autocrítica y sin rendición de cuentas es un INE ciego. La tarea pendiente de cara a las elecciones del próximo año, es fortalecerlo, rescatarlo de sus propios demonios. Porque en tiempos de incertidumbre y desencanto, México necesita más que nunca un árbitro que, aunque imperfecto y golpeado, siga siendo un instrumento ciudadano, noble y profundamente democrático.
*Las opiniones expresadas en este texto de opinión, son responsabilidad exclusiva del autor y no son atribuibles a CN COLIMANOTICIAS.






