Por: Rogelio Camarillo Carrillo
Colima, creo en ti
como en el vértice de un juramento.
Tú hueles a tierra volcánica y a sal marina,
y sin embargo ríes con la risa de tus pueblos,
acaso porque sabes que la alegría
es la envoltura de un dolor callado.
Hoy, cuando tantos miran solo las cifras que lastiman y los titulares que hieren, yo elijo volver al credo antiguo y hacerlo nuestro. México, creo en ti, dijo el Vate López Méndez en 1940. Y yo, hijo de esta tierra pequeña y poderosa, digo con la misma fuerza: *Colima, creo en ti*.
Creo en ti porque eres el único estado del país donde el volcán de fuego y el océano se miran de frente. Porque en menos de dos horas puedes pasar de las calles blancas de Comala, con su botana infinita y sus ponches de frutas, a las bahías de Manzanillo, capital del pez vela y puerto que mueve el comercio del Pacífico mexicano. Porque tus playas de Cuyutlán guardan todavía el secreto ancestral de la sal, y tus laderas del Nevado siguen ofreciendo café y sombra a quien sepa escucharlas.
Creo en ti no por lo que te falta, sino por lo que ya eres y por lo que todavía puedes ser. Creo en la gente que amanece temprano en Tecomán entre limonares y en los pescadores que salen antes del alba desde Santiago o La Boquita. Creo en los maestros de las escuelas públicas que, a pesar de todo, siguen sembrando letras y esperanza. Creo en los emprendedores que abren un café, una posada o un taller de artesanía sabiendo que el camino es empinado, pero caminándolo igual. Creo en las mujeres que sostienen familias y negocios con una resiliencia que no aparece en las estadísticas, pero que se siente en cada rincón del estado.
Creo en sus cronistas. Creo, de manera especial, en quienes como el Maestro Abelardo Ahumada recrean la historia sin más motivación que recuperar la memoria del pasado para los que están y para los que vienen. Esos hombres y mujeres que, con paciencia y amor por la tierra, rescatan nombres, fechas, anécdotas y rostros que de otro modo se perderían en el olvido. Ellos no escriben por vanidad ni por reconocimiento inmediato: escriben para que Colima no se olvide de sí misma. Creo en quienes promueven la cultura y la lectura en comunidades, colonias, cárceles y hospitales, y en quienes tienen la generosidad de reconocer en vida a aquellos que han dado lo mejor por nuestro estado.
No soy ciego. Sé de la inseguridad que ha marcado años difíciles. Sé de los huracanes que golpean la costa, de los temblores que prueban la firmeza de nuestras construcciones y de nuestra voluntad. Sé de la migración de jóvenes que se van buscando horizontes más amplios y de la tentación de mirar solo lo que duele. Pero precisamente por eso creo. Porque creer no es negar la herida: es decidir que la herida no tendrá la última palabra.
Creer en Colima es dejar de hablar de “el estado más pequeño” como si fuera una limitación y empezar a verlo como una ventaja. Es entender que nuestra escala nos permite conocernos, organizarnos y transformarnos más rápido que en las grandes urbes. Es apostar por el turismo de naturaleza y de experiencias auténticas, por la agricultura de alto valor, por el puerto como puerta al mundo y por la cultura como identidad que no se vende barata. Es defender la limpieza de nuestras plazas, la seguridad de nuestras calles y la dignidad de nuestro trabajo diario.
Colima, creo en ti porque te llevo dentro de la misma manera en que el poema clásico dice que México se parece al alma: existe, aunque a veces no se vea del todo. Te siento en el olor a tierra mojada después de la lluvia, en el sonido de las olas en Miramar, en la vista del Volcán de Fuego al atardecer desde cualquier punto de la capital. Te siento en la forma en que un colimense se presenta fuera del estado: con orgullo discreto, como quien sabe que carga algo valioso y no necesita gritarlo.
Creer en ti es un acto cotidiano. Es pagar impuestos y exigir que se usen bien. Es cuidar el espacio público como si fuera la sala de nuestra casa. Es apoyar al comercio local antes de buscar siempre lo de fuera. Es educar a los hijos en el respeto y en la responsabilidad. Es no permitir que el cinismo se convierta en la única voz autorizada. Es, sobre todo, dejar de esperar que “alguien” resuelva todo y empezar a construir desde donde cada uno está parado.
México necesita estados que crean en sí mismos. Necesita ejemplos de que es posible vivir con dignidad, con belleza y con ambición en un territorio limitado. Colima puede ser uno de esos ejemplos. No porque seamos perfectos, sino porque somos capaces de reconocernos, de corregirnos y de seguir adelante.
Por eso, hoy y siempre,
Colima, creo en ti.
En tu gente limpia y trabajadora,
en tu tierra fértil y tu mar generoso,
en tu capacidad de renacer después de cada golpe.
Creo en ti porque al creerte me vuelvo mejor.
Y porque un pueblo que se cree a sí mismo
es un pueblo que ya empezó a ganar.
*Las opiniones expresadas en este texto de opinión, son responsabilidad exclusiva del autor y no son atribuibles a CN COLIMANOTICIAS.






