Alan Cleland el Surfista Colimense que está cambiando el surfing mexicano

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CN COLIMANOTICIAS

Colima, Col.- En un pueblo del Pacífico mexicano, existe un hombre que domina el océano. Alan Cleland es una atleta olímpico, habitante de muchos mundos y erudito del saber marino, el impacto de surfista en el deporte mexicano y en su comunidad es algo histórico.

Enmarcado por banderas rojas y salvavidas que advierten no meterse más allá de la cintura, la mejor manera de describir el mar en el poblado de Pascuales, Colima, es evocando una batalla de dimensiones mitológicas. A la orilla del mar, resacas enemigas se estrellan violentamente, despedazándose una a la otra. Desde la playa, el frío viento asedia el campo de batalla, lanzando proyectiles de manera indiscriminada en amigos y enemigos. Entre la destrucción, corrientes furtivas y traicioneras emergen, arrastrando a cualquier guerrero desprevenido a lo más profundo de su guarida. Repentinamente, un rugido ensordecedor aturde hasta al combatiente más experimentado, anunciando de manera explosiva al rival más temido: las olas.

En un ataque coordinado, una tras otra, las olas aparecen casi como por arte de magia, ocultas por vestiduras azules y verdes que tienden una emboscada perfecta, golpeando sin piedad todo a su paso. En segundos, la furia de Poseidón se materializa y transforma ondas diminutas en monstruos marinos gigantes, triplicando y cuadruplicando su tamaño sobre el horizonte, oscureciendo el cielo hasta que el día parezca la noche. Con desdén hasta de su propia existencia, cada una ataca desde las alturas y se arroja en picada con odio e indiferencia, dispuesta a desaparecer en segundos de la faz de la tierra con tal de llevarse algo o a alguien consigo.

Desde la arena negra, seguramente quemada por el ardor de la batalla, observo la masacre. Estoy petrificado. En todo el mar no hay un mililitro de agua que esté a salvo del asalto de estos seres terribles. Mientras recolecto los fragmentos de la escena, algo incomprensible atrapa mi mirada: entre la constante destrucción, un mortal aspira a derrotar al Dios de los mares. Armado sólo con un escudo que sirve también de balsa, este hombre navega los surcos de la batalla y se abre paso ágilmente hacia su adversario.

Evocando mitos pasados, el viento y las corrientes se unen a su causa. Se alían como lo hicieron los Cíclopes con Zeus en su lucha contra los Titanes. Con destreza, el campeón improbable esquiva una serie de ataques del tridente del enemigo, impulsado por las corrientes mientras se sumerge bajo estocadas líquidas. Encolerizado, Poseidón concentra su rabia, conjurando una montaña acuática de proporciones míticas, tan alta como el Olimpo mismo. Sin lanzas ni espadas, el extraño héroe golpea, araña y patea la cumbre de este macizo. Exasperado, el adversario divino lanza un contraataque letal, desplomando la cara más empinada del gigante de agua para arrojar al alpinista al vacío. De un solo movimiento, el guerrero recula, montándose sobre su afilada arma y cortando limpiamente el cuerpo expuesto de su antagonista.

Desde lo alto, curvas punzantes rasgan la masa de agua salada, burlando zarpazos y adelantando la avalancha que busca derribar a quien le monta. Desesperada y herida, la ola extiende una última ofensiva, reuniendo toda su fuerza para lanzarse hacia adelante y devorar a su agresor. Lo que una vez fue montaña se convierte en caverna, encerrando en su interior al ser humano que osó desafiar al Dios de los mares, estrangulando en las profundidades cualquier esperanza de victoria.

Un suspiro desanimado escapa de mi ser, mientras el colapso violento de la caverna confirma el destino insalvable que caracteriza a tantos relatos mitológicos. Al bajar la mirada para lamentar la pérdida de nuestro héroe, un alarido de otro espectador me alerta de nuevo. Entre la espuma y el estruendo de la implosión del monstruo, el guerrero irrumpe victorioso sobre el campo de batalla, revelando que, en realidad, la fortuna siempre estuvo de su lado.

Cleland, el héroe

Alan Cleland llevando una medalla sobre su cuello
Si logra trazar un camino para que otros jóvenes costeños puedan cumplir sus sueños, habrá alcanzado el reconocimiento más valioso.Iago A. Valencia

De estatura media, complexión fornida y cabellos dorados, Alan George Cleland Jr. continuó con su asedio al mar durante toda la mañana, desapareciendo innumerables veces en la tiranía del agua salada y reapareciendo victorioso en cada ocasión. Futuro atleta de París 2024, el carácter olímpico de este joven de 21 años se deja ver cada vez que surfea, desafiando abiertamente a Poseidón y combatiendo el océano cada día. A pesar de no ser el único atleta que porta esta distinción, su nombramiento es particularmente célebre: tras un año lleno de actos notables, entre los que destacan dos apariciones protagónicas en videos de la marca internacional Quiksilver, lograr clasificar al Challenger Series 2024 —la liga de ascenso del Championship Tour de la World Surf League, equivalente a la Premier League en el universo del futbol—, y haberse consagrado como el campeón mundial de este deporte en los ISA World Surfing Games de 2023, Alan Cleland es el primer mexicano en la historia en clasificar a la justa olímpica en el surf, asegurando una de las 24 plazas disponibles para todo el mundo.

Cuando por fin sale del océano, cinco horas después de haber entrado, el mar se nota diferente, como si se supiera derrotado y hubiera perdido fuerza para arrojar esos enormes tubos —cuando la ola se enrolla— que invadían la mañana. “Ya le está pegando mucho el viento”, me comparte Alan, cuya presencia es quizás más interesante en tierra que en el agua. Güero —güerísimo—, sus cejas y pestañas rubias enmarcan un par de ojos verdes profundos, del mismo tono jade que el interior de las cavernas que surfeaba instantes atrás. Todo de plata, dos cadenas, dos arracadas y dos anillos adornan su armadura de piel color marfil, cuya apariencia enrojecida prolonga aún más las imágenes de carácter mítico. Una mirada detallada revela versos de epopeyas previas transcritos en su cuerpo, trazados en kanjis de carne de un idioma perdido que únicamente entienden los mejores guerreros marinos: una marca entre sus ojos que simboliza su enfrentamiento con Pipeline, en Hawái; o aquella huella en su espalda que habla sobre su riña con Teahupo’o, en Tahití. Por cada ola, una cicatriz y una historia.

Su casa en Boca de Pascuales —el nombre completo— es igual de colorida y pintoresca que él. Cubiertas por palmeras y cocos, dos palapas monumentales flanquean la primera vivienda de este pueblo en el que Alan y su papá, Alan Sr., pasan los días que no están compitiendo por el mundo. Disfrutan particularmente de los veranos y las olas gigantes que llegan con las tormentas de invierno del hemisferio sur. Debajo de una de las palapas, una plancha de concreto sirve como skatepark para los niños del pueblo, quienes aprovechan las tardes para acorralar al campeón mundial y obligarlo a que les enseñe nuevos trucos.

Alan Cleland con niños dando clases de surf
En México ser surfista profesional es básicamente un sueño guajiro.Iago A. Valencia

Bajo la otra palma, una estructura de observación de tres niveles reúne hamacas y tapetes de yoga, asegurando la relajación continua de quien esté encargado de vigilar las olas. A un costado, una casa blanca sirve de galería, con una espléndida exposición permanente que decora el interior y que exhibe la vida de Alan en una línea del tiempo de tablas de surf, con suficiente obra para llenar una sala del Louvre parisino, y con piezas selectas que acentúan la muestra, como aquella tabla, la primera, que tuvo a los dos años; o esa otra con la que se metió a un tubo de más de 4.5 metros unos veranos atrás; y también está la que usó para ganar el mundial el año pasado. La curaduría es atrevida: yuxtapuesta con cada obra, un conjunto de objetos ordinarios confronta a los asistentes, utilizando zapatos, montañas de ropa, sillas, armarios, camas, una alberca y hasta una cocina completamente funcional para presentar cada pieza, en un proceso que deconstruye la noción del ready made y que probablemente enorgullecería al artista italiano Mauricio Catalán.

Llegada la tarde, terminando la última visita guiada de su colección, Alan opta por una pieza diferente para el segundo performance del día. Inclinándose más hacia el aspecto funcional que el estético, el joven surfista prepara una tabla más corta para la sunset sesh, dejándome saber que el viento “está bastante bueno para aéreos”. Casi 10 minutos después, su silueta queda encuadrada perfectamente en el cielo anaranjado, confirmando su conocimiento de las condiciones mientras vuela por encima del horizonte con ligereza. La luz dorada suaviza cada despegue y aterrizaje, dando la impresión de que cada acrobacia suya está exenta de la fuerza de gravedad.

Lo que en la mañana evocaba una guerra contra las olas, por la tarde es más parecido a una danza en complicidad. Surfista y agua salada están perfectamente coordinados en un baile que olvida la conquista de y celebra la armonía con la naturaleza, sustituyendo la cólera de Aquiles por el amor eterno de Sigfrido y

Alan Cleland surfeando
Alan es tan mexicano como su pueblo.Iago A. Valencia

Odette. Con cada movimiento, hombre y mar se encuentran el uno con el otro, estableciendo un diálogo íntimo en el que se enganchan tabla y superficie, se enlazan mano y cresta, se funden agua y carne. Conforme el viento se calma y las olas se limpian, Alan Cleland parece uno mismo con el mar, perfectamente sincronizado con cada gota de agua a su alrededor. Por un instante, dentro de una cueva pintada de oro, alcanzan un estado de armonía absoluta en un acto que trasciende batallas o ballets.

En la costa, tras la puesta del sol y con unos tacos de asada en mano, Al o “Chango” —como le dicen los gringos de Pascuales y sus amigos, respectivamente— me cuenta sobre esa conexión que tiene con el mar. Me habla sobre un lugar en el que se encuentra a sí mismo y en el que, al surfear, estar consciente y estar presente suceden simultáneamente, dejando atrás todo lo que no se es en ese momento. Tras una pausa que revela mi confusión, el colimense vuelve a intentarlo: equipara la experiencia con el acto de leer un buen libro y cómo, tras leer un par de páginas, la historia deja de estar contenida en papel y comienza a sucederle a quien la disfruta, dejando atrás todo lo que el lector no es. “Es lo mismo: dentro del tubo estoy yo, solo, consciente de ese momento, dejándome llevar por la ola”, asegura, antes de pedir otro taco, esta vez con queso pero sin verduras.

Durante los siguientes días, conforme paso más tiempo con Alan Cleland y, por lo tanto, más tiempo en el mar de Pascuales, empiezo a comprender la profundidad del vínculo entre hombre y ola.

Alan Cleland dando clases de surf a niños
El joven costeño recomienda las mejores playas a la redonda al grupo de surfistas que llegó el día anterior desde CaliforniaIago A. Valencia

Desde que tiene memoria, su vida siempre ha ocurrido en el agua. A los dos años, cuando apenas había aprendido a caminar, su padre, también surfista profesional —incluso llegó a aparecer en la portada de la legendaria revista Surfer, uno de los mayores logros para cualquier practicante de este deporte—, determinó que ya contaba con el equilibrio suficiente y lo subió por primera vez a una tabla. A los seis, Al surfeaba en la orilla, evitando —no siempre con éxito— ser arrastrado por la corriente hacia la zona de impacto de las olas gigantes. En primaria, luego de utilizar el tiempo de clase para entender en qué punto surgían las olas con mejor forma y tras una racha de interminables suspensiones por surfear durante el recreo y regresar empapado al salón, convenció a su familia de optar por una educación en casa.

Ya en la adolescencia, el surfing de Cleland comenzó a captar la atención a nivel internacional, en parte por la facilidad con la que conquistaba las enormes olas de su playa. A los 16 años, al terminar el equivalente de secundaria, decidió, con el apoyo de su padre, abandonar sus estudios para perseguir su pasión. Un año más tarde consiguió el subcampeonato en la categoría sub 18 de los ISA World Surfing Games, misma competencia que lo vio coronarse campeón de la categoría absoluta tan sólo tres años después. Hoy, a pesar de vivir por el mundo —de una competencia en California a una filmación en la Isla Reunión, al este de Madagascar, y de ahí a otra competencia en Australia—, Alan intenta regresar cada verano para surfear en Pascuales, en donde confirma, sesión tras sesión, que tiene la mejor ola del mundo.

En el centro de todo

Alan Cleland surfeando
Entre cada sesión de surf, el día pasa despacio.Iago A. Valencia

Entre cada sesión de surf, el día pasa despacio. El sol se estaciona encima del mundo. Los perros duermen desparramados en el suelo, sin preocuparse de que su siesta ocurra bajo una palapa o a media calle. El viento arrulla las palmas, que parecen relajar sus troncos mientras se mecen suavemente. La prisa se vuelve un concepto tan lejano que empiezo a cuestionarme si aquí realmente pasa el tiempo o si, al igual que el sol y los perros, se detiene a descansar en el lugar que se le dé la gana, sin que le importe mucho a dónde se dirigía.

En este plano de existencia fuera del tiempo, Pascuales se encuentra, de manera simultánea, en el centro de todo y en ningún lugar en específico, existiendo más como un objeto matemático abstracto que como un lugar geográfico en el mapa. Para llegar a estudiarlo hay que partir de Tecomán, también en el estado de Colima, tomando con dirección a la costa una carretera rodeada de palmas infinitas que parecieran una sola traspuesta muchas veces.

Alan Cleland en medio de una ola surfeando
Ya en la adolescencia, el surfing de Cleland comenzó a captar la atención a nivel internacional.Iago A. Valencia

El camino desemboca en una calle que parece una extensión de la carretera; que desemboca en una terracería que parece parte de la calle; que desemboca en un río que parece continuar la terracería; que desemboca en un mar que parece seguir siendo el río; que desemboca en una playa que parece estar dentro del mar; que desemboca en una carretera rodeada de palmas que parecen continuar ad infinitum. Sin fronteras, la transición entre cada etapa de este espacio es borrosa e imposible de señalar de manera discreta, dibujando un círculo sin cortes que se enreda en sí mismo incontables veces y, al mismo tiempo, una sola vez. El inicio de este continuo está señalizado por un letrero que deletrea

P-A-S-C-U-A-L-E-S, con cada letra perfectamente espaciada a una distancia aleatoria, colocado entre la carretera, la calle, la terracería, el río, el mar, la playa y la carretera, enfrente de la casa de Alan.

Alan Cleland cargando tabla de surf roja
El tiempo está detenido y yo estoy en el centro de ningún lugar en particular, perdido, pero sin prisa.Iago A. Valencia

Un poco más adelante, frente al hogar de los Cleland, una miscelánea y una marisquería ofrecen todos los alimentos que se pudieran necesitar en esta exploración topológica. A la mitad del recorrido —es decir, donde a uno le plazca— y en caso de sentirse acalorado, existe siempre, al menos, un coco de una palma, un clavado en el río o una michelada. Un poco —o un mucho— más allá, donde el mar interseca la playa y las olas intersecan el mar, pescadores y surfistas se intercalan entre sí, unidos por el océano y el pueblo en una sola pieza que contiene todo. Una vez concluída la circunvalación, un análisis riguroso confirma que el sol sigue estacionado, los perros continúan desparramados, el tiempo está detenido y yo estoy en el centro de ningún lugar en particular, perdido, pero sin prisa.

Aunque el desarrollo del teorema anterior podría parecer confuso, el lector astuto notará que resulta casi trivial encontrar Pascuales. Basta con saberse frente a casa de los Cleland y uno podrá asegurar, con absoluta certeza, haber llegado al centro de la nada. Conversamente, surge como corolario que, para toda persona que logre llegar al frente de este hogar, salir de Pascuales equivale a encontrar la orilla de ningún lugar, es decir, carece de sentido.

Con mayor o menor grado de rigor, el papá de Alan fue uno de los primeros proponentes de este resultado, especializándose en esta rama perdida de las matemáticas en la década de los 80. Hijo de un romance de las islas británicas —él irlandes, ella escocesa— que migró para perseguir el sueño americano, Alan Cleland Sr. formuló su hipótesis sobre Pascuales después de escuchar rumores acerca de un lugar al sur de su natal California, pasando la frontera, con olas perfectas. Una primera visita fue suficiente para comprobar su idea, detonando otra cadena de desenlaces que inició con un par de visitas la temporada siguiente y concluyó casi 22 años después, en un atleta olímpico que vive en una casa en el centro de todo.

A lo largo de los años, historias como la de Alan Sr. se fueron repitiendo, concentrando en esta pequeña comunidad a otros investigadores especializados en estudiar tubos de agua salada —desde adentro, por supuesto—. Hoy, el resultado de este intercambio académico se extiende más allá del mar. En sus playas de arena color ceniza, Boca de Pascuales reúne entre sus 115 habitantes oficiales —una cifra probablemente más cercana a las 50 personas— a una comunidad cosmopolita que parecería más propia de la colonia Roma de la Ciudad de México que la de un pueblo de una sola calle. Enmarcados por caguamas banqueteras y corridos tumbados, el inglés y el español se escuchan con la misma frecuencia, a menudo intercalándose en una conversación mientras se hace el recuento de las mejores olas del día y se pasan las salsas de mano en mano.

En el centro de todo, al igual que su casa, Alan se mueve con soltura. Plagado de expresiones como sickgnarly y rad, el joven costeño recomienda las mejores playas a la redonda al grupo de surfistas que llegó el día anterior desde California, mientras sus ojos verdes brillan cada vez que describe la perfección de una ola o la otra. Tras una mordida a su tostada de aguachile, un sonoro “ese viejón”, que pareciera alargar la “o” y desaparecer la “n”, acompaña a su mano que se extiende en el aire, saludando a uno de los pescadores locales mientras la plática se desvía hacia el pargo que sacaron la semana pasada.

Alan Cleland saludando a un hombre
Boca de Pascuales reúne entre sus 115 habitantes oficiales a una comunidad cosmopolita.Iago A. Valencia

Aprovechando la interrupción, una señora de Tecomán le pide una selfie y le confiesa su emoción de tener “una foto con el campeón”. Mientras la voz de Peso Pluma reemplaza la de Junior H y una cucharada de salsa de habanero baña un taco de pescado, la conversación regresa a California, retomando el mapa oral de las mejores olas con un tajante “yeah man, it’s pretty epic out there”. Pero, a diferencia de la Roma, la mezcla de culturas aquí en Pascuales no ha desplazado el sentido de identidad local. El poblado es, indudablemente, costeño y mexicano. El pescado se hace zarandeado, las cervezas siempre están “bien muertas” y la gente duerme en hamacas, así le llamen nap o la siesta.

De igual manera, a pesar de su inglés perfecto y el color de su pelo, Alan es tan mexicano como su pueblo. Y está orgulloso de ello. El año pasado, en la ceremonia de premiación de los ISA World Surf Games de 2023, tras haber derrotado a 165 competidores de 63 países y consagrarse como campeón, Cleland aprovechó el micrófono para exclamar, ante miles de personas que seguían la transmisión en vivo, una frase dirigida a quienes llegaran a cuestionar sus raíces: “¡Viva México, cabrones!”

Alan Cleland posando con tabla de surf
Su participación en los Juegos Olímpicos de París sirve, de la misma manera, un objetivo claro: poner el nombre de México en alto.Iago A. Valencia

Este sentido de identidad tiene un rol central en sus metas como deportista. Para él, más allá de los viajes, los videos o las medallas, lo realmente valioso es generar un cambio en el surfing mexicano. A diferencia de Estados Unidos, Australia o, incluso, Brasil, donde el surf es un deporte importante con muchos exponentes, en México ser surfista profesional es básicamente un sueño guajiro. Sin un circuito establecido de competencias, marcas realmente interesadas en impulsar atletas ni apoyos gubernamentales verdaderos, seguir este camino es prácticamente imposible. A pesar de ser un país con olas de clase mundial en todas las costas, casi todos los jóvenes surfistas mexicanos se enfrentan tarde o temprano a la encrucijada de mantenerse o poder seguir su pasión, sin importar cuánto talento o proyección tengan.

Así que Alan tiene clara su misión: si logra trazar un camino para que otros jóvenes costeños puedan cumplir sus sueños, así sean de Pascuales, Puerto Escondido, Acapulco, la Baja o cualquier otra playa, habrá alcanzado el reconocimiento más valioso de su carrera. Quizás por ello le gusta regalar estampas, ropa y tablas de skate y de surf que recibe de sus patrocinadores a la siguiente generación de surfistas de Pascuales. Quizás, también, ese es el motivo por el que, teniendo la opción de identificarse como gringo y facilitarse la vida como atleta, elige levantar la bandera de México en las competencias internacionales. Quizás, incluso, esta sea la razón por la que, a los 12 años, cuando se dirigía a Puerto Escondido a un torneo junto con el equipo estatal, el hecho de que lo secuestrara un grupo de delincuentes no fue suficiente para disuadirlo de competir y ganar la categoría.

Su participación en los Juegos Olímpicos de París sirve, de la misma manera, un objetivo claro: poner el nombre de México en alto. La competencia de esta disciplina se desarrollará en Tahití, en la Polinesia Francesa, donde las ondas de mares profundos se encuentran súbitamente con esta isla volcánica y se elevan precipitadamente para descargar toda su energía en un arrecife afilado, con menos de 50 cm de profundidad: la temida ola de Teahupo’o. Alan, sin embargo, no se intimida por el escenario en el que tendrá que enfrentar a los mejores surfistas del mundo. “Entre más grande y más maníaca sea la ola —algo fuera de serie y con delicioso riesgo, según el lenguaje de la costa—, mejor”, me confiesa un día, mientras esperamos olas frente a su casa.

periodicos y revistas sobre Alan Cleland
Cleland competirá en los Juegos Olímpicos París 2024Iago A. Valencia

Al cuestionarlo sobre los peligros del arrecife o la inmensidad que pueden alcanzar las paredes de agua —basta googlear Teahupo’o Code Red para darse una idea y comprobarlo—, Chango se encoge de hombros y admite que es una ola donde se siente tranquilo y sin miedo, pues, gracias a ese mismo arrecife, se forma siempre en el mismo lugar. A diferencia de lo que ocurre en Pascuales, donde pueden aparecer como por arte de magia olas igual de inmensas en donde menos las esperas.

Una experiencia compartida me lo demuestra de inmediato: de pronto, impredecibles montañas de agua vienen hacia nosotros… En segundos, Cleland pasa de estar sentado en su tabla a encontrarse en la parte más profunda de un tubo, mientras que a mí la siguiente ola me arroja por los aires y me estrella contra la arena. Si se da la correcta combinación de olas grandes y peligrosas, pienso en tanto lucho por salir a respirar, no habrá muchos competidores que puedan seguirle el paso en los olímpicos.

Al tiempo que observamos uno de los últimos atardeceres antes de que el campeón parta a competir en el hemisferio sur, no puedo evitar sentir más admiración por él que por el show de luces y colores que nos regala la partida del sol. A veces guerrero mitológico, por momentos experto en danza, en ocasiones coleccionista de arte contemporáneo, con frecuencia filósofo de taquería y matemáticamente en el centro de todo —especialmente de los tubos—, Alan es, primero que todo, un pionero. Por cada patineta o tabla que regala, una niña en Pascuales y más allá comienza su camino en este deporte. Por cada aparición que tiene en un video de surf, un niño de Guerrero se inspira para hacer su propia grabación. Por cada competencia en la que está presente, una marca voltea al mercado mexicano y se cuestiona el patrocinio de un atleta. Más allá del oro, el verdadero trofeo para Alan es trazar el camino para que, en el futuro, el hecho de que un mexicano esté surfeando en los Juegos Olímpicos no sea algo histórico —como en su caso—, sino algo esperado.

Link original: Revista GQ