Lupillo Posada

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Por: José Díaz Madrigal

El hidrocálido José Guadalupe Posada, fue un talentoso caricaturista que trabajó en diversos periódicos en la época que gobernaba nuestro país, el ilustre Porfirio Díaz. Posada se radicó en la ciudad de México en la década de los ochentas del siglo antepasado.

Don Lupe se hizo famoso por sus dibujos con escenas de la muerte y, también por las caricaturas de calacas que representaban aquella sociedad, inspiradas precisamente en las costumbres de ese tiempo.

Dentro del repertorio de caricaturas, destacan las célebres calaveras, con las cuales parodiaba a distintos personajes. Así de ese modo nació la calavera elegante, producto de su ingenio y con el propósito de burlarse sobre todo de mujeres mestizas, que rechazaban el filón de sangre indígena que corría por sus venas.

El aguascalentense que era un bohemio de corazón, quizás alimentado por una frustración o por un secreto acomplejamiento de su personalidad, producto de un crónico alcoholismo que lo atormentaba; sabía encontrar el lado chusco de la vida. De ese modo se pitorreaba de las renegonas de su sangre nativa, que queriendo parecer de la clase alta porfirista, se arreglaban como si fueran de ese estrato social.

Lupillo con olfato y fino sarcasmo se las acabó. Dibujó a esas damas en forma de calaveras, con un sombrerote empirofollado de los meros caros, de esos que nomás usaban las señoras económicamente pudientes.

Aparte de mofarse como las pintaba, al pie de una de las caricaturas plasmó la siguiente leyenda: “La muerte es democrática, ya que a fin de cuentas; güera, morena, rica o pobre; toda la gente acaba siendo calavera”.

Lupillo era un barril sin fondo, lo que ganaba se lo gastaba en brandy, murió en total pobreza después de una farra prolongada -pa’las parrandas no hay lana que dure- de tal modo que sus restos mortales fueron a parar a la fosa común. A pesar de estar atrapado en el vicio, fue un artista observador del medio urbano que le tocó vivir; hacía gala de su aguda destreza para mofarse de lo que a sus ojos no le cuadraba.

Años después otro habilidoso y también rebelde pintor, Diego Rivera, rescató los dibujos de Posada para estamparlos en sus obras. Fue así como en un mural que lleva por título: Sueño de una Tarde Dominical en la Alameda, Rivera pintó la calavera de Posada; pero ahora con ropa de gran señora, ya no era el puro esqueleto, sino que estaba vestida completa y elegantemente.

Diego rebautizó a esa calavera con el nombre de: “La Catrina”. Catrín es como se le ha dicho a las personas que visten con esmero, con lujo y bien trajeados. De esa manera la calavera arreglada de una guapa mujer, se convirtió en La Catrina.

La Catrina ha llegado hasta nuestros días como una paradoja de la vida, con mucho parecido a la idea que le dió su creador: Lupillo Posada. Las modas cambian, las costumbres también. En la actualidad ya no es normal en las mujeres de nuestro tiempo el uso de aquellos sombreros afrancesados, ni los hombres nos ponemos los gorros tipo bombín propios de otra época.

Sin embargo al igual que las calaveras de Posada, todavía seguimos queriendo aparentar lo que no tenemos o lo que no somos. Procuramos ciertas marcas de ropa porque nos da estatus, nos gusta traer algún auto en especial, también porque nos da categoría, nos da importancia. De las redes sociales ni se diga, subimos cualquier paseo, lugares bonitos y restaurantes. Es toque distintivo ocupar los primeros asientos en fiestas o reuniones, para que nos vean. En fin tratar de apantallar con una vida que parece perfecta.

Pero a veces no es así. Lo que dejan esas banalidades es un vacío existencial, una vida sin propósito y al final da como resultado una tristeza larga, amargosa. Es posible que detrás de esa careta de las apariencias, existen ásperos fracasos, pésimas frustraciones, rompimientos familiares, ilusiones perdidas y amores no correspondidos.

Lo importante es que después de esos desengaños, pisemos terreno firme, cercano a la realidad. A quitarnos la máscara y vivir una vida plena, auténtica y con valores éticos. Más allá de las apariencias, de la acumulación de bienes materiales o del éxito superficial.

Por último, es base fundamental también sentirse querido y rodearse de personas que aportan bienestar al espíritu y son una caricia para el alma, dejando con ésto una paz interior verdadera, que nos transforma positivamente en la ruta de la vida.

*Las opiniones expresadas en este texto de opinión, son responsabilidad exclusiva del autor y no son atribuibles a CN COLIMANOTICIAS.