Por: Ángel Durán
La historia antigua del Caribe no puede explicarse como una fila de pueblos que llegaban, ocupaban una isla y hacían desaparecer a quienes estaban antes.
La realidad fue más compleja. Hubo desplazamientos, contactos, préstamos, mezclas y también permanencias.
Esa movilidad ayuda a entender la siguiente etapa de Quisqueya.

Hacia el 2500 antes de nuestra era aparece la tradición que los arqueólogos llaman banwaroide.
Tampoco se trata del nombre original de una comunidad.
La palabra procede de Banwari Trace, un sitio de Trinidad que permitió identificar una forma particular de aprovechar el entorno y fabricar instrumentos.
Los grupos asociados con esta tradición se relacionan con Trinidad y la región del Orinoco.
Su desplazamiento hacia las Antillas debió realizarse gradualmente, siguiendo rutas marítimas y contactos entre islas.
Su conocimiento de los manglares fue notable: obtenían peces, aves, crustáceos y otros recursos de un ecosistema que exigía reconocer mareas, ciclos reproductivos y temporadas.
Los morteros, piedras pulidas y otros objetos encontrados muestran que procesaban alimentos de una manera diferente a los primeros grupos líticos.
Algunas piezas parecen haber tenido una función ceremonial.
Esto nos obliga a verlos como sociedades que no solamente resolvían necesidades materiales, sino que también otorgaban significados al mundo que habitaban.
En Fort Liberté, en el actual Haití, se han localizado materiales que muestran contactos entre tradiciones distintas.
El dato cambia la pregunta. Ya no se trata únicamente de saber quién llegó primero, sino de comprender qué aprendieron unos de otros y cómo esos encuentros modificaron su vida cotidiana.
Cerca del año 200 antes de nuestra era se extendió otra tradición, conocida como saladoide por el sitio de Saladero, en Venezuela. Sus portadores avanzaron desde el bajo Orinoco por las Antillas Menores y llevaron consigo una cerámica elaborada, asentamientos más estables y sistemas agrícolas de mayor intensidad.
La yuca amarga ocupó un lugar central. Convertir una raíz tóxica en alimento seguro requería rallarla, exprimirla, retirar sus sustancias dañinas y cocer la masa sobre discos de barro llamados burenes.
De ese procedimiento surgía el casabe, capaz de conservarse durante largos periodos y de sostener comunidades cada vez más numerosas.
Sembrar transformó la organización del tiempo. Había que preparar la tierra, esperar, almacenar y distribuir.
También permitió construir aldeas más permanentes y fortalecer redes de navegación e intercambio. La cerámica, además de su utilidad, expresó preferencias estéticas e identidades compartidas.
Desde los primeros siglos de nuestra era se desarrollaron en las Antillas Mayores tradiciones ostionoides.
No todo cambio de cerámica significa que una población haya sido sustituida.
La genética antigua ha mostrado continuidad biológica durante algunas transformaciones culturales, lo que confirma que también existieron procesos internos de adaptación e intercambio.
La investigación publicada en Nature sobre 174 individuos prehispánicos describe al Caribe como un espacio conectado.
Esa evidencia evita dos errores: imaginar islas completamente aisladas o pensar que cada innovación llegó acompañada por el reemplazo total de sus habitantes.
También modifica nuestra forma de entender la migración.
Desplazarse no significaba abandonar toda identidad ni conservarla intacta.
Cada comunidad llevaba técnicas, semillas, recuerdos y creencias, pero al encontrarse con otras adaptaba parte de ese patrimonio.
La cultura caribeña se construyó precisamente en esa tensión entre continuidad y cambio.
Los objetos ayudan a observar ese diálogo.
Una forma de tallar piedra puede aparecer lejos de su lugar de origen; un recipiente puede conservar una técnica anterior y adoptar una decoración nueva; una planta cultivada puede viajar con las personas. Estas coincidencias no prueban automáticamente una invasión.
Con frecuencia revelan intercambio, aprendizaje y apropiación cultural entre comunidades vecinas.
La historia se parece menos a una línea recta y más a una conversación sostenida durante siglos entre comunidades navegantes. Nada permaneció completamente inmóvil.
Este trabajo consta de tres partes, publicadas lunes, jueves y viernes. La tercera y última parte continuará mañana viernes.
*Las opiniones expresadas en este texto de opinión, son responsabilidad exclusiva del autor y no son atribuibles a CN COLIMANOTICIAS.






