Nació así la Escuela de Niños Voladores en Papantla, proyecto impulsado por don Cruz, a cuyo empeño le debemos que la Unesco reconociera a los Voladores de Papantla como parte del Patrimonio Cultural Intangible de la Humanidad. Su propósito, refiere en entrevista, es “rescatar la riqueza de esas tradiciones que nos dejaron nuestros antepasados”, empresa en la que sigue empeñado al lado de niños y jóvenes que, con devoción y respeto, siguen sus instrucciones y las de sus otros maestros.
La Escuela de Voladores de Papantla comenzó con el apoyo de una beca estatal de 15 mil pesos mensuales, pero antes de que se terminara el año de este beneficio, don Cruz tuvo un encuentro con Salomón Baz Baz, director de Cumbre Tajín. El resultado fue el establecimiento de la escuela en el Centro de las Artes Indígenas de Cumbre Tajín. “Hoy tenemos aproximadamente 300 alumnos, niños y jóvenes que se están preparando para el rescate de esta tradición”, dice con orgullo Ramírez Vega.
El conocimiento proviene de los ancestros, advierte el maestro de los noveles voladores. “Hay que conocer la historia y los principios de los voladores: qué es un volador, para qué es su ofrenda. Muchos nos reconocen como cirqueros o como un espectáculo, pero lo que hacemos no es un espectáculo. Hoy estamos rescatando valores ancestrales, estamos retomando la cultura totonaca”.
El volador también tiene que conocer las características del palo, lo mismo que cómo deben disponerse los elementos de lo que se conoce como copete, desde donde descienden los voladores.
El reconocimiento de la Unesco no significa dinero, explica don Cruz, sino que se traduce en “un compromiso con nosotros de abrir el espacio y darlo a conocer. Me gustan las entrevistas con los medios de comunicación porque es abrir un camino y no cerrarnos la puerta”.
“Es que tu eres artista”, es una frase que Cruz Ramírez Vega escucha con frecuencia. A lo que él responde: “Yo no soy artista, yo trabajo en el campo, soy artesano, soy danzante, hago rezos, hago limpias, levantamientos de camas de bebés —pero no soy partero—, etcétera. Mi trabajo nunca acaba”, dice mientras se prepara para apoyar a los jóvenes que harán una ceremonia en el palo volador, ritual que, gracias a su labor y a sus compañeros, tiene una vida por delante.
Fuente:GRUPO MILENIO





