VEREDAS LOS RUMBOS DEL CORRAL FALSO

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    –Mira hijo, ¿ves esa casa de troncos y paja? En esa naciste, es de tu tía Concha, la hermana de tu madre. Y esa de acá, es de tu tío Benito.

    La casa de mi tío era una mansión comparada con la de mi tía Concha. Era de adobe, su techo alto y de teja y al frente una parota de la que colgaba un viejo columpio. Era un árbol enorme y verde. Al bordo de la parcela yacen las huellas secas que dejó un arroyo en tiempo de lluvias, siempre a la espera del temporal para sacudirse el polvo y bañar sus piedras.

    –¡Alberto! Corta algunos troncos mientras yo busco paja, hay que arreglar la casita, luego desmontamos la parcela –gritó mi padre.

    El caserío rodea, como protegiéndolo, a un gran corral cercado de piedras y otro pequeño, destruido por los deslaves y las pocas piedras tiradas a lo largo de un pozo. Lo que en un tiempo fue un Corral, ya no lo es, las lluvias se lo llevaron, es un falso corral. De ahí su nombre.. El corral cercado es utilizado por todos los campesinos para resguardar sus vacas para la ordeña. Por las noches los hombres cansados de las labores del campo, se reúnen alrededor de una fogata a fumar y platicar sus esperanzas y contar sus penas.

    Las mujeres, casi siempre rodeadas de niños y niñas, oyen en la radio alguna canción o la novela de “Chucho el roto” o la de “Felipe Arriaga”. Algunos, platican cosas menos solemnes con Vicente González, apodado “la gallina”, cuyos hijos son mis amigos: Fernando, Felipe y Pablo, a quienes vacilan la muchachada, pues tienen una hermana muy bonita y se encabritan cuando les gritan cuñados.

    Algunas noches la luna; y en otras, las estrellas, nos permitieron jugar a la “mocha” y a “las escondidas”. Y las muchachas improvisaban un “baile” con la música de dos o tres radios de baterías. Pero casi siempre llovía. Al amanecer, de nuevo al campo, a sembrar el maíz. Trabajar desde que Dios amanece hasta que la luz del sol lo permita. ¿Te acuerdas hermano de la casa del “Corral Falso”? Nunca olvidé la de mi tío Benito, la de Vicente, la de mi tío Santos y su tabachín, la de mi tía Seferina, la de Heliodoro, la del Chivero y sus hijas, ¡Que chulas verdá de Dios..! Del agua zarca y del barro blanco. Del agua caliente, el tunal, la piedra del diablo y la cueva. ¿Te acuerdas de los nanches?

    Si, lo recuerdo bien, la casa de mi tía Concha era de una sola pieza, no tenía ventanas. La lluvia la mojaba por todos lados, hasta por dentro. Llueve fuerte en mi tierra. Igual se trabaja, fuerte. No sacas nada. La cosecha de maíz se la lleva el gobierno. Siempre estamos endrogados con el gobierno que te quita la cosecha y nunca acabas de pagarle. Siembras porque te prestan para que comas en temporal de lluvias. Luego hay que pagarle. Llenas tu casa de maíz y en diciembre duerme encima de las mazorcas, arriba de la abundancia, pero en marzo ya no tienes nada porque ya se lo llevó el gobierno.

    — ¿Te acuerdas hermano? ¿Te acuerdas que dormidos en las mazorcas esperamos al Niño Dios? ¡Qué pobre andaba siempre! Nunca nos trajo lo que le pedíamos, siempre una pistolita de triques. Nunca el patín ni la pelota. Las muchachas siempre se quejaron de lo mismo, puras monas de cartón bien chapeteadas,

    –¿Te acuerdas hermano? ¡Seguro ahora ya no reniega por la ausencia del niño Dios, como nosotros….!

    –¡Güerito arrea el caballo y ponte listo..! Esos gritos me despertaron. Siempre soñaba despierto, sin importar que estuviera caminando, mi imaginación era más grande que el Corral Falso, la Cueva, el Tunal, el Tepamal, Santa Isabel. Chapalilla, las Mesitas, Tetitlán, Uzeta, Marquesado y el mismísimo Volcán “El Ceboruco”, juntos. Ese era nuestro pequeño mundo.

    Los caballos iban cargados de cazuelas, ollas, el metate, cobijas y un pequeño molino para el nixtamal. Mi madre y mis hermanas caminaban atrás de los animales, casi nadie platicaba. Era una procesión silenciosa. Los únicos enojos y voces que reclaman algo, como siempre, son los de nuestra hermana Kina. Mi hermana de algunos dieciséis años, siempre se diferenció de nosotros en no quedarse callada. Lo que no le parecía lo decía en voz alta. Le costaron varios fajazos de mis padres por un buen tiempo de su vida. Nunca cambió. A la fecha continua igual de mal hablada. El camino era largo y el cansancio ya se notaba en los caminantes.

    –Ya mero llegamos Güera –le dijo Nina- aguanta, si sigues con tus quejas, seguro te van regañar.

    –Me vale, le respondió Kina ¿Por qué nos tienen que traer a sufrir a este méndigo rancho, dos meses? ¡Fíjate bien, dos meses!

    El resto de mis hermanos siguen caminando en silencio. Yo que vengo atrás, los cuento: Alberto, Nina, Kina, Marychuy, mi madre, Félix, y mi padre. Sólo falta “el cura” Gabriel, mayor que yo por tres años.

    El cura, así le decíamos porque estaba en el seminario. Siempre quiso ser sacerdote. Nadie sabía el porqué, sólo él y Dios. Nuestros padres estaban orgullosos por eso. Tener un hijo sacerdote es una bendición. Y así, con unos cuantos años se fue al seminario. Fue todo un misterio. Pero así son los caminos de Dios. Seguro él va delante de toda la tribu, por eso yo no lo veo.

    A medias de todo el gentío camina mi madre, lo hacía con la frente bien levantada, no mostraba cansancio. Así, con la seguridad de quien sabe a hacia donde va. Alta, delgada y con una figura orgullosa. De facciones finas, blanca, alta, de pelo largo, sedoso y negro. Con una mirada profunda capaz de conocer hasta lo que estás pensando.

    –¡Carajo, su mirada y sus regaños dolían más que una golpiza!

    Jamás se quejaba. A todos en el pueblo ayudaba y si alguien era fuereño y pobre, siempre encontraba en su mesa algo para comer. Hermosa, de buenas maneras, no soltaba jamás una mala palabra, lo contrario de mi padre. Tan bonita como orgullosa. Era Ponce, así lo decía ella y nosotros sabíamos que eso, era bien cierto.

    Los conté de nuevo, somos seis hermanos en total, – faltaba mi hermano el cura- dice mi tía Cheta que fuimos quince, pero algunos se murieron ya en edad de aguantar y otros, se malograron. La pobreza nos quita siempre lo que más queremos. Pobre de mi madre, cómo ha de haber sufrido.

    Así los vi. Todos caminando con rumbo al Corral falso. Al frente del pelotón mi padre, Jacinto García González. Buen mozo, autoritario, acostumbrado a la buena vida y que sufría por no poder darnos algo mejor. No conoció a sus padres. Huérfano de nacimiento se crió con gente extraña a la que quiso con la misma devoción y el mismo amor de verdaderos padres. Hombre trabajador del campo. Lo mismo sabía cultivar la caña, arar la tierra que tocar un violín o una buena guitarra. Moreno claro con canas prematuras y de ojos color cafés obscuros. Era de mediana estatura, robusto y de fuertes brazos, orgullo de sus hijos y de sus nietos. Hombre de pocos cariños y acostumbrado a mandar.

    ¡Ánimo…!

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