Un año más de experiencias, Feliz Año 2020

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Gaceta del Marqués

Por José Luis Cobián León

A medida que pasan los años, quizás nos pase a todos, sentir el deseo de voltear al pasado para encontrarnos con nuestra infancia, que como comentó el periodista canadiense David Books, de “The New York Times”: “Los acontecimientos de la infancia son como el alfabeto hebreo, las vocales que faltan”.

En mi caso, recuerdo que me amarraba por las noches al pie de mi abuelo -un hombre de campo rudo en la lid-, para que al repuntar el alba me llevara a trabajar, y así disfrutar con él de los mangos, la resortera, el desayuno, la comida y terminar en la tienda disfrutando de alguna gusguera. Ahora entiendo que mi abuelo no deshacía algunas veces el nudo para darme la satisfacción de la victoria y acompañarlo.

Roald Dahl en su libro “Boy, Relatos de la infancia” tiene la habilidad de integrarse con los jovencitos y jovencitas a través de su obra, que comienza a relatar más formalmente a partir de los siete años, entre un mundo de gigantes, como suelen ver los niños a los adultos, Roald con su ingenio nos hace revivir sus experiencias, muchas veces divertidas, otras van desde lo hermoso a lo triste, del terror a lo fantástico, creando así un click con el lector, donde no solo los niños, las niñas; jovencitas y jovencitos podrán identificarse, sino también los adultos.

También nos entrega la experiencia de su padre Harald Dalh que tras una quebradura pide que le estiren el brazo, ocasionando que saliera una astilla del hueso a través de la piel por lo que tienen que amputárselo. Sin embargo solía decir: “No tener un brazo solo me depara un inconveniente serio. Me resulta imposible cortar un huevo duro”.

Cuando Roald tenía tres años la muerte de una de sus hermanas Astri a la edad de siete años provoca una gran tristeza en su padre, quien tras enfermar de pulmonía (grave en su tiempo) decide no luchar y finalmente pierde la vida. Dentro de estos hechos desafortunados, cuarenta y dos años después una de las hijas de Roald, Olivia, muere a la misma edad de su hermana víctima del sarampión.

Roald Dahl creció con aventuras propias de la infancia entre confiterías que para un niño son como las cantinas de los borrachos, entre ocurrencias, como la del ratón que introducen en un dulcero para hacer pagar los malos tratos de la señora Pratchet, lo que les costó varios varazos en las posaderas que les dejaron hirientes marcas.

Por este hecho, a los siete años Roald es internado por su madre Sofie Magdalene en un colegio inglés, a la memoria de su esposo, quien decía que en la enseñanza inglesa había algo de mágico y que la educación que proporcionaban era causa de que los habitantes de una isla pequeña se hubiesen convertido en una gran nación y un gran imperio, además de que hubieran producido la más grande literatura del mundo.

Es así, que la madre entrega a su hijo al rígido sistema educativo británico donde sufrió en silencio, debido a que el único conducto por el que podía comunicarse del instituto con su madre era escribiéndole cartas, las cuales, maestros o director revisaban por la ortografía, pero que en el fondo Roald sabía que era para controlar que no se quejaran de los malos tratos. Iniciando así una historia fantástica y algo aterradora entre ogros con faldas y gigantes despiadados.

Roald Dahl nació en 1916 en un pueblo llamado Llandaf del País de Gales. Terminando el bachillerato entró a trabajar en la compañía multinacional productiva en África, Shell. Territorio donde fue sorprendido por la Segunda Guerra Mundial en la que tomó parte como piloto, derribando algunos aviones alemanes y donde también fue derribado, pero que sobrevivió de milagro.

Su inspiración a la escritura nació de sus hijos cuando les leía cuentos, fue así que inspirado en su infancia, pasando por su historia de guerra y su vida en general, surgió su primera obra que después fue llevada a la pantalla grande, “Charlie y la fábrica de chocolate”. Roald Dahl muere en 1990 a la edad de 74 en Oxford en el Reino Unido. A él se le atribuye la creación de las criaturas traviesas Gremlins en un libro para niños publicado en 1943, asimismo la creación de guiones para película y varias más de sus obras fueron llevadas al cine.

Para terminar deseándoles un Feliz Año les comparto una anécdota de Felipe II. Cierto día paseaba solo el Rey por las galerías del Monasterio de El Escorial, cuando se le acercó un hombre de aproximadamente 80 años, quien con mucha curiosidad e interés le preguntó por algunos cuadros y objetos valiosos que allí se conservan. El Rey, admirado de ver que a su edad tuviese ese interés por aprender, contestó amable y sencillo al curioso.

El «anciano” de espíritu joven al despedirse, le dijo: «Caballero, habéis sido muy amable conmigo; me llamo Pedro Pérez y vivo en Arganda. Si alguna vez pasáis por allí y queráis visitarme, os prometo un vaso del mejor vino». -«Os lo agradezco», repuso el Monarca. «Yo me llamo Felipe II, rey de España y vivo en Madrid. Si alguna vez vais a la Corte, id a verme y os prometo también un vaso de vino tan bueno como el vuestro». Estimados lectores y amigos alcemos las copas de pie largo para brindar por un año más de experiencias y el nuevo que se acerca, recordando que “el optimismo es la fe que conduce al éxito.

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