Por: Gustavo L. Solórzano
Mi barrio fue un bello lugar para crecer, hacer amigos y contribuir desde mis posibilidades, al servicio de los vecinos. Así nos enseñaron mis padres, “has el bien sin mirar a quien”, era una de las máximas de mi madre. Mis progenitores eran gente servicial, amistosa y buenas personas; traigo a mi memoria a Aurora, enfermera de profesión, mujer afable y trabajadora. Madre de Sergio, heredero del humanismo que abanderaba a su madre. Profesionista contable, Sergio me ha dispensado su grata amistad que ha perdurado con el paso de los años, gesto que agradezco.
En ese mismo barrio conocí a un niño gordito, simpático y de nobles sentimientos, entramos a primer grado de primaria y después continuamos en secundaria. El paso del tiempo fortaleció nuestra amistad y ya adultos tuve la oportunidad de apoyarlo en su ingreso a la Secretaría de Educación, ahí, renovamos nuestros lazos afectivos. Caballeroso, servicial, amistoso, trabajador, generoso y apreciado por todos los que lo tratamos. Oscar Raúl Ocampo Salazar, fue un ejemplo de hijo, hermano, padre y amigo.
Lamentablemente la huesuda, lo sorprendió en el camino y cortó su recorrido por este paso terrenal. Según yo, el maestro de quinto le puso el niño sano, Adrián, su hermano, dice que fue el de tercero, Jorge Flores. Lo cierto es que seguido faltaba y con ello, daba al trasto con su apodo, pues a manera de broma el mismo maestro de quinto, Trinidad Hernández decía, “de sano no tiene nada”. El bullying siempre ha existido, nadie se quejaba por eso, a menos que fuera excesivo y en ese entonces muchas diferencias se arreglaban con unos buenos golpes, de hombre a hombre.
Oscar amaba además de a su familia, la vida del racho, andar a caballo y recorrer el camino de manera libre, sentir el viento acariciando su rostro y era fiel a la amistad. Derecho, franco y trabajador, Oscar era generoso, sencillo y jalador; cuando estábamos en secundaria nos salíamos de la escuela y llegábamos a su casa, él manejaba un automóvil compacto que parecía tortuguita, con palanca de velocidades al tablero. “Mama invité a Gustavo a desayunar”, como lo que tiene la olla es lo que saca la cuchara, su madre, generosa, doña Consuelo, me recibía con gusto y de inmediato señalaba, “ahí hay leche en el refrigerador y la fruta enmielada está en la estufa”, ese era el famoso “tanirolì”.
Lo he señalado en otros momentos, todos éramos una gran familia, nos conocíamos, nos cuidábamos y nos protegíamos. Aunque también cualquier papá tenía autoridad sobre cualquier niño. Hay de aquel infante que le faltara el respeto a un adulto… ¿Y ahora? Los derechos humanos modificaron la ley para mal. Padres temerosos, autoridades sobre protectoras, etc. Somos una generación que está terminando su ciclo, y dando paso a niños y niñas sensibles, intolerantes y frágiles, que pareciera por momento que pierden el rumbo de su propia existencia.
Desde estas líneas expreso mis condolencias a la familia de Oscar Raúl. A su esposa Margarita a sus hijos Oscar, Luis Fernando, Gustavo y Jorge, a Lorena Elizabeth, Adrián y Paco, sus hermanos. Deseo de corazón que el creador y dador de vida les de la paz que necesitan.
