TONALTEPETL

0

Por: Gustavo L. Solórzano

«Los guerreros tienen un propósito ulterior para sus actos que tiene nada que ver con la ganancia personal. El hombre medio actúa solo si hay una posibilidad de lucro Los guerreros actúan no con fines de lucro, sino por el espíritu.» Don Juan Matus.

Estaba por cumplir cinco años cuando mi madre me llevó a primer grado de primaria. La escuela era la misma en la que habían estado mis hermanos y los docentes eran conocidos de ella. Una de las maestras era mi prima y bueno, todo se facilitó para mi ingreso. La escuela quedaba a dos cuadras y media de mi domicilio, sin embargo por mi edad, llegué el primer día como casi todos los niños, acompañado orgullosamente de mi madre.

Desde varios días antes hicimos el ensayo en casa, yo estaba preparado para quedarme “solo” en la escuela. Las amorosas recomendaciones de mi madre y el resto de la familia, habían sido precisas y alentadoras, “todo estará bien, vas a tener muchos amigos y aprenderás a leer y a escribir muy bien”.

Mi madre estaba despidiéndose de mi cuando un grito nacido del alma llamó nuestra atención. Paquito, un amigo de barrio lloraba desgarradoramente llamando a María, la muchacha que apoyaba en el aseo de su casa y que fue quien lo llevó a la escuela. Ella, sin despedirse, solamente se retiró del plantel dejando a mi querido amigo bañado en lágrimas. Cariñosa, mi madre se acercó a él, lo acarició levantando su rostro, mientras le preguntó con dulce voz, ¿Que tienes Paquito? Paquito solo respondía gritando a todo pulmón, ¡María!  No recuerdo en que acabó aquella historia, pero bueno, yo me quedé en la escuela. Mi maestra de primer grado nos dijo que si queríamos el desayuno escolar nos costaría un peso, de aquellos que si valían, los Morelos de plata.

A pocos días nos entregaron los libros, aquellos que traían a la mujer mexicana representando a la patria. Muchos años después me enteré que ella era Victoria Dorantes una joven mesera de tan  sólo 18 años de edad. Misma que fue escogida por el pintor jalisciense Jorge González Camarena quien al parecer se enamoró de ella. En 1972 se hicieron ajustes y cambiaron los planes y programas de estudio y su imagen fue retirada para regresar en la época de los noventa.

El desayuno escolar constaba de un botecito con chocolate en leche y una torta que variaba cada día. La favorita de todos era la de miel y en segundo término la de frijoles; el pan era muy suave, en verdad disfrutábamos de aquel modesto platillo. 

La bendita inocencia de los niños, era la edad de la magia, de los sueños y sobre todo, de la honestidad. Decíamos lo que pensábamos y nadie se sentía ofendido, claro está, con buenas palabras. Jugar, comer y estudiar eran nuestra mayor responsabilidad, también ayudábamos en los quehaceres del hogar, como traer las tortillas, ir a la tienda, comprar la leche, etc. Tuvimos buenos padres y buenos maestros, se interesaban verdaderamente por nosotros y puedo decir que hasta se preocupaban si alguno faltaba a clase sin justificación. No sabíamos de sindicatos ni de política, menos de golpes bajos o puñaladas por la espalda, tampoco había entre nosotros alguien que quisiera congraciarse con otro llevando chismes o calumnias. Las diferencias se arreglaban frente a frente, uno a uno, a mano limpia y el que ganaba, ganaba también la paz de “ahí muere”. Así era el amor de verdaderos amigos, hablar viéndonos a los ojos y con el corazón en la mano, éramos leales.

Después llegó la secundaria, pero esa, ya sabe usted, esa es otra historia.

Publicidad