TODOS SOMOS VÍCTIMAS (Sin la compañía y la vigilancia de la sociedad, el poder se queda en manos de pocos, a menudo en manos equivocadas)

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TAREA PÚBLICA

Por: Carlos Orozco Galeana

La afirmación con que titulo estos comentarios pareciera fuera de toda realidad porque, ¿ cómo es eso que todos somos víctimas de lo que ocurre cuando se supone que solo deberíamos hablar de quienes sufren un delito y acaso de sus familiares o amigos cercanos ? Lo cierto es que toda la sociedad se estremece por la violencia que nos rodea, por cada delito que se comete, y entonces puede afirmarse que todos somos víctimas directas o indirectas de ella. La comunidad toda es la sufriente.

Hace algunos años, un sacerdote muy reconocido, el padre Solalinde, clamó por el perdón a los delincuentes y principalmente a jóvenes que se han perdido en el consumo de drogas y en otras actividades más que le son subsiguientes a ese tipo de conducta, lo que les lleva finalmente a recalar en las filas de la delincuencia. Casi lo lincharon en algunos medios acusándolo de imprudente.

¿Por qué pedirles perdón a los jóvenes o a otras personas mayores que cometen delitos graves como los homicidios? Porque como sociedad no hemos sido capaces de generar condiciones de cuidado, de estabilidad, de atención permanente durante su niñez y su adolescencia, etapas fundamentales en su crecimiento. No hemos podido reconducirlos cuando han tomado caminos que los llevan a sitios inadecuados, en desconcierto absoluto y alejados de los valores que se supone les han comunicado en sus hogares; hemos fallado en darles el amor cuando lo han requerido y preferido, en nuestra comodidad, dotarlos de artefactos, tablets y celulares en los que despliegan su potencial comunicativo en cosas eminentemente inútiles.

Y es evidente que muchos padres han influido decisivamente en la formación que presentan hoy muchos jóvenes, reacios a aceptar o escuchar consejos.   Se han desesperado ante un entorno que glorifica el consumo de alcohol, cigarrillos y drogas a temprana edad que encuentran con suma facilidad. Y también, frente a autoridades municipales que  prefieren aumentar ingresos autorizando el funcionamiento de lugares de vicio para satisfacer de paso con altos salarios y bonos a una insaciable clase dirigente (regidores) y demás altos funcionarios.

También recuerdo el caso del mocha orejas, declarado inocente de unos de los cargos que se le imputaron, gracias a uno de los tantos jueces que abundan y desacreditan la profesión de abogado y a las mismas instituciones a las que dicen servir. “Mi hijo es bueno, solo le mochaba las orejas y otros órganos a algunas personas”, pero merece perdón, clamó en un espacio televisivo su señora madre. O el famoso niño Panchito que desaparecía cadáveres a los 13 años de edad, o aquel joven que fue muerto por una víctima de asalto respecto a lo cual la madre dijo que “era bueno, que solo asaltaba a las personas”. Agrego el caso de los asesinos seriales, personas incomprendidas con grandes complejos, criminales natos que crecieron en el abandono y la indiferencia paterna. Según la Iglesia católica, ese tipo de criminales merece perdón de inmediato pues la sociedad es la que los convirtió en víctimas.

Hoy nuestros gobernantes se enfrentan   a una realidad que juraron cambiar para bien, pero se han topado con una descomposición moral mayúscula. El Estado abdicó de su responsabilidad principal: la de cuidarnos, la de orientar a la ciudadanía generando condiciones para  que cualquiera persona pueda desarrollar sus conocimientos y habilidades para su realización y una integración social afín a sus aspiraciones. Se requiere, sin duda, un orden institucional, leyes y una administración de justicia que generen confianza. Es indispensable la participación de la ciudadanía para el bien común; la apatía no es buena consejera.

Ahora mismo, porque viene al caso, la gobernadora Indira Vizcaíno también es víctima de las circunstancias. Sigue celebrando reuniones de trabajo, gestionando apoyos, entregando tarjetas del bienestar a adultos mayores, tocando puertas aquí y allá en la ciudad de México en busca de una solución que está en buena medida en cada uno de los hogares, aunque se le critica porque ante la adversidad luce a veces sonriente en redes sociales.

En los hogares, pues,  es donde se fragua lo bueno o lo malo de lo que está ocurriendo. No quiero decir con esto que ella no tenga responsabilidad, claro que la tiene como gobernante responsable y solidaria frente a todos solo que el daño que la propia sociedad se ha auto infligido aparece hoy como insuperable muy a pesar de las millonadas de pesos que se gastan en brindar seguridad con tantos policías y soldados que ocupan parte de su tiempo en vigilar calles, pero a la vez recogiendo cadáveres o restos de personas ejecutadas.

Los gobiernos están gastando en seguridad recursos millonarios que debieran destinarse a educación, es evidente. Con buena educación, no requeriríamos ni soldados ni policías y estaríamos compitiendo con otras naciones que obligaban a sus habitantes, de siglos atrás, a saber por lo menos leer y escribir antes de autorizarles un matrimonio civil.

El camino de recuperación es largo, sinuoso, pero hay que transitarlo mediante el establecimiento de políticas efectivas, de leyes que se cumplan, que encierren un compromiso total por parte de quienes dirigen los gobiernos. La seguridad es responsabilidad colectiva, pero los gobiernos son primeramente solidarios frente a esa exigencia.