TIERRA DE CHANOS

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Por José Díaz Madrigal

Todavía quedan restos desbalagados por distintos lados, tanto materiales como vegetales; de lo que fue una próspera rancheria. En el Ensayo estadístico de la municipalidad de Colima, del año 1880 elaborado por Gregorio Barreto, se contaron 250 habitantes.

Aquel poblado que para la época era mucha gente, desapareció; quedando únicamente los ruinosos vestigios de que en aquel lugar, hubo tiempos mejores. Como lo indica por ejemplo la cortina de una presa azolvada, un pequeño pero hermoso acueducto de ladrillo rojo; pegado con cal sin cemento o el brocal tapado de un vetusto pozo de agua. Además numerosos árboles de mango corriente, muy viejos; entreverados en un bosquesillo de higueras, huizilacates y gigantescas parotas.

El lugar abandonado a su soledad, es idílico; produce tal seducción que invita a caminarlo sin prisa, despacio; para escuchar el rumor del viento que en las dulces tardes de estío, frota las copas de los árboles; dejando sentir a quien se atreve a recorrer aquella frondosidad, un sentimiento de apacible tranquilidad, aderezado de un diáfano y puro reposo.

Aquella aldea ya desaparecida, era el antiguo Chanal; anterior al que conocemos actualmente. Se ubicaba a poco más de dos kilómetros hacia el noreste del emplazamiento que hoy existe.

El profesor Aniceto Castellanos, fue un educador aficionado a la arqueología; por recomendación de algunos moneros que conocían y trajinaban la zona, le indicaron el paraje de donde más extraían piezas de cerámica. Lo llevaron al sitio y Don Cheto con ojo avizor, le llamaron la atención ciertos montículos que tenían en su base, la saliente de piedras acomodas en orden. En sus tiempos libres y con sus propios recursos, se encargó de investigar aquellas elevaciones llenas de maleza; descubriendo las llamadas Pirámides del Chanal.

Este hallazgo lo hizo en la año de 1943, dando un reporte a las autoridades, concretamente al recién creado INAH. De la ciudad de México le enviaron un arqueólogo profesional, que todo el tiempo que estuvo explorando; se apoyó en Don Cheto. Emitiendo un informe bastante completo, hasta 1945.

El Chanal fue el último asentamiento precolombino de mayor importancia en el valle de Colima. Se perdió en el tiempo poco antes de que llegaran los españoles, es decir, cuando estos arribaron, el Chanal era un sitio desolado. Sin embargo tuvo su momento de mayor esplendor hace 700 años, según lo refieren algunos indicios; 200 años antes que vinieran por vez primera los ibéricos.

La región del Chanal, recibe su nombre de una leyenda; esta hace referencia de unos seres mitológicos que habitaban y se movían en la cercanía de ríos y arroyos, les llamaban «CHANOS» que se encargaban de cuidar y custodiar las fuentes de agua; muy posiblemente como recuerdo del culto a Tláloc, dios del agua y de la lluvia; que está representado en el lugar, grabado en diversas piedras, sobre todo en las gradas de una escalinata que conduce a la parte superior de la pirámide.

El Chanal es la única localidad, que sugiere un importante centro ceremonial y de culto a la deidad del agua y también como medio para honrar la memoria de los muertos. En el mundo precortesiano vida y muerte, eran parte de una misma realidad, el bienestar de los muertos repercutía en el mundo de los vivos. Esa era la razón de las ofrendas que colocaban en las tumbas, objetos que el difunto empleaba para el viaje al más allá: ollas, molcajetes, metates o figuras de pericos, palomas, tigrillos, el famoso perro colimote representado en los perros bailarines; todas imágenes y esculturas de barro la mayoría, tenían un significado mágico para el finado.

Los innumerables sepulcros que fueron saqueados por los moneros, contenían mucho de los objetos ya mencionados; eran bien pagados por traficantes de piezas arqueológicas. Era en aquellos años tan floreciente ese ilícito negocio, que muchas personas del campo se dedicaban a ser moneros; pero también le dieron la pista a Don Cheto para encontrar ese yacimiento arqueológico.

Todo parece indicar que Aniceto Castellanos, hizo la invitación a algunos vecinos del Chanal de arriba, a que se vinieran a vivir cerca de la pirámide recién hallada. Gradualmente se fueron convenciendo y se vinieron a radicar a este nuevo Chanal, que viene siendo la auténtica «TIERRA DE CHANOS» dejando en el infiel olvido, al sosegado asentamiento anterior; con su presa, su acueducto, su obstruido y triste pozo; que en las frescas mañanas iban en grupo, parlanchinas, alegres y canturreando, las muchachas bonitas a llenar su cántaro de agua.

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