Mercedes, quien apenas rebasaba el metro de estatura y sólo contaba con tres dientes en la encía superior, dijo en entrevista –acompañada de su hija Refugio– que se dedicaba a vender cerillos afuera de un mercado en el municipio de Nezahualcóyotl, excepto los domingos que rigurosamente va a misa. Madre e hija, al igual que la mayoría de los 15 mil asistentes, traían puesta una playera de color rojo con la leyenda en la parte de la espalda que decía: Antorcha con Peña Nieto, gobernador que cumple.
Eran las 11:15 de la mañana. La señora Hernández y su primogénita ya habían pasado caminando los tres retenes de policías estatales quienes habían colocado vallas metálicas cuatro calles a la redonda del hospital, con el fin de que no ingresara ningún vehículo no autorizado. Sin embargo, los uniformados agarraron parejo y tampoco dejaron pasar los coches de los invitados especiales a los que el gobierno local les había enviado la invitación con un tarjetón de estacionamiento para que pudieran acceder sin ningún problema.
Luego de cruzar el último retén con detectores de metales, Mercedes y su hija ingresaron a la explanada del hospital cubierta a todo lo alto con carpas blancas mientras se escuchaba a todo volumen: “Suave, Suave, Suavecito/ Quiero llegar a tu corazón/ Suave, Suave, Suavecito/ Para tener por siempre tu amor”. Las mujeres caminaban buscando un lugar para sentarse en tanto pisaban con sus zapatos de plástico la tierra con grava que se encontraba en toda la zona. Encontraron un par de sillas de plástico negras empolvadas que tenían el logotipo de la empresa Caballero. De ahí ya no se movieron. El micrófono interrumpió la música para anunciar que se había extraviado una niña, la cual cinco minutos más tarde fue encontrada y devuelta a su abuelita, a quien iba acompañando.
Al frente estaba el escenario a donde se tenía previsto que llegara el gobernador del Estado de México, acompañado de su esposa Angélica Rivera de Peña, para dar el discurso de inauguración. Estaban montadas dos pantallas gigantes a los lados con el fin de que los lugares más alejados del podio pudieran observar al llamado “verdadero góber precioso”. Mientras tanto, los grupos de personas que estaban casi al frente del escenario, motivados por el conductor del evento, ensayaban las porras: “Se ve, se siente, Antorcha está presente”. Luego vinieron las pruebas de “La ola”.
Nada como la música para ambientar la espera, así que de las bocinas salía la canción “Urge”, del compositor Martín Urieta. En ese momento llegó a la zona de invitados especiales el político Roberto Campa, ex secretario Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Publica del gobierno Federal. Casi detrás de él venía Maritza Rivera, hermana de la Primera Dama del Estado de México, acompañada de la hija mayor de Angélica: Sofía.
En la zona VIP los asientos eran acolchonados y de tela roja. Al ritmo de la melodía “Caminos de Michoacán” los ocupantes de la primera fila empezaron a llegar. Los priistas César Camacho Quiroz e Ignacio Pichardo Pagaza, ambos ex gobernadores del Edomex, se sentaron un par de lugares al lado de los destinados para Peña Nieto y su mujer. En esa misma fila, la más cotizada, estaba el empresario Jaime Calmil, –papá del actor y conductor del mismo nombre– quien llegó acompañado de su hijo Jorge, sentado un par de filas más atrás.
Las dos hermanas del primer mandatario mexiquense, Ana Cecilia y Verónica Peña Nieto, ocuparon la segunda y tercera fila, respectivamente, acompañadas de sus esposos. A las 12:02 la canción “Mujeres divinas” fue dedicada por el conductor a las mujeres antorchitas que se encontraban en el evento, quienes calentaban garganta con porras y gritos para cuando llegara el festejado, pues ese mismo día Peña Nieto cumplió 45 años de edad.
Pocos minutos después del mediodía estaba descendiendo el helicóptero en el que viajaban Enrique y su esposa. El funcionario se aproximó a las invitadas que, tras las vallas de metal, le estiraban la mano, desesperadas, para saludarlo o para pedirle tomarse una foto con él. A todas les cumplió. Angélica hacía lo mismo con sus fans. Metros más adelante las antorchitas le coreaban “Voltea, amigo, Antorcha está contigo”. Pero no se escuchaba su voz debido al sonido de la música hecha especialmente para los eventos de los compromisos cumplidos.
Paralelamente el staff del gobernador repartía a los funcionarios del gobierno chalecos rojos con la leyenda en la espalda “600 compromisos”. Algunas de estas prendas estaban personalizadas con el nombre del usuario en el lado superior izquierdo, como en el caso de Luis Videgaray Caso, presidente del PRI Estado de México. Alguno de los repartidores le dio un chaleco sin nombre a Roberto Campa, quien se lo puso de inmediato.
En cada pausa del discurso del priista las porras no se hacían esperar. Pero la que le arrancó una sonrisa al gobernador fue: “Enrique, te queremos para Presidente”. Peña Nieto, enfundado en pantalones negros con camisa color durazno agradeció “los deseos” de la gente y, al intentar bajar del estado, entró la música del mariachi cantándole Las Mañanitas. Pocos minutos después el pastel subió a escena con el número 600. Luego de apagar las velitas, el festejado dio una ligera mordida, a petición del público. Vinieron las fotos con los suyos, los del gobierno, los amigos del gobierno, y los organizadores del evento. Fue alrededor de las dos de la tarde cuando se dio por finalizado el encuentro.
Entre la multitud, Mercedes y su hija se perdieron. La muchedumbre de “camisas rojas”, vendedores ambulantes y policías no permitió volverlas a ver, por lo que queda en la incertidumbre si, a lo lejos, la señora que iba con la encomienda de darle su bendición a Peña Nieto cumplió su objetivo.





