LAS TELENOVELAS NO EDUCAN
Por: Carlos Orozco Galeana
Un exsecretario de educación ya fallecido, Alonso Lujambio, aseguró un año antes de su muerte que “la televisión, llamada por muchos ‘caja tonta’, puede ser la más lista y un instrumento poderoso para abatir el rezago educativo y el analfabetismo”. En esa estrategia, las telenovelas son según él, una manera de educar. La verdad es que deseaba ser presidente y no iba a quedar mal con Televisa.
Reconoció Lujambio en aquel tiempo que en los últimos sexenios, el analfabetismo solo se había reducido un 2.6, lo que implicaba reconocer, entonces, que el Estado, la sociedad y la televisión en su conjunto habían fracasado en esa lucha contra la ignorancia. Recuerdo lo que dijo uno de los fundadores de Televisa: nos dedicamos a distraer, no a educar a nadie, para eso está la escuela, la universidad (Emilio Azcárraga, el tigre)
De acuerdo con los resultados del último Censo de Población y Vivienda, la tasa de analfabetismo es hoy de 5.1%, aunque “sólo 1.9% de los jóvenes mexicanos entre 15 y 29 años de edad se encuentra en situación de analfabetismo; el problema que persiste es entre la población mayor de 29 años”.
México es una sociedad atrasada con 33 millones de personas sin educación básica mayores de 15 años, entre los que hay 5 millones al menos de ninis, los que ni trabajan ni estudian, y por eso podemos hablar que el Estado mexicano tiene una deuda pendiente con esa gente.
Las telenovelas, definitivamente, no educan sino deforman las conciencias. Contienen mucha violencia y una cauda de conductas reprobables por parte de los guionistas, malos por cierto, puros fusiles hacen, y los actores. Se suceden las traiciones, los egoísmos, la maldad, las muertes en las series larguísimas en que se constituyen. No hay lugar en ellas que promuevan los buenos sentimientos, las buenas razones, el respeto, la confianza, etc. Por ello digo que no educan.
El Estado debe procurar una modificación de los criterios que rigen su relación con los concesionarios para que los intereses sociales sean considerados en la estructuración de los servicios que ofrece toda televisión al público, porque si bien es cierto que hay algunos espacios culturales, están programados en tiempos en que todo mundo está trabajando y en canales que no tienen cobertura amplia o que poca gente ve. Y salvo el Canal 22 y el 11, lo demás es aridez cultural.
La buena educación ha de ser masiva. El Estado no puede seguir autorizando el universo eléctrico para el puro enriquecimiento de los concesionarios. Estos han de solidarizarse con la población y el Estado, vía normas jurídicas expresas, ha de defender el interés público. Si bien hay televidentes que se solazan con la señora Laura Bozzo, hay millones de mexicanos que desdeña la basura que produce.
Si eso no ocurre, seguirá la gente peor que como está hoy. El mundo está avanzando y hay naciones que están empujando muy fuerte en su educación y en el pensamiento innovador. Esto debe hacérsele saber a los mexicanos rezagados para ver si se animan a hacer un esfuerzo para educarse, dirigir mejor sus familias y tener opciones de mejoría laboral. Y para ser personas mejores.
Lo deseable es que la gente piense mejor y deseche la chatarra que son las telenovelas. Estas no educan sino que son ocasión para perder el tiempo y enredarse en situaciones poco constructivas. La televisión manejada con criterio de utilidad es sin duda un vehículo adecuado para la transformación social, pero si se le usa con fines ideológicos y de enriquecimiento de sus concesionarios, entonces asistimos a un gran desperdicio que tiene mucho de injusto.

