CAMBIO, PERO CON EDUCACIÓN
Por: Carlos Orozco Galeana
La reforma educativa ha hecho difundir a la SEP que ahora sí los problemas se resolverán y que la reforma constitucional promulgada recientemente irá viento en popa y terminará mejorando la educación; que ahora sí habrá participación social para superar insuficiencias que nos estancan, visibles en los exámenes de medición de conocimientos que con frecuencia se hacen en nuestros centros escolares y que se miden incluso internacionalmente.
No faltan los que siguen adjudicando al régimen la obligación absoluta de perfeccionar las cosas, se ignora que el éxito no se logrará con la participación parcial o miserable de los profesionales de la educación, de los padres de familia o de organizaciones civiles, ni por decreto gubernamental.
Es decir, todos debemos luchar por tener una buena educación. El gobierno tiene un liderazgo fantástico que aplicar en la realidad, el poder y los medios para cumplir con lo que la Constitución le exige; tiene capacidades formidables para dialogar con los actores vinculados al quehacer educativo y los instrumentos para provocar los cambios. Tiene la fuerza para innovar, potenciar capacidades y tornar los problemas en oportunidades para que todos los mexicanos accedan a una educación de calidad.
El gobierno tiene el deber de incidir en un cambio cultural que ponga en el centro de la atención la educación para todos los mexicanos, sin excepción y con igualdad de coyunturas. Y yendo más allá, propugnar que ese cambio sea perfilado por toda la sociedad, padres de familia y organizaciones civiles principalmente, mediante su inclusión en la formulación de planes y programas de estudio.
La SEP hace énfasis en que debe superarse la enseñanza expositiva y la memorización y convertir al salón de clases en un espacio social de producción de conocimientos donde los niños sean capaces de solucionar problemas mediante el raciocinio y la enseñanza. “La mejora de la enseñanza no es responsabilidad de los maestros nada más sino de todo el sistema educativo en general”. Y algo todavía más claro, según la SEP, es que los problemas educativos no se resuelven con marchas o movilizaciones de protesta sino invirtiendo tiempo y dinero para la profesionalización docente y los cambios necesarios.
Desde hace muchos años, la ciencia educativa ha demostrado que la enseñanza memorística no arraiga en la formación pues el niño olvida pronto, casi todo, lo que memoriza. No fija en su intelecto lo esencial, lo que puede ser la base del conocimiento mediante la reflexión. En mi época, ¡ay de aquel niño en primaria que se trabara en la dicción de la clase que se aprendía de memoria!, pues era objeto de burlas de sus compañeros con un “éjele, se le olvidó” y de castigo por sus maestros, aferrados a esa exigencia.
Como sociedad hemos de evolucionar y asumir obligaciones. Si el gobierno quiere mejorar la educación, ha de empeñarse en favorecer el desarrollo de la conciencia y la asunción de valores fundamentales para una vida recta. Al gobierno en general le han crecido los enanos (la inseguridad pública y las demás crisis) porque se olvidó de las familias y dejó hacer lo que debía en la construcción de humanidad.
Si hay voluntad presidencial de corregir en lo que hemos fallado, ha de convocarse desde ese poder a una toma de conciencia de todos los mexicanos para recuperar la mística de la formación moral en las familias y proponer actitudes edificantes para tener una sociedad sana. Y poner el ejemplo.
Es con la educación como ha de reconquistarse la armonía perdida. No nos hagamos “bolas”: La solución de México no está solo en la economía, ni en el equipamiento de las distintas fuerzas coactivas, sino en la incubación de una espiritualidad sensible a la caridad, renuente a la codicia y a las ansias de poder, cercanos a la justicia en nuestros actos, al respeto y a la humildad como formas de conducirnos ante los demás.

