MADRE TERESA
Por: Carlos Orozco Galeana
El domingo pasado el papa Francisco canonizó a la Madre Teresa de Calcuta, inscribiéndola entre los santos para que sea venerada por toda la Iglesia; se destacó como una persona eminentemente solidaria con los pobres y recibió el Premio Nobel de la Paz en 1979.
Fue un evento que, al menos en México, pasó inadvertido. El affaire Peña- Trump, el deceso de Juan Gabriel y el ajuste en el gabinete, le robaron vistosidad a un acto de alto contenido humanista, séase o no miembro de la grey católica, como fue la santificación de aquella mujer nacida en Macedonia.
Sobre ella, el papa dijo que hizo sentir su voz a los poderosos de la tierra, para que reconocieran sus culpas ante los crímenes de la pobreza creada por ellos mismos. Fue “una trabajadora de la misericordia que ayudó a comprender que nuestro único criterio de acción debe ser el amor gratuito, libre de toda ideología y de todo vínculo y que debe ser desparramado sobre todos sin distinción de lengua, cultura, razón y religión”.
La misericordia de Dios no es una idea bonita, sino una acción concreta; la misericordia humana no será auténtica hasta que no se concrete en el actuar diario”, enfatizó el papa para quien la credibilidad de la Iglesia también se basa en el servicio de voluntarios que se encargan de “los niños abandonados, los enfermos, los pobres sin comida ni trabajo, los ancianos, los sin techo, los prisioneros, los refugiados y los emigrantes, así como a todos aquellos que han sido golpeados por las catástrofes naturales”.
La Madre Teresa dedicó su vida a los marginados de la sociedad y a los enfermos. Desde los 18 años de edad, ingresó a la orden jesuita de las Hermanas de Loreto, donde se formó como misionera, luego creo la Orden de las Misioneras de la Caridad y abrió hogares para niños y hospicios.
Aparte de su vida entregada en la India durante unos 20 años, hay una serie de pensamientos suyos orientados a esclarecer el amor humano, la generosidad, el sacrificio, el bien. Pero hubo quienes la criticaron porque no encontraban explicación a lo que hacía con tanto amor: curar enfermos que estaban incluso en situación de desahucio. Ya se sabe que el egoísmo se retuerce de molestia cuando se topa con la magnanimidad.
La Iglesia católica tiene una santa más, y Premio Nobel además. Dos grandes distinciones sin duda, a la altura del reconocimiento de lo que fue su ministerio. La Madre Teresa dejó profunda huella de servicio, y por ello es venerada en todos los continentes.
Su vida fue de gran sacrificio. Ella, tan humilde, tan pequeña físicamente como Gandhi, movió corazones y estremeció gobiernos insensibles para los que los miserables de la tierra no contaban. Los pobres son, la mejor de las veces, un número estadístico, pero no el centro de acciones gubernamentales. Cuando más, los gobiernos y los capitalistas que se algo se conmueven, les tiran migajas para saciar su hambre temporalmente. Les dan despensas, láminas de cartón, acaso becas y otros apoyos mínimos, pero les arrebatan su dignidad al no crear condiciones propicias para su desarrollo.
La madre Teresa dejó una escuela de bondad para que viéndonos en ella como espejo, reprodujéramos el amor que Cristo nos comunicó como la forma única de ser gratos a nuestro Creador. El mundo tiene necesidad de solidaridad, sobre todo ante la tentación de la indiferencia, y requiere personas capaces de contrarrestar con su vida el individualismo, el pensar sólo en sí mismo y desinteresarse de los hermanos necesitados, citó el papa Francisco.
En efecto, el mundo anda de cabeza porque los humanos somos reacios a seguir los buenos ejemplos en forma permanente y no quitamos el ojo de una vida placentera, ególatra, gacha, y no reaccionamos ante el bien que muchos hacen pudiendo hacer nosotros lo mismo. ¡Que viva por siempre la Madre Teresa! Que viva la gente que se dona a sí mismo a los demás y que tiene por vocación el amor al prójimo, sabia enseñanza de Jesús de Nazaret.

