PROTEGER A LOS MIGRANTES
Por: Carlos Orozco Galeana
El papa Francisco hizo en diciembre pasado un llamamiento a las parroquias, a las comunidades religiosas, a los monasterios y a los santuarios de toda Europa para que acogieran a una familia de refugiados.
Más que una petición, estas palabras del Papa contienen una orden: “Me dirijo a mis hermanos obispos de Europa, verdaderos pastores, para que en sus diócesis atiendan mi llamamiento, recordando que Misericordia es el segundo nombre del Amor. Jorge Bergoglio, que así se llama él, cita un pasaje del Evangelio de Mateo: “Todo aquello que hicisteis a uno solo de mis hermanos más pequeños, me lo habéis hecho a mí”.
Francisco advierte a los católicos que, “frente a la tragedia de decenas de miles de prófugos que huyen de la guerra y del hambre”, el Evangelio los llama a atender a los más pequeños y abandonados. Hay que darles, explica, “una esperanza concreta. No solo decirles: “¡Ánimo, paciencia…!”. La esperanza es combativa, con la tenacidad de quien se dirige a una meta segura”.
El Papa ha insistido desde el inicio de su pontificado en la problemática mundial que causa la migración en el mundo, que se caracteriza por anular derechos humanos a la vida digna, al trabajo y a las oportunidades que toda persona debe tener. Las guerras han escandalizado porque claramente están inspiradas por las disputas del poder entre gobernantes y entre tiranos y el terror; en esa dinámica de destrucción no importa la condición de género ni el número de muertos, sino imponer la ley del que tiene armas más poderosas y más ambiciones.
Los migrantes no salen de su destino por gusto sino por necesidad. Muchos dejan a sus padres, esposas e hijos, y la verdad sufren demasiado. No hace mucho tiempo, allá por Tamaulipas, los asaltaban y los mataban por montones, su muerte servía incluso de justificación de los sicarios para ser aceptados por los grupos criminales.
Cuando tuve un cargo público en Manzanillo relacionado con la migración y dialogaba con ellos, me percaté de lo que escribo. Sus rostros denotaban tristeza, cansancio y miedo por no saber qué es a lo que se enfrentaban. Me decían que cuando salían de su país, no sabían si regresarían con vida algún día. Así de trágica es esta cuestión.
Esta época se significa por la carencia del sentido humanista en las relaciones entre las personas. Para muchos, los seres humanos no son personas. El peor enemigo de los migrantes son, en primer término, los que quieren abusar de ellos, policías, maras salvatruchas, células criminales, y en segundo lugar sus mismos compañeros de aventura. Y entre los políticos, cite usted a Donald Trump, el más ruin y descarado a nivel mundial.
Si sufren tanto estas personas ¿ por qué en los lugares donde los atrapan sin documentos los tratan mal si de por si llevan una carga moral fenomenal ?¿ por qué no tratarlos con misericordia, apoyarlos en lo que se pueda para que prosigan su camino, o en su caso sean devueltos a sus lugares de origen?
Tenemos que humanizarnos, vernos uno mismo en los otros. Hacer actos buenos por los migrantes es hacerlo por el mismo Jesús que amaba a los pequeños, a los desprotegidos.
Que los gobiernos se compadezcan de nuestros migrantes – sí, todos son nuestros – y propugnen el respeto, la justicia y la solidaridad para todos ellos.
No se caiga en la misma actitud de los abusadores. Los migrantes son personas que tienen una dignidad que debe ser respetada. Cualquier mexicano tiene la obligación de denunciar cualquier acción que los dañe, y quienes tienen la obligación legal de cuidarlos han de saber que la viabilidad de un estado solidario pasa por la protección de todos los habitantes de un territorio determinado.
Por último, muchas regiones en el mundo han vencido al hambre por el esfuerzo que ellos hacen en los campos y las fábricas. Verdaderos héroes en nuestra vida moderna, los migrantes son ejemplo de amor, perseverancia y fe porque se ofrecen todos los días en sacrificio para ver por los suyos,, para ver por otros.

