SAN MIGUEL DE LA MORA

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Para el padre Eduardo de la Mora

Por José Díaz Madrigal

Fue el domingo 21 de mayo del año 2000, en La Basílica de San Pedro de ciudad del Vaticano; cuando el Santo padre San Juan Pablo II, en la homilía de ese domingo la dedicó completamente al pueblo de México. En aquel día se celebró la canonización de 27 Santos mexicanos. Todos ellos murieron mártires, defendiendo la libertad religiosa en tiempos de la Revolución Cristera. De entre ellos, hubo uno de la Diócesis de Colima. . . San Miguel de la Mora.

El próximo sábado 7 de agosto, se cumplen 94 años que fusilaron al Padre Miguel de la Mora, por los soldados del mayor matón de mexicanos del siglo pasado: Plutarco Elías Calles. La lucha armada del periodo de la Revolución Cristera en Colima, dió inicio el 5 de enero de 1927; el mismo año que mataron al Padre Miguel. Antes de esta fecha, se habían hecho múltiples intentos por parte de la ciudadanía para evitar acudir a las armas.

Como ya se ha señalado en otras colaboraciones dominicales, el radicalismo impulsado desde la presidencia de la república; ordenando el cierre de templos y seminarios en México, orilló a la gente de conciencia religiosa a defender lo más sagrado de su ser: la fe y la esperanza. Los intentos de solución previos  al levantamiento de los Cristeros, no dieron resultados; al contrario con la altaneria y arrogancia propia de gobiernos despóticos, eran cosa común los atropellos, persecuciones y asesinatos que tenían a la gente en el puro susto. No quedó más remedio que toparle a los guachos de Calles.

El movimiento comenzó con tan solo tres jóvenes de aquí de la ciudad de Colima, los tres eran civiles que no tenían experiencia militar. Salieron oscura la mañana rumbo a Cuauhtémoc, únicamente con dos pistolas y unos cuantos pesos en el bolsillo. Se les empezó a unir la gente de diferentes rancherías y poblaciones de alrededor, ubicando el centro de control guerrillero en Caucentla al norte de Tonila. Este fue el grupo pionero de Cristeros colimotes. El ánimo prendió entre los habitantes de aquella zona y, no había quien no quisiera pertenecer al ejército de la libertad.

Pronto se supo en Colima de la existencia del grupo rebelde, el gobernador Solorzano envío a la gendarmería montada en busca de los alzados; por los lugares que pasaban iban haciendo abusos y tropelías. En el rancho de La Arena, cerca de Quesería, desataron una balacera haciendo correr a los moradores. No lejos está Caucentla, después de escuchar los disparos, enfilaron hacia La Arena 15 jóvenes rebeldes en su defensa; con tácticas propias de las guerrillas, les tumbaron 18 policías de la montada dejándolos bien difuntos, los demás lograron escapar. Dentro del grupo de jóvenes que acudió en auxilio, no hubo bajas. Este agarre ocurrió en el mismo mes de enero del 27, siendo así el bautizo de fuego del ejército libertador.

Los meses pasaban, hubo diversos encuentros entre gobiernistas y cristeros; la mayoría de las veces con resultados funestos para los de Calles. Mientras tanto aquí en la ciudad de Colima, con los templos cerrados, por el rigor de la mal llamada Ley Calles; el padre Miguel de la Mora, decidió seguir celebrando La Eucaristía de forma clandestina, en su propia casa y en otras de distintos barrios. Familiares y amigos le suplicaban que se fuera de la ciudad para salvarse del peligro, puesto que el agresivo y mal encachado general Flores, jefe de operaciones militares, vivía enfrente de su casa. El padre Miguel respondía: no, ¿como va a quedar Colima sin sacerdotes?. Pero un día fue descubierto por Flores y dió indicaciones que lo aprehendieran, obtuvo libertad bajo fianza con obligación de presentarse a firmar diariamente al cuartel; Flores le advirtió que debería abrir al culto La Catedral, dándole a entender que como iglesia independiente a la Católica; sí no lo hacía iría a prisión otra vez.

Sensatamente acepto la sugerencia de retirarse de la ciudad debido al cambio de circunstancias. La madrugada del 7 de  agosto de 1927, ensilló su caballo y junto a dos compañeros se dirigió a La Sierra del Tigre. Clareaba el día cuando se detuvieron en Cardona para tomar café, una señora le preguntó: ¿Padre, me puede casar a mi hija? Respondió que si. Para esto no faltó algún agrarista barbero y lame botas de Flores que escuchó la respuesta. De inmediato los detuvieron, les quitaron su cabalgadura; los trajeron de regreso a pié, presentadolo ante el desalmado Flores. Este furioso, porque consideraba una burla la malograda huída, le gritó a bocajarro: «orita mismo se lo va a llevar la tiznada, porque lo voy a fusilar».

Al oír su sentencia, tranquilamente sacó su rosario y empezó a rezar. Lo condujeron al corral del cuartel -la actual escuela Tipo, frente al Jardín Núñez- le indicaron donde se colocara, levantó el crucifijo que diario traía consigo, otorgando el perdón a sus fusiladores. En ningún momento dejo de hacer oración, hasta que sonaron las descargas de aquellos pavorosos y mortiferos Mausers de los soldados. Era medio día de aquel fatídico 7 de agosto de 1927.