Por: Renato González
Cada cierto tiempo, especialmente en contextos electorales, reaparece una idea tan ruidosa como irreal: la posibilidad de una intervención militar de Estados Unidos en México. El argumento suele apoyarse en la violencia del narcotráfico y el poder de los cárteles. Sin embargo, este planteamiento ignora un factor central que define la relación entre ambos países: su profunda interdependencia económica.
Estados Unidos y México no son solo países vecinos; funcionan como un sistema económico integrado. Son socios comerciales prioritarios y comparten cadenas de suministro en sectores clave como la industria automotriz, la electrónica, la agricultura y los dispositivos médicos. En muchos casos, un mismo producto cruza la frontera varias veces antes de llegar al consumidor final. Pensar en una invasión equivale a imaginar a Estados Unidos destruyendo parte de su propio aparato productivo.
Esta integración no es accidental. Acuerdos como el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) y posteriormente el Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC) fueron diseñados para unir estructuralmente las economías de América del Norte. En un contexto de competencia global y relocalización industrial, México se ha convertido en un pilar estratégico para la competitividad estadounidense. Romper esta relación por la vía militar no tendría ningún beneficio económico ni estratégico.
A estas consecuencias se sumarían efectos inmediatos y profundos: interrupción del comercio, aumento de la inflación, fuga de capitales, disrupción industrial y una crisis humanitaria en la frontera. Ningún gobierno estadounidense podría sostener políticamente un escenario de este tipo.
Quienes utilizan la existencia de los cárteles como justificación olvidan que el narcotráfico es un fenómeno transnacional. Existe por la demanda de drogas en Estados Unidos, por el flujo de armas desde su territorio y por mecanismos de lavado de dinero que operan a ambos lados de la frontera. No se trata de un problema exclusivamente mexicano, sino compartido.
Además, los cárteles no son actores estatales. La experiencia internacional demuestra que las intervenciones militares externas no eliminan las redes criminales; por el contrario, tienden a fragmentarlas y aumentar la violencia. Paradójicamente, estas organizaciones también dependen de cierto grado de estabilidad para operar. El caos total de una guerra entre Estados sería perjudicial incluso para sus propios intereses.
Por estas razones, la cooperación bilateral —en inteligencia, control financiero, regulación del comercio de armas y políticas sociales— sigue siendo la única vía realista. La interdependencia económica entre Estados Unidos y México actúa como un freno estructural frente al conflicto armado.
La idea de una invasión pertenece más al terreno de la retórica política que al de la política real. En los hechos, ambos países están demasiado conectados como para enfrentarse militarmente. La economía, silenciosa pero contundente, es el verdadero factor disuasorio.
*Las opiniones expresadas en este texto de opinión, son responsabilidad exclusiva del autor y no son atribuibles a CN COLIMANOTICIAS.

