Por: José Díaz Madrigal
Desde que en México se incubó la idea de independencia, siempre hasta nuestros días, han existido los opositores a los dirigentes que están de pasada en el poder. Hidalgo el iniciador del movimiento emanicipador, los tuvo internos en sus mismas filas, así como externos los que estaban en contra del levantamiento armado.
Tuvieron que pasar más de 60 años, para que por fin el país agarrara el paso y entrara por el camino de la paz; dejando atrás los constantes alzamientos, entre partidarios de un bando político respecto a otro. Esta anhelada estabilidad se logró hasta que Porfirio Díaz arribó al poder, poniendo orden en el caos de tantos años de inestabilidad política, escasez económica e inseguridad.
Sin embargo la estridencia política no se agotó, sólo se contuvo; se permitían protestas controladas, que no afectaran a la población ni sus pertenencias.
Un periodista de esa época describe lo que él llama protesta Jacobina en el año 1895, ya bien cimentado el porfirismo. Resulta que luego de terminar unas concurridas fiestas Guadalupanas -por cierto mañana inician- cuando la mayor parte de la población, en sano y alegre esparcimiento fueron a visitar durante 12 días seguidos Catedral; un pequeño grupo de personas sacaron por la fuerza a estudiantes de varias escuelas -acarreados- con el objetivo de marchar por diversas calles, en una manifestación contra el clero.
Esa protesta era una especie de envidia laica. Puesto que el clero sin fuerza no representaba peligro alguno para el gobierno, el detalle es que aquel sin acudir al acarreo involuntario llenaba los templos.
En cuanto pasó el desfile de estudiantes, en la retaguardia se unió a la marcha hombres vestidos de levita, que de lejos se veían que eran de la burocracia gubernamental. En el trayecto, en cada esquina de las calles, algún orador gritaba y gesticulaba con ademán de amenaza, contra sacerdotes y monjas inofensivas.
Quizá detrás de una ventana estuviera alguna monjita asustada por las intimidaciones vertidas, por los rabiosos anticlericales. Todo aquello era un rebaño conducido por las logias de la escuadra y el compás, como advertencia al pueblo Católico que se atrevió a estar contento en el docenario de las fiestas de Nuestra Señora de Guadalupe.
Al llegar a la plaza principal se escuchan los gritos de: viva Juárez, mueran los curas y las monjas, viva Porfirio Díaz. La policía de la montada, estuvo siempre alerta sin permitir desmanes o disturbios; cosa que los manifestantes tampoco se atrevieron. Se sabía que Don Porfirio dejaba ladrar de cuando en cuando a sus perros, pero no les permitía morder.
Poco después que la actual presidenta municipal de Uruapan, la viuda del asesinado Carlos Manzo, la joven señora Grecia Quiroz, declarara ante los medios que también se debería investigar a los morenistas Leonel Godoy, Raúl Morón e Ignacio Campos; por posible implicación en la muerte del que fuera presidente municipal de Uruapan.
No tardó el más detestable de los senadores que componen el Senado de la República, Noroña, en abrir su horrenda boca para atacar a una mujer dolida porque le mataron a su valiente esposo. Dijo, la ambición ya se le despertó y va por la gubernatura de Michoacán, se los firmo. Va a ser candidata, pero de ahí a que nos gane hay un mar de distancia. Tendrá todo el apoyo de los partidos de oposición debido a que requieren de figuras fascistas, para legitimar a la derecha.
Carlos Bautista, diputado michoacano salió al quite para defender a Grecia: ¿cómo te atreves a meterte con una víctima, cuando no entiendes su dolor? Bautista exigió al estúpido de Noroña dejarla en paz. A ti que te preocupas por respirar sólo política, métete conmigo, pero a Grecia déjala en paz. Y sí quieres hablar, aquí te espero en Uruapan o dime a donde voy. . . Cabrón.
Ni la propia Sheinbaum estuvo de acuerdo en la desgraciada declaración de su correligionario Noroña.
En tiempos del mejor presidente que hemos tenido los mexicanos, Porfirio Díaz -pa’que le sacamos cañas al tercio- tal como lo narra aquel periodista, Don Porfirio dejaba ladrar a sus perros pero les tenía prohibido morder. Los tenía educados, con tan sólo una mirada controlaba a la perrada, sin necesidad de reprenderlos en público o en privado.
La actual jefa del ejecutivo, si se vió en la obligación de regañar públicamente a su insolente perrillo faldero -ni siquiera llega a perro callejero- Noroña, que no muerde, ya lo vimos como corrió con Alito; pero ¡ah! que ruido hace con sus ladridos, incomodando a los de casa y también a la oposición.
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