Por: José Díaz Madrigal
Visitando a un enfermo en el área de pediatría del Hospital Militar de Guadalajara, conocí a un viejo soldado de la marina mexicana. Había acudido a ese nosocomio para ver el estado de salud de un nieto internado en ese lugar. El hombre, buen conversador y por pasar el rato, entre otras cosas platicó que cuando estuvo activo en los barcos de la armada, le tocó estar destacado como elemento naval en las islas Revillagigedo.
En un largo pasillo que servía como sala de espera, aquel marino retirado contó el siguiente “cuento”: el archipiélago de las Revillagigedo, está situado en la ruta de los huracanes. Cierta noche uno de éstos ciclones nos agarró a mi y 3 compañeros en una casa alejada de la base principal.
Los 4 marinos que formábamos el grupo, observamos que la pequeña casa estaba bien construida; fuerte y maciza. Pero no esperábamos el tremendo vendaval que se desató con el huracán, rompiendo puertas, ventanas y hasta el techo de concreto sentíamos que se nos venía encima. Los 4 muy asustados, decidimos jugársnola en un aljibe seco. Ingresamos por el brocal y ahí resistimos el ventarrón, además nos protegió de todo lo que volaba por el aire.
Pasaron tal vez un par de horas y el viento no amainaba. Tratando de calmarnos y buscando una esperanza de salir con vida, les recordé a los compañeros que los marinos de buques mercantes, pescadores y gente que labora en los litorales; tienen de Santa Patrona a La Virgen del Carmen, para que los cuide. Aunque nosotros pertenecemos a un gobierno laico, no por eso no podemos pedir su ayuda. En tanto como trabajadores del mar, también tenemos que buscar su protección. Así lo hicimos, nos encomendamos a ella y poco a poco se fue aliviando nuestra angustia y más tarde se fue de largo el huracán.
El jueves pasado, 16 de julio, se festejó a Nuestra Señora del Carmen. Es ésta una de las advocaciones Marianas más difundida del mundo Católico. Su origen se remonta desde antes de la edad media, cuando un grupo de frailes inspirados por el profeta Elias, se estableció en el Monte Carmelo, al norte de Israel y, formaron la orden de Nuestra Señora del Monte Carmelo.
Tiempo después de acuerdo a una tradición carmelita, el 16 de julio de 1251, La Virgen se apareció a San Simón Stock, rector general de los carmelitas en Inglaterra, y ella le entregó el escapulario como signo de Consagración a Cristo y signo también, de la protección y predilección de La Virgen Maria. Así pues, el escapulario se convirtió en el símbolo principal del culto a La Virgen del Carmen.
Cuando La Virgen le obsequió el escapulario a San Simón, le dijo estas palabras “Recibe, hijo mío, el escapulario de tu orden, privilegio para ti y todos los carmelitas; todo el que muera con él, se salvará del fuego eterno. He aquí la señal de salvación en los peligros, alianza de paz y pacto eterno”.
Favor que poco tiempo después, completaría el Papa Juan XXII, con la revelación que contenía la promesa sabatina: “Yo, La Madre de la Gracia, bajaré el sábado después de su muerte y libraré a los que se encuentran en el purgatorio”.
El Padre Crispín Ojeda, párroco durante varios años en el Templo de Guadalajarita; ahora obispo de la diócesis de Tehuantepec en Oaxaca. En una de sus clases que nos impartía de Sagradas Escrituras, nos hizo el siguiente relato: una vez llevé a mi mamá a comer a la playa del Faro en las costas michoacanas. Estábamos terminando de comer, cuando se escuchó el grito de ansiedad de una señora, a causa que su hijo que se divertía en las olas, de repente el oleaje se lo llevó mar adentro y a lo lejos se veía como el muchacho braceaba desesperado, luchando contra la corriente.
La mamá mortificada, impaciente, a gritos pedía ayuda. Entonces se levantó mi mamá -decía don Crispín- se acercó donde estaba la señora llorando y con palabras suaves le dijo: mira, no te preocupes vamos a dejar el trabajo de rescate a La Virgen del Carmen; diciendo estas últimas palabras se quitó el escapulario que siempre traía en el cuello y lo arrojó al mar.
El milagro sucedió, de pronto la corriente del agua cambió de dirección rumbo a la playa y el muchacho asustado, por fin pudo pisar suelo firme.
Aquella mujer muy agradecida, primero con La Virgen del Carmen porque libró a su hijo del peligro y luego con la mamá de don Crispín, que invocó la ayuda de La Madre del Creador y salvó la vida de aquel joven.
Felicidades a todas las damas y damitas, que llevan el nombre de Carmen, entre ellas a la mamá del que ésto escribe.
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