Por: Moisés Ramírez Colunga
Se avecina el regreso a clases de muchos estudiantes, y varias personas, entre padres de familia y los mismos maestros podrán pensar que después de un largo y merecido periodo vacacional, estos regresarían llenos de energía y “con todas las ganas para estudiar” y algunos sí, los cuales regresan con una actitud proactiva desde el primer día, pero otros tantos parece que les quedó corto dicho periodo, expresando un desgano latente en la vida escolar.
El fenómeno llamado “apatía escolar” hace más lento el proceso de aprendizaje el cual está presente en todas las instituciones, tanto públicas como privadas, y es conocido por todos los maestros, por lo tanto exige una estrategia real para resarcirlo.
En mi experiencia como profesor y al enfrentarme a estas actitudes me hace preguntarme ¿Qué fomenta este ambiente de apatía? O mejor dicho ¿Qué o quién desmotiva a nuestros alumnos?
Relacionado con esto, hace poco tuve la oportunidad de asistir a un taller que justamente trababa la apatía escolar, el cual me pareció muy bueno para iniciar o reflexionar mucho de los puntos teóricos sobre este fenómeno, pero aún no es claro lo que lleva a nuestros alumnos mitigar su propia capacidad de acción y participación.
Se presentan 3 escenarios que influyen de manera positiva o negativa en el estudiantado, la casa, entendida por la familia, la sociedad y la escuela misma. Sí bien es cierto un estudiante no puede enfocarse a sus actividades escolares cuando se desarrolla en un ambiente familiar descuidado en atención o de igual forma al ser sujeto de múltiples estímulos de una sociedad cada vez más indolente o deshumanizada y por último el desarrollarse en un estado escolar con muchas carencias o deficiencias en comparación con otros modelos educativos.
Con esto tenemos una triada que contribuye al fracaso de muchos jóvenes, no obstante en mi opinión con base a mi experiencia como profesor, yo le sumaria un aspecto más que considero tan importante como todos los anteriores a esta ecuación, que es el aspecto personal.
Hay que ser realistas, el niño o niña que tiene problemas en su ambiente familiar está en desventaja y aprovechará poco las oportunidades, pero ¿qué pasa cuando el estudiante es casi un adulto? O ¿cuándo es el padre o madre de familia y se tiene el mismo resultado?, esto se nota sobre todo en los niveles superiores y es dónde hago hincapié, la motivación es también personal, el interés que se demuestra va encaminado al propio proyecto de vida planteado.
La realidad es que aspectos como la familia, la casa, el trabajo, los gastos etc. siempre serán primordiales en nuestra vida, lo que nos obliga muchas veces a conceptualizar a la educación como algo secundario y es importante analizar, en el caso de los jóvenes y adultos que “deciden” estudiar, cuál es su motivante ¿para qué y por qué lo hacen?, un aspecto que depende de cada estudiante y por ende un mayor o menor nivel de compromiso.
La tarea no es nada fácil pues es deber de todos los actores, tomar cartas en el asunto, en nuestra casa es importante fortalecer estos lazos afectivos y canales de comunicación intrafamiliar así como fomentar valores, ser selectivos en los mensajes y contenidos que emitimos y adquirimos de la sociedad.
Como profesores, es necesario no perder el entusiasmo, mejorando siempre las áreas de oportunidad, actualizarse, planear mejor y buscar nuevas estrategias para enseñar contendidos útiles para la vida.
Y como personas, entender la educación como una oportunidad de crecimiento y desarrollo individual, la cual debe ponerse al mismo nivel que las aspiraciones y necesidades.
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