VENTANA POLÍTICA
Por: Guillermo Montelón Nava
La Copa Mundial de Futbol llegó a México envuelta en el entusiasmo de millones de aficionados, en la expectativa de los mercados y en la promesa de una fiesta internacional capaz de captar la atención del planeta. Sin embargo, detrás de los reflectores, los fuegos artificiales y las ceremonias cuidadosamente producidas, emerge una realidad política que resulta imposible ignorar. Porque mientras el balón rueda y los estadios se llenan, también quedan expuestas las profundas contradicciones y la hipocresía de un régimen que prometió transformar al país y que hoy enfrenta crecientes signos de desgaste.
La primera imagen que llama la atención es la ausencia de la presidenta Claudia Sheinbaum en una ceremonia de inauguración celebrada en territorio mexicano. Más que un detalle protocolario, se trata de un hecho políticamente significativo. Los grandes eventos internacionales suelen ser aprovechados por los jefes de Estado para proyectar liderazgo, autoridad y presencia institucional. La ausencia presidencial, envía un mensaje que inevitablemente alimenta las dudas sobre la fortaleza política del gobierno federal.
Resulta inevitable preguntarse dónde está la presidenta. Más aún cuando el país atraviesa momentos de tensión política, cuestionamientos institucionales y crecientes desafíos en materia de seguridad, economía y gobernabilidad. Un gobierno sólido aprovecha estos escenarios para mostrar cohesión. Un gobierno debilitado suele exhibir vacíos que terminan siendo ocupados por la incertidumbre.
Mientras tanto, fuera del espectáculo deportivo, diversos grupos sociales aprovechan la atención mediática mundial para manifestarse. Trabajadores, colectivos ciudadanos, víctimas de la violencia, organizaciones sociales y sectores inconformes recuerdan que la realidad nacional no desaparece por decreto y que seguimos padeciendo inseguridad, impunidad, servicios de salud deficientes, abandono institucional y promesas incumplidas.
La escena resulta profundamente simbólica. Por un lado, miles de aficionados celebran. Por el otro, miles de ciudadanos exigen respuestas. Es la coexistencia de dos países: el de la fiesta mediática y el de los problemas reales. El primero ocupa los titulares internacionales; el segundo sigue esperando soluciones.
Durante años, la llamada Cuarta Transformación construyó una narrativa basada en la idea de representar una ruptura histórica con los viejos vicios del sistema político mexicano. Se prometió combatir la corrupción, erradicar privilegios, fortalecer la democracia y colocar al pueblo en el centro de las decisiones públicas. Sin embargo, conforme avanza el tiempo, la distancia entre el discurso y los resultados se vuelve cada vez más difícil de ocultar.
Los escándalos acumulados durante el sexenio anterior continúan proyectando una larga sombra sobre el presente. Las acusaciones de corrupción, las denuncias de impunidad y los señalamientos sobre presuntas relaciones indebidas entre actores políticos y organizaciones criminales han erosionado la credibilidad de un movimiento que hizo de la superioridad moral su principal bandera.
En este contexto, la figura de Claudia Sheinbaum enfrenta un desafío particularmente complejo. Aunque llegó a la Presidencia respaldada por una amplia mayoría electoral, persiste la percepción de que el poder real lo ejerce Andrés Manuel López Obrador, mientras ella no ha logrado consolidar una identidad política propia ni ejercer plenamente la autoridad que corresponde.
La sensación de una presidencia opacada responde a la impresión de que las decisiones estratégicas continúan condicionadas por inercias políticas heredadas, compromisos internos y presiones que limitan el margen de acción del nuevo gobierno. El resultado es una imagen de liderazgo insuficiente en momentos que exigen claridad, firmeza y capacidad de conducción.
El Mundial, en este sentido, aparece como una metáfora involuntaria de la situación nacional. El truco de generar optimismo colectivo y desviar temporalmente la atención de los problemas estructurales, ya no funciona. La sociedad mexicana de hoy es más crítica, más informada y más consciente de que ninguna celebración deportiva resolverá los problemas que afectan su vida cotidiana.
Por ello, las manifestaciones que acompañan al torneo adquieren una relevancia especial. No representan únicamente inconformidades aisladas. Son síntomas de una ciudadanía que busca recuperar espacios de participación y exigir rendición de cuentas. Son señales de una sociedad que comienza a recordar que la democracia no consiste en otorgar un cheque en blanco a quienes llegan al poder, sino en vigilarlos permanentemente.
Cada vez queda más claro que estamos presenciando el inicio de un proceso de recuperación ciudadana de los contrapesos democráticos, que se está gestando una reacción social orientada a defender la división de poderes, fortalecer las instituciones y restablecer el equilibrio constitucional hoy tan debilitado.
Del mismo modo cada vez es más evidente que el espectáculo ya no alcanza para ocultar el malestar. La propaganda ya no basta para sustituir los resultados. Y las mayorías electorales obtenidas artificialmente en el pasado, no garantizan legitimidad permanente frente a una ciudadanía que exige respuestas concretas y no mentiras.
Quisiera creer que cuando termine el mundial, Claudia haya recapacitado sobre su papel, su actuación y su oportunidad histórica, pero Morena ya es caso perdido y, lamentablemente, los problemas del país van en aumento, a lo que se agrega el desprestigio que traerán las acciones gringas contra los narco-terroristas y los narco-políticos. Bien por la sociedad activa y despierta.
*Las opiniones expresadas en este texto de opinión, son responsabilidad exclusiva del autor y no son atribuibles a CN COLIMANOTICIAS.

