MATEO MACÍAS

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Por: José Díaz Madrigal

-Oye güero, me está llegando el informe aquí a la zona militar, de la muerte del cura de Coquimatlán-. Si mi general, acaba de fallecer el padre Mateo Macías. A leguas se nota la tristeza de chicos y grandes, respondió por teléfono el joven presidente municipal Enrique Chávez. Mira güero -dijo el general- por ningún motivo vayas a permitir que lo sepulten en el Templo, debe ser llevado a enterrar al panteón civil.

Pues seguramente y con todo respeto se lo digo -replicó el alcalde- usted se va a echar ese trompo a la uña; porque en cuanto lo que toca hacer de mi parte, es lo que quiere la mayoría del pueblo. Me gustaría general que se diera una vuelta, así nomás tantito para que vea con sus propios ojos, los ríos de gente que llegan a rendirle honores al querido sacerdote.

Se llamaba Mateo Macías Mancilla, oriundo de Autlán Jal. Donde nació en septiembre de 1879. Quedó huérfano de papá cuando apenas era un adolescente, situación que lo obligó a trabajar siendo un chamaco para ayudar al sostén de la familia. Se apreciaba desde aquel lejano tiempo, su honradez a toda prueba.

Se cuenta que trabajando de mozo con un viejo campesino, que era su patrón; con quien habitualmente a la hora de lonchar, comían juntos los tacos de frijol que llevaban de bastimento, éstos los calentaba en unas brasas. Por alguna razón, cierto día no fue el patrón a la labor, sin embargo Mateo sabía lo que tenía que hacer y se puso a trabajar. A la hora del almuerzo, se arrimó a la sombra de un árbol para comer sus tacos; en eso de repente llegó el patrón y observó que Mateo se estaba comiendo los tacos fríos. Entonces el patrón le pregunta ¿por qué no hiciste unas brasas?. . . Pues porque no tengo cerillos, -mira, aquí están en este lugar- si, si los vi, pero los cerillos son de usted y no me había dado permiso de agarrarlos. Éste tipo de vivencias, forjaron en el futuro sacerdote, un carácter de honesta responsabilidad. Cualidad que mantuvo en toda su larga vida.

Ingresó al seminario siendo un muchacho de más de 20 años. Se ordenó cuando tenía 34 en 1913. No pasó mucho tiempo cuando le asignaron atender el Templo de Coquimatlán a donde arribó a principios de 1918.

Durante la época de la Cristiada, le tocó vivir experiencias realmente difíciles. Lo tuvieron preso y estuvo a punto de ser pasado por las armas. Esa frágil coyuntura de estar en la tablita, de no perder la vida donde casi la perdía, el padre la tomó como un aviso, como una señal de una nueva y bendecida oportunidad que El Señor le estaba dando, para servir al prójimo, al necesitado con mayor devoción. Así pues, lejos de disminuir su actividad pastoral, regresó de la cárcel con más ánimo, con mejor disposición y entrega de sí mismo a los demás; atendiendo enfermos, escuchando preocupaciones y necesidades de toda persona que se acercaba a él.

Siendo Coquimatlán un municipio eminentemente agrícola, en la temporada de siembras de maíz, cuando la milpa estaba jiloteando; se producía con frecuencia plagas de gusanos que se comían los elotes tiernos. Los campesinos desesperados acudían con el padre Mateo para pedir consejo. Éste les decía, traigan un pomo de gusanos vivos, de los que hay en los elotes.

Los agricultores llenaban los pomos de vidrio con gusanos y los llevaban con el padre. Éste les decía, regresen mañana. Al otro día, el humilde sacerdote les indica que desparramen los gusanos vivos en los potreros sembrados de maíz. Lo verdaderamente asombroso es que la plaga desaparecía por las indicaciones del padre Matellito, como cariñosamente lo llamaban.

Quizás tal como San Francisco de Asís, el padre Mateo tenía el don de hablar con los animales.

Elena era una viejecita amiga del padre, que conoció cuando éste llevaba peregrinos al Santuario Guadalupano a la ciudad de México. Ella vivía en Cuernavaca. Le tenía tanto cariño al padre, que en cierta ocasión que ella enfermó de gravedad, quiso que el padre Mateo fuera a confesarla. En esos días el padre había sufrido una fractura y estaba inmovilizado, de tal modo que no podía ir. Días después llegó un telegrama de Elena, donde le agradecía al padre que haya ido hasta Cuernavaca a administrar el Sacramento de la confesión.

La bilocación es cualidad de místicos y de Santos. Consiste en estar ubicado en dos lugares distintos simultáneamente.

El padre Matellito era un modelo de santidad. Virtuoso, generoso, de gran bondad y obediente. Se desvivía por hacer el bien. Las madres de familia iban al Templo para que el venerable sacerdote las dotara de botellitas de aceite de oliva bendecido por él, para curar dolores, punzadas, empachos y calenturas de chiquillos y adultos.

Son muchas las historias que refieren las gentes de Coquimatlán, principalmente aquellos que lo conocieron y tuvieron la suerte de tratarlo.

Una vez que el general no pudo convencer al presidente municipal, de llevar el ataúd al cementerio del pueblo; lo llamaron de la Secretaría de Gobierno, de parte del gobernador Noriega Pizano, dándole la misma orden que el general. El joven presidente no se dejó intimidar y le respondió al secretario de gobierno. . . A ver licenciado, sí se siente con mucha autoridad, lo invito a que venga usted mismo y haga lo que tenga que hacer, pero no cuente conmigo.

Obviamente ni el general, ni el secretario de Noriega fueron a Coquimatlán. Curiosamente después de esos desencuentros, ambos personajes, el general y el secretario, quedaron cuatachos del valiente alcalde.

El próximo mes de mayo, se cumplen 49 años en que partió a la casa del Padre, el querido sacerdote Matellito Macías.

*Las opiniones expresadas en este texto de opinión, son responsabilidad exclusiva del autor y no son atribuibles a CN COLIMANOTICIAS.