Pronto me di cuenta de que si yo quería seguir viendo la vida en su completa transparencia, lo mío (pero nada más lo mío, quizá) era dejar que las necesidades y carencias me siguieran imponiendo sus costumbres, aunque éstas (las necesidades y carencias) ya no existieran más.
De ese modo, hoy, por ejemplo, aunque pueda tal vez comprar (así sea a plazos) un buen carro o tomar un taxi, aunque pueda darme el gusto (de vez en cuando, al menos) de ir a un restorán de lujo, esos que ofrecen bufete y se llenan de mujeres emperifolladas y políticos y hombres de negocios, y aunque pueda comprarme una camisa o pantalón de marca, no lo hago, y, contrario a eso,y gracias a eso, sigo disfrutando de viajar en el autobús que me lleva de Tecomán a Colima una mañana de domingo, o del pantalón sin marca que me sigue vendiendo la señora de dos cuadras adelante, o de la acalorada conversación de los vendedores de huaraches en esta fondita del mercado Constitución en la que también yo estoy comiendo. Sigo, pues, estando en la vida con todas las ventanas abiertas, sin vidrios polarizados, fundido y confundido con ese viento del mundo que, cada día y todos los días, le da forma y sentido a mi propio rostro.
