LA SOGA ROBADA

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Por: José Díaz Madrigal

En el ocaso de su vida, al abuelo José le gustaba relatar vivencias y anécdotas personales, que en verdad era un deleite escucharlas. Estando ya enfermo lo visitaban diferentes familiares, entre éstos llegaba Crispín Torres, hijo de una prima hermana del abuelo. En cierta ocasión le dijo, ven siéntate que te quiero contar lo que pasó una vez entre tu abuelo Florencio y yo.

Era yo todavía un muchachillo, cuando allá en el rancho sufríamos el periodo de bandidaje que se desató en aquel México rural, después que los carrancistas derrotaron a Pancho Villa en 1915.

El villismo como movimiento armado fue mucho más popular que los de Carranza, pero también más ratas. Una vez derrotadas sus poderosas columnas principales, éstos se dividieron en pequeños grupos que se desparramaron por distintas regiones del país; con el propósito de ocuparse del próspero negocio del robo, de asaltar caminos, ranchos, haciendas, poblaciones no muy grandes y a robarse a las muchachas.

Enclavada en la región sur-occidente de Michoacán, no lejos de los límites de Jalisco y Colima, se ubicaba la floreciente hacienda de Trojes, propiedad de la familia Trejo de aquí de Colima. Una de las principales actividades de esa hacienda, era la producción de queso; de tal modo que en su enorme extensión de tierra, había distintos ranchos llamados ordeñas. Cada una de éstas se componía de 40 a 50 vacas lecheras, manejadas por un caporal apoyado por su familia y algunos mozos, que ordeñaban diariamente y luego hacer el queso.

Uno de estos ranchos era El Jordan y el caporal era Florencio Díaz, tío carnal del abuelo José. Una vez finalizado el temporal de lluvias, se oía el rumor de que había una gavilla de villistas capitaneados por Liborio de la Mora, merodeando rancherías del rumbo del Jordan.

El caporal que detestaba las tropelías y robos que cometían, sin dejar de estar alerta, continuaba haciendo su trabajo. Dentro de las obligaciones del caporal, también era salir a campear, para revisar el ganado, los potreros, checar las siembras, lienzos y otros quehaceres propios del campo.

Un día antes de ensillar su mula prieta de gran alzada, que era la que usaba habitualmente para salir; llamó al abuelo José que tenía de 10 a 11 años y su chamba era ser becerrero, le dice: mira mijo, ya ves que se oye decir que por ahí andan los rateros; fíjate bien en esta soga de cuero de 4 reatas que la acabo de terminar, sí los rateros se llevan una pieza de queso, no le hace que se la lleven, pero la soga la necesito para trabajar, así que ve y escóndela debajo de aquella hojarasca.

El abuelo José bajo el ojo avizor de su tío, fue lo hizo tal como le indicaron. Rato después como a media mañana llegó Liborio y su pandilla de matones, anduvieron hurgando por todos lados, buscando cosas de valor. De uno de los zarzos bajaron una pieza de queso como de 20 kilos. El chalán que habían dejado los bandidos cuidando los caballos, mientras éstos iban a hurgonear, de pura chiripa pisó la soga de cuero. Parecía como que era lo que buscaban, les pegó un grito diciendo lo que había hallado y sin más contratiempos se marcharon.

Poco después de medio día regresó el tío Florencio, luego de apearse de la mula le contaron lo que había pasado. Sin pensarlo dos veces preguntó -¿por dónde se fueron y cuántos eran?-. La esposa le contestó: eran como una docena y agarraron por allá con rumbo a Barranca de Ríos.

-A ver José, le dijo al abuelo, lléname el bule del agua y tú vieja échame unas gordas al costalillo-. Mientras lo preparaban, él empezó a alistar un rifle calibre 44 de un sólo tiro. Una vez que estuvo todo, volvió a montar la mula que no habían desensillado; pero no siguió el camino que le habían dicho, cortó camino por unos empinados atajos con la idea de ganarles a llegar a un sesteo donde había unas grandes higueras.

Dicho y hecho, alcanzó a llegar antes que ellos, persogó la mula a cierta distancia, sigilosamente se fue caminando y se afortinó detrás de unos riscos cerca de donde iban a pasar. No tardó en aparecer aquel tropel de bandidos. Al primero que distinguió era al que traía la soga robada, amarrada a la silla. Éste resultó ser Liborio, el jefe de los bandidos.

Con un tiro certero a medio pecho, cayó Liborio del penco que montaba. Los rateros que normalmente son cobardes para afrontar el peligro, huyeron en desbandada. Con rapidez Florencio sacó el casquillo percutido para meter otro cartucho, alcanzando a tumbar otro de un balazo en la cabeza. Los caballos ya sin jinete no corrieron, así que fácilmente Florencio desamarró de la montura su preciada soga.

Contaba el abuelo José que antes de anochecer, volvió al rancho el tío Florencio con la soga en el hombro. Desde aquella fecha a ese sesteo se le conoce como Las Higueras de Liborio.

*Las opiniones expresadas en este texto de opinión, son responsabilidad exclusiva del autor y no son atribuibles a CN COLIMANOTICIAS.