LA NUEVA ODISEA

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Por: Noé Guerra Pimentel

Leí La Ilíada y La Odisea en tiempos estudiantiles, como tarea. Recuerdo al maestro Gregorio —Goyito— Macedo López, escuchando con actitud inquisidora mi resumen frente al grupo. Lo traigo a cuento porque, por entonces, ni se me hubiera ocurrido plantear una lectura distinta de aquellas obras que no fuera la de una historia de aventuras fantásticas, poblada de dioses, monstruos, héroes y naufragios. Ayer, sin embargo, después de ver la película de Nolan, volví sobre La Odisea. He visto otras versiones, pero esta vez algo se me reveló detrás de lo evidente. Aquella travesía no es solamente el relato de un hombre empeñado en regresar a casa. Es, quizá, una de las más antiguas y profundas metáforas sobre nosotros.

Si La Ilíada mira hacia afuera —la guerra, la conquista, la gloria y el poder—, La Odisea mira hacia adentro. Terminada Troya, Odiseo ganó la guerra, pero no su vida. El verdadero combate comienza cuando termina la batalla. El mar es la primera lección. Odiseo descubre que no puede ordenarlo ni convencer a Poseidón. Aprende que la vida no puede ser sometida a voluntad. Se pueden gobernar las respuestas, no las circunstancias. Los episodios de la travesía son estaciones de una pedagogía interior. Los Lotófagos son la tentación del olvido: después del trauma, olvidar parece más sencillo que recordar y sufrir. Pero sin memoria no hay regreso. 

El Cíclope Polifemo encarna al yo primitivo, encerrado en su única mirada, convencido de que sólo existe su verdad. Odiseo no lo derrota con fuerza, sino con inteligencia: se presenta como “Nadie”. Para vencer al ego hay que aprender a disminuirlo. Con Eolo, dueño de los vientos, aparece la ilusión de controlar el destino desde afuera. Poder sin confianza y responsabilidad termina volviéndose contra quien lo ejerce. Los Lestrigones, en cambio, representan la violencia sin mediación y la pérdida ante la cual no siempre hay diálogo. Después Circe, que convierte a los hombres en cerdos, haciendo visible la degradación del guerrero dominado por sus instintos. Pero Odiseo no la destruye: la reconoce y aprende de ella. Circe termina siendo su maestra y le indica que debe ir al Hades.

El Hades es el corazón de la travesía. Allí Odiseo encuentra a sus muertos: Aquiles, Agamenón y a su propia madre. No hay monstruos, sino memoria, pérdida y duelo. Todo aquel que pretenda regresar debe mirar primero lo que dejó atrás. Sin duelo no hay transformación. Las Sirenas son la tentación de vivir de la propia leyenda. Odiseo quiere escuchar su canto, pero ordena que lo aten al mástil. Es una extraordinaria imagen de autocontrol: escuchar la tentación sin obedecerla. Calipso, “la que oculta”, ofrece a Odiseo comodidad e inmortalidad. Él prefiere una vida mortal y difícil antes que permanecer eternamente infantilizado. Regresar significa aceptar la responsabilidad de vivir. Finalmente aparece Ítaca, no sólo como una isla, sino como un estado interior. 

El verdadero regreso ocurre cuando el que regresa ya no es el mismo que partió. Odiseo retorna transformado: ya no es solo el guerrero de Troya, sino esposo, padre y rey. Por eso, en Ítaca, los monstruos dejan de ser fantásticos y se vuelven humanos. Los pretendientes ocupan su casa, consumen sus bienes y pretenden a Penélope. Son la sombra del propio Odiseo: el hombre sometido al apetito, al exceso y a la usurpación de su centro. Penélope no representa una espera pasiva: teje y desteje, resiste, piensa y permanece fiel a sí misma. Telémaco, el hijo que creció sin padre, representa el futuro y el reencuentro de Odiseo con su propia responsabilidad. 

Porque todos somos, de alguna manera, Odiseo. Todos salimos de alguna Troya creyendo que ganar equivale a vencer. Todos navegamos mares que no podemos controlar, enfrentamos a nuestros propios cíclopes, escuchamos sirenas, atravesamos pérdidas y, en algún momento, debemos decidir entre la comodidad y el riesgo. Ítaca no es solamente el lugar al que queremos volver. Es aquello en lo que necesitamos convertirnos para poder ser. La verdadera odisea comienza cuando dejamos de preguntar cómo cambiar la vida y empezamos a preguntarnos qué debemos cambiar en nosotros para poder vivirla.

*Las opiniones expresadas en este texto de opinión, son responsabilidad exclusiva del autor y no son atribuibles a CN COLIMANOTICIAS.