LA MATAZÓN DEL JUEVES DE CORPUS

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Por José Díaz Madrigal

Tres jueves hay en el año que relucen más que el sol: Jueves Santo, Jueves de Corpus y el día de la Ascención. . . Refrán español.

Para explicar la importancia de la fecha que le dió nombre desde el principio a los trágicos sucesos que pasaron el Jueves de Corpus de hace 50 años; arrancan estas líneas con el proverbio español ya mencionado.

El 10 de junio de 1971, Jueves de Corpus, la comunidad estudiantil de la ciudad de México; convocó a una marcha por las calles de la metrópoli, con el fin de ofrecer apoyo a los estudiantes de Monterrey. Los problemas se habían desencadenado en la Universidad Autónoma de Nuevo León desde el año anterior, en que la directiva estudiantil, los maestros universitarios y el gobierno del estado; no lograban ponerse de acuerdo para establecer el reglamento por medio del cual se nombraría al nuevo rector de dicha universidad.

El plantel de profesores y de estudiantes regiomontanos, presentaron al consejo universitario una nueva ley orgánica, en que prácticamente dejaban sin ninguna injerencia en asunto de decisiones internas al gobierno de Nuevo León.

Al gobernador que lo dejaban fuera de la jugada, para elegir rector de la universidad, no le gustó la nueva ley orgánica; de tal modo que por sus pistolas redujo con severidad el presupuesto que le tocaba a esa institución, cosa que mucho enojó a profesores y a estudiantes. Estos comenzaron una ruidosa huelga en Monterrey, pero también haciendo un llamado a la solidaridad a todas las universidades del país. La UNAM y el Instituto Politécnico Nacional, de forma inmediata acudieron al llamado; citando a todo el estudiantado a una multitudinaria manifestación, como soporte y defensa de sus pares regios, para el día 10 de junio.

La marcha dio inicio en una céntrica escuela del Poli, de donde partieron en dirección al zócalo capitalino. En el trayecto fueron bloqueados por policías y granaderos, había también tanques antimotines y transportes del ejército. De repente los estudiantes fueron atacados por un grupo paramilitar conocido como los Halcones, que primeramente a garrotazo limpio quisieron desbaratar el contingente, sin embargo este era tan numeroso que pudieron resistir, repechandose entre ellos mismos en una bola compacta.

Al no obtener los resultados esperados, los Halcones recibieron nuevas órdenes; ahora utilizando armas de fuego, disparando indiscriminadamente sobre la multitud de muchachos, que al escuchar las detonaciones corrieron por distintos rumbos al sálvese quien pueda. Quedaron tirados en el asfalto y banquetas, bien difuntos 120 jóvenes de entre 14 y 22 años.

Era presidente de México en ese entonces el pésimo y detestable Luis Echeverría, cuando se le pregunta el porqué había permitido semejante desproporción de uso de la fuerza de paramilitares que él controlaba, dando como resultado una enorme matazón de muchachos indefensos; contestó el muy sacatón, sinvergüenza, tirando la piedra y escondiendo la mano: esos crimenes fueron realizados por emisarios del pasado.

Esta respuesta fue dada en clara alusión a Gustavo Díaz Ordaz, este si tuvo que lidiar con un plan orquestado desde el exterior, para derrocar a su gobierno; teniendo que acudir al final a una mano firme, aplicando hasta este instante cuando no había más remedio, la siguiente ecuación, él decía: cuando no te queda otra opción, «la menor distancia entre dos puntos es la línea dura». En tiempos de Díaz Ordaz, los estudiantes estaban infiltrados con personajes que nada tenían que ver con asuntos académicos y no daban tregua de marcha tras marcha. Pasaron meses de constantes protestas intransigentes, radicales; hasta que le colmaron el plato por no querer una solución acorde al momento que se vivía, estaban a unos días de la inaguración de las Olimpiadas del 68; por ese motivo, se vió en la necesidad de sacar el último As bajo la manga. . . La línea dura.

Según estadísticas que están a disposición de quien las quiera consultar, México en el sexenio de Díaz Ordaz nunca había tenido una tasa tan baja de homicidios, como en esa administración: 10 muertes violentas por cada 100 mil habitantes. En la actualidad tan solo el pequeño estado de Colima ronda las 70 muertes violentas por cada 100 mil habitantes.

La semana que acaba de terminar, López Obrador en una de las mañaneras comentó: yo no soy un represor como Díaz Ordaz. Perfectamente a este dicho se le puede replicar. . . Tu negligencia, tu falta de capacidad para gobernar; te convierte en un mandatario peor, que de lo que acusas a Don Gustavo. Para este, aquel dia del 68 fue sin duda su día más negro de todo su sexenio, su prieto en el arroz. Proclamó más tarde: yo mismo asumo los hechos ocurridos de las muertes de Tlatelolco, me hago personalmente responsable. Sin sacarle al parche, no anduvo con la jalada de culpar a otros gobiernos tales como lo que decía Echeverría, emisarios del pasado o las excusas de López Obrador que de todo culpa a las administraciones anteriores. Díaz Ordaz, con honradez solo cargó con la culpa.

Como quiera que sea, López Obrador no se atreve a hablar mal, ni a molestar al genocida Luis Echeverría, responsable de la Matazón del Jueves de Corpus; la causa de no incomodarlo es que son de la misma línea populista destructora. En cambio si echa pestes contra Díaz Ordaz, quemado y menospreciado por la prensa izquierdista y, a pesar de todo ese escarnio público, ha sido uno de los mejores presidentes que ha cumplido a cabalidad con su deber en toda la historia de México.