La Iglesia de la gracia

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Por: Yosnel Alvarez Targarona*.

«Vayan por todo el mundo a predicar el evangelio» o sea, la Buena Nueva; ésta Buena Nueva lleva consigo algo en particular y es el acoger con el mismo amor de Padre a todos los hombres y mujeres de la Tierra, es ver en el otro a alguien que ha sido creado con la misma capacidad de amar que yo, alguien maravillosamente único que me permite descubrir la gracia de Dios y el actuar de éste en esa persona y su actuar a través de esa persona.

Ser una Iglesia de la gracia no es cosa sencilla, aún cuando estamos dispuestos a ser predicadores de la gracia, y es que el hombre, a causa de su complejidad necesita de leyes y normas para que todo lo que hace tenga un orden, el ser humano necesita, como un niño pequeño, un orden previo para poder entonces actuar correctamente y poder mediante esas leyes alcanzar su finalidad. Todos conocemos bien sobradamente que desde los tiempos medievales hemos venido arrastrando una Buena Nueva
moralista, es decir, que se nos ha enseñado que para que Dios nos quiera o para «llegar al cielo» es necesario comportase de buena manera, es necesario que eduquemos nuestras desordenadas pasiones, lo cual es cierto, pero no por eso está del todo bien, Jesús nos propone una amistad y, para quienes tenemos al menos un buen amigo (un mejor amigo) es muy fácil darse cuenta de que no son las leyes que existen en esa amistad la que hace que dicha amistad sea cada vez mayor sino que es por el amor al otro que hago o dejo de hacer tal o mas cual cosa, es sólo en la cooperación con el otro que esa amistad me finaliza, me hace feliz.

Esta vez he querido quedarme con las lecturas de hoy y no las del Domingo para ver y penetrar un poco más es este hermoso misterio de amor de Jesús hacia nosotros. En las lecturas de hoy desde el comienzo se nos dice que «no fue la observancia de la ley sino la fe la que obtuvo para Abraham y su descendencia la promesa de heredar el mundo» Rm 4,13. No es por un cumplimiento de las normas que Dios quiere que el hombre sea su amigo, que esté en su seno (In sinus Pater), Dios quiere dejar bien claro que sin él no somos ni podemos hacer nada, sin él las leyes son imposibles de cumplir desde el primer mandamiento. No es la finalidad del hombre el cumplir con los mandamientos para ser feliz, no es el seguir normas y leyes lo que hace que su corazón arda de amor, no, es su relación de amistad, su amor de amistad con Dios, su fe y confianza plena en él, lo que le da al ser humano una felicidad
verdadera, lo que lo plenifica realmente.

Las lecturas prosiguen: «Por eso, como todo depende de la fe, todo es gracia: así la promesa está asegurada para toda la descendencia». Dios, como Padre infinitamente amoroso que es, sabe perfectamente, y eso lo podemos ver en la historia del pueblo de Israel, que el ser humano se aparta y se separa de las leyes con inmensa facilidad si no hay un amor previo que le permita permanecer en ellas. Es sólo gracias a esa intimidad con Dios que podemos hacer y cumplir lo que nos pide, pero no cumplirlos por mandato ni por obligación sino cumplirlos para darle plenitud al amor que tenemos hacia él, eso vienen a ser los mandamientos, una vía para permanecer en su amor.

El Evangelio de este sábado dice que: «Al que hable contra el hijo del hombre se le podrá perdonar, pero al que blasfeme contra el Espíritu Santo, no se le perdonará». Con todo lo anteriormente dicho es muy sencillo comprender éstas palabras de Jesús, Jesús acepta que no tomemos en cuenta sus consejos, que vayamos por la vida «amando a Dios a nuestra manera» pero no acepta que creamos que su Espíritu Santo no es capaz de amar a todos, no acepta que encerremos a ese espíritu de amor puro en las leyes. El Espíritu de Dios actúa libremente, ama sin medidas a todos, sin distinción ni condiciones previas, porque este mismo Espíritu de Dios es el que nos permitirá hablar de su amor en lenguaje humano, es el que estará y permanecerá en nosotros para poder proclamar y predicar ese amor divino que llega a todos los hombres y mujeres de la Tierra sin distinción. Por eso hoy quiero
terminar con las palabras de Jesús cuando hablaba de la Vid verdadera y de los sarmientos: «Permaneced en mi amor» Jn 15,4.

*Prenovicio O. P. La Habana, Cuba

Para CN ColimaNoticias